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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (2/9) de Salvador Freixedo

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 salvador freixedo

1 Los Dioses existen


Mas ¿quiénes son los Dioses?

Como durante todo este libro vamos a estar refiriéndonos continuamente a ellos, convendrá que afirmemos qué comprendemos cuando afirmamos «los Dioses», con minúscula.

Ya hace cierto tiempo que, en otra parte, hice la próxima distinción entre los seres racionales iguales o bien superiores al hombre: hombres, superhombres, Dioses, Dios.


Superhombres


Los superhombres son, esencialmente, hombres como , mas listos para cumplir una enorme misión, y de ahí que están dotados de inusuales cualidades que los habilitan para cumplir esa misión. Ciertos de ellos ya vienen preparados desde su nacimiento y otros adquieren esas cualidades en un instante de su vida, cuando son elegidos por ciertos Dioses, de los que vamos a hablar enseguida.

Los creadores de las grandes religiones acostumbran a ser superhombres. El que hoy día desee ver a un superhombre y persuadirse de los increíbles poderes de que acostumbran a estar dotados, que vaya en la India, a una pequeña urbe llamada Puttaparthi, cerca de la ciudad de Bangalore y de la ciudad de Hyderabad (capital del Estado) y que trate de ver lo más de cerca posible a un tal Sathya Sai Baba. Digo lo más de cerca posible, por el hecho de que no va a ser extraño que cuando llegue a Prasanthi Nilayam, el sitio templo en que radica, se halle con múltiples miles —cuando no cientos y cientos de miles— de devotos suyos que le van a impedir toda aproximación física al superhombre.

Zoroastro, Buda, Mahoma, Moisés, Confucio, Lao Tse, etcétera, pertenecieron a esta clase de seres.

Y ya antes de dejar el tema de los superhombres (sobre el que debemos regresar en reiteradas ocasiones durante estas páginas), deberemos dejar bien claro que estos humanos inusuales, por más grandes que sean sus poderes, no son sino más bien instrumentos de los que los Dioses se sirven para conseguir sus deseos en la sociedad humana y por norma general en nuestro planeta (que no es tan nuestro como nos habíamos imaginado). Unos deseos que, hoy día, el cerebro humano no consigue descifrar y que seguramente continuarán completamente indescifrables para nosotros mientras que nuestra inteligencia no dé un paso radical en su evolución.

Tal como he dicho, los superhombres son esencialmente hombres, bien por su forma de aparecer en este planeta, bien por su constitución física, o por su muerte aproximadamente afín a la del resto hombres. No obstante, es de apreciar que frecuentemente ciertos de ellos, en su proceso de utilización por la parte de los Dioses, se han separado sensiblemente en ciertos aspectos de su vida, de lo que es normal en el resto hombres.

Tal podría ser el caso de Krishna, de Viracocha, de Quetzalcoatl y del mismo Jesucristo.

Dan la impresión de haber participado en alguna forma, de la naturaleza de los Dioses, tal y como si fueran una suerte de híbrido de Dios y hombre; o bien tal y como si fueran Dioses en especial dispuestos para desempeñar una misión en este planeta.


Dioses


Los Dioses, en cambio, no son hombres. Ciertos de ellos tienen el poder de manifestarse como semejantes —y en verdad lo han hecho en infinitas ocasiones— y hasta convivir íntimamente con nosotros cuando esto les es conveniente para sus misteriosos propósitos; mas cuando cumplen su misión o bien cuando consiguen lo que desean, se vuelven a su plano existencial en el que se desenvuelven de una forma considerablemente más natural y conforme a sus cualidades psíquicas y electromagnéticas.

Pero los Dioses no son hombres; y en una de las pocas cosas en que coinciden con nosotros es en el ser inteligentes, si bien sus conocimientos y su inteligencia superen en mucho a la nuestra.

De su inteligencia vamos a hablar más en detalle más tarde.


Enormes diferencias entre ellos


Si bien sobre esto debemos regresar en múltiples unas partes del libro, no obstante es conveniente dejarlo bien claro desde ahora: Entre los Dioses hay considerablemente más diferencias de las que hay entre los hombres.

Estas diferencias son de todo género, y no solo se refieren a su entidad física en su estado natural, sino más bien a la forma que tienen de manifestársenos; a su mayor o bien menor capacidad para manipular la materia y para hacer incursiones en nuestro mundo; a su grado de evolución mental y en consecuencia tecnológica, y hasta, en cierta forma, a su grado de evolución ética, siendo, según parece, ciertos de ellos considerablemente más cautelosos en no interferir inadecuadamente en nuestro planeta y hasta en no interferir de ningún modo.

Difieren entre ellos asimismo en su origen; pudiendo ser ciertos de ellos de fuera de este planeta, si bien me inclino a meditar que los que más interfieren en la vida y en la historia de la humanidad, son de este planeta que habitamos, como después vamos a ver. Difieren asimismo, tanto en las causas por las que se manifiestan entre nosotros, como en los fines que tienen cuando lo hacen.

Estas enormes diferencias entre ellos, no proceden —tal como sucede entre los hombres— de pertenecer a razas, patrias, religiones, etnias, o bien clases sociales diferentes, o bien por charlar diferentes idiomas; la causa de las diferencias entre los Dioses es considerablemente más profunda; puesto que mientras que los hombres, por más que sean las diferencias, todos somos del mismo modo humanos y pertenecemos a exactamente la misma humanidad, los Dioses no pertenecen a exactamente la misma clase genérica de seres, y entre ciertos de ellos es realmente posible que haya tanta diferencia como hay entre nosotros y un mamífero desarrollado.

Y asimismo es realmente posible que haya menos diferencia entre nosotros y ciertos de ellos, que entre ciertos de ellos entre sí.

Por las noticias que tenemos, recibidas de ellos mismos (que jamás son totalmente fiables), muchos de ellos ignoran por completo a otros que se han encontrado en sus incursiones en nuestro nivel de existencia, dándose solamente cuenta de que no pertenecen al planeta humano.Si debemos opinar lo que nos han dicho, no solo tienen una falta de confianza mutua, sino en ciertas ocasiones hemos sabido de antipatías manifiestas entre ellos e incluso de batallas declaradas.

Un ejemplo propio de este antagonismo e incluso de estas batallas, lo tenemos en la rebelión que, conforme la teología cristiana, Luzbel organizó con muchos de sus seguidores, contra Yahvé. Los fieles que aceptan al pie de la letra las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, y que creen firmemente qué esa es la única y total explicación de los orígenes de la existencia del hombre sobre la Tierra y de sus relaciones con Dios, deberían saber que todas y cada una de las grandes religiones nos charlan de similares batallas entre sus Dioses, o bien entre un Dios primordial y los Dioses menores.

Y los no fieles que miran esas historias bíblicas como algo mitológico a lo que no hay que hacer mucho caso, deberían saber que mitos y leyendas no son más que historias distorsionadas por el paso de los milenios. Y deberían saber que esas batallas entre Dioses que aparecen en todos y cada uno de los libros más viejos de la humanidad (o sea, en las «historias sagradas» de todas y cada una de las religiones) se prosiguen repitiendo el día de hoy delante de nuestros ojos, tal y como más adelante vamos a ver.

Digamos al fin, que estas enormes diferencias entre los Dioses se traducen en su diversísimo comportamiento en nuestro planeta y en sus relaciones con nosotros que cambian enormemente de un caso a otro, y que, debido exactamente a esa gran pluralidad, nos tienen aún el día de hoy perplejos sobre qué realmente desean.


Los Dioses tienen cuerpo físico


Si bien la entidad física de los Dioses es diferente de la nuestra, no obstante podemos decir que los Dioses tienen algún género de cuerpo o bien algún género de entidad física.

Y acá deberemos hacer un pequeño paréntesis para explicar que en el Universo, todo, hasta lo que infantilmente llamamos «espiritual», es en cierta forma «físico» (del mismo modo que todo lo físico está de alguna forma empapado de espíritu). «Fisis» es una palabra griega que significa naturaleza, y en este sentido podemos decir que todo cuanto es natural, o bien pertenece al orden natural, es físico. Y los Dioses no pertenecen al orden «sobrenatural» tal y como este ha sido definido siempre y en toda circunstancia por los teólogos.

Para comprender las entidades físicas de los Dioses (y de muchas otras criaturas no humanas) no tenemos más antídoto que asistir a la física atómica y subatómica. El «cuerpo» de los Dioses es electromagnético y está hecho de ondas. Y el que halle este lenguaje sospechoso, debería saber que el cuerpo humano, en último caso está hecho asimismo de ondas y solamente que de ondas; pues eso es en suma toda la materia.

(Y esta es la enorme maravilla y el enorme secreto de todo el Cosmos. Y este es el hecho físico —por encima de todos y cada uno de los sentimentalismos y de todas y cada una de las concepciones dogmáticas y místicas— que más nos acerca a la incomprensible Entidad que ha hecho el Universo).

La «materia» del «cuerpo» de los Dioses, siendo en el fondo lo mismo que la nuestra, está estructurada en una forma considerablemente más sutil, lo mismo que la «materia» que compone el aire está en una forma considerablemente más sutil que la que compone un lingote de acero, si bien en último caso las 2 sean precisamente iguales.

Los Dioses superiores, a diferencia de nosotros, tienen la capacidad de manejar y dominar su materia, adoptando formas aproximadamente sutiles y haciéndolas aproximadamente accesibles a la captación por nuestros sentidos, cuando de este modo lo desean.


Localización de los Dioses


Otra de las cosas en que muchos de ellos coinciden con nosotros, es en su localización en el Cosmos, puesto que aunque su nivel de existencia (o bien como los esotéricos afirman hace muchos años: su «nivel vibracional») no coincide con el nuestro, no obstante para muchos de ellos, nuestro planeta es asimismo su planeta.

Preguntar dónde viven precisamente, sería un tanto ingenuo. Su localización obedece a leyes físicas diferentes a las que conocemos, pues las ideas que los hombres tenemos del espacio y del tiempo son absolutamente toscas. Muchos de ellos pueden vivir —y en verdad viven— acá y entre nosotros, y no obstante no ser detectados generalmente por nuestros sentidos.

Nuestros sentidos captan solo una pequeña una parte de la realidad circundante. El aire, con ser un cuerpo físico con una realidad semejante a la de una piedra, es totalmente invisible para nuestro ojo. Muchos sonidos y muchos olores que nuestros sentidos no captan en lo más mínimo, son el planeta normal en que se desenvuelven los sentidos de los animales.

Las ondas de T.V. que anegan nuestras casas, solamente son perceptibles por nosotros a través de el empleo de un aparato. No vamos a tener en consecuencia que extrañarnos de la invisibilidad de losDioses. En el planeta paranormal hay una casuística muy abundante para fortalecer esta tesis.

Aparte de esto, en el irrefutable campo de la fotografía, hay casos en que una fotografía generalmente desarrollada, no acusa la presencia de objetos que solo pudieron ser descubiertos cuando los negativos fueron «quemados» por la hábil mano del fotógrafo. En algún libro mío he publicado pruebas gráficas de esto.

De lo dicho previamente podemos inferir que no precisan un suelo para mantenerse ni un aire que respirar y por ende no tienen necesidad de estar en ninguno de los lugares del planeta en que los hombres estamos, con nuestra materia y con nuestras cualidades físicas concretas.

Por otro lado, creo que no hay más antídoto que aceptar que ciertos o bien quizá muchos de ellos, procedan de otras unas partes del Cosmos, siendo nuestro planeta únicamente un sitio de paso o bien una vivienda temporal, lo que explicaría, al menos en parte, la carencia de continuidad en muchas de sus actividades en nuestro planeta, y concretamente las grandes alteraciones que vemos en sus intervenciones en la historia humana.


La ciencia y los Dioses


Algún lector se va a estar preguntando a esta altura, de dónde hemos sacado esta peregrina idea de la existencia de semejantes seres. La ciencia no nos afirma nada de ellos. Mas la ciencia tampoco nos afirma nada de cosas tan esenciales como el amor y la poesía, y realmente sabe poquísimo sobre las dos cosas.

Y exactamente la misma parasicología académica, que es la ciencia que de alguna forma debería interesarse por la existencia de estos seres, tampoco nos afirma nada de ellos y más bien rechaza su existencia cuando algún parasicólogo valiente hace alguna sugerencia sobre su posible presencia en ciertos hechos paranormales.

Desgraciadamente de esta forma son las cosas debido a la esclerosis mental de muchos de los llamados científicos. Mas allí la ciencia y la sicología con sus prejuicios y con sus miopías.

«Amicus Plato, sed magis árnica veritas». La cruda verdad, por más inverosímil y también incómoda que parezca, es que semejantes seres existen y de ellos tenemos testimonios en todos y cada uno de los escritos que la humanidad conserva desde el momento en que el hombre comenzó a dejar perseverancia gráfica de lo que pensaba y veía.

Y de probarlo nos vamos a ir ocupando durante estas páginas.


Los Dioses y las religiones


Mas si la megaciencia no afirma oficialmente nada sobre estos seres (por el hecho de que extraoficialmente y en privado, muchos científicos de primera fila, afirman muchas cosas), la religión, —que es un aspecto muy importante del pensamiento humano— afirma muchas cosas y lleva diciéndolas desde hace muchos siglos. Y al decir religión, digo todas y cada una de las religiones sin excluir la religión cristiana.

En la mayor parte de las religiones a estos seres se les llama «espíritus», de una forma general, si bien tengan variadísimos nombres, en dependencia de las distintas religiones y en dependencia de los diferentes «espíritus».

Pues hay que tener muy presente que todas y cada una de las religiones conocen las importantes diferencias que hay entre estos «espíritus».

Los helenos y romanos eran los que en lo que se refiere a nomenclatura, más se aproximaban a la realidad y les llamaban sencillamente «Dioses», si bien reconocían que eran espíritus que podían adoptar formas anatómicos cuando les convenía y si bien por otro lado reconocían asimismo a una serie de deidades o bien espíritus inferiores que estaban supeditados a estos «Dioses» mayores.


El cristianismo y los Dioses


El cristianismo, por mucho que pensemos que está por encima de toda esta concepción politeísta, admite asimismo estos espíritus y en verdad nos está continuamente hablando de ellos en toda la Sagrada Escritura y en todas y cada una de las enseñanzas del magisterio cristiano durante muchos siglos. En el cristianismo se les llama «ángeles» o bien «demonios», se les atribuyen grandes poderes —de hecho a ciertos de ellos nos los presenta la historia sagrada como rebelándose contra Dios— y se hacen grandes distinciones entre ellos.

Recordemos si no, la gradación que hay entre las distintas categorías de «ángeles»; arcángeles, ángeles, tronos, dominaciones, potestades, querubes, serafines... Todos estos nombres son una prueba de que la Iglesia tiene una idea muy específica y muy definida de ellos. Y lo más curioso es que en la Sagrada Escritura, al mismísimo Yahvé, en alguna ocasión, asimismo se le llama «ángel».

Y a fin de que vayamos desembarazándonos de muchas de las ingenuas ideas que nos han inculcado sobre todo el planeta trascendente, deberemos decir que estos «espíritus» no son todo lo buenos que nos habían dicho. En verdad la santa Madre Iglesia siempre y en todo momento nos ha dicho de ciertos de ellos —a los que llama demonios— que eran malvados, contrincantes de Dios y amigos de separar al hombre de los caminos del bien.

Pero lo que debemos saber es que la lucha que conforme la teología reventó entre los ángeles antes que el planeta fuera creado (una lucha que transformó a ciertos ángeles en diablos) aún sigue y las rivalidades entre los espíritus aún no se han terminado, siendo todos muy recelosos de sus rangos y prerrogativas. En esto el cristianismo coincide con las otras mitologías.

Y otra cosa todavía más esencial que debemos tener en consideración en el momento de juzgar a estos espíritus que nos presenta la Iglesia, es que el que en la Sagrada Escritura se nos presenta no solo como jefe de todos sino más bien como autor del Cosmos, no solo no es autor del Cosmos sino ni tan siquiera es superior ni diferente de otros «espíritus» que conocemos de otras religiones.

Sí reconocemos que es superior a los otros «ángeles» que nos presenta el cristianismo, mas no lo reconocemos superior a otros «Dioses» como Júpiter o bien Baal. En exactamente la misma Biblia tenemos pruebas de esto, si nos ajustamos a lo que en ella leemos, y no le damos interpretaciones retorcidas contrarias a la letra del texto.

Ya me he hecho eco de esto en múltiples otros lugares y he convocado este muy, muy curioso texto de la Sagrada Escritura que, muy de manera extraña, los exegetas pasan por alto sin apenas dignarse hacer ningún comentario acerca de él:

 

Yahvé, un Dios más


Yahvé, pese a que se presenta como el Dios supremo y único, reconoce la existencia de Azazel (que conforme una nota de la Sagrada Escritura de Jerusalén, era el espíritu maligno que dominaba aquellas zonas yermas) y no solo eso, sino le reconoce sus derechos y no desea buscarse inconvenientes con él, siendo esa la razón de que le ordene a Arón que suelte vivo el macho cabrío que le haya tocado en suerte a Azazel, a fin de que este haga con él lo que le plazca.

De no ser Yahvé un ser de exactamente la misma categoría que Azazel, no hay razón ninguna para explicarse su extraña conducta. Más adelante, cuando le echemos una mirada más de cerca al Yahvé del Pentateuco, nos persuadiremos de que, poco aproximadamente, es como los Dioses del resto religiones, que se manifestaban a los diferentes pueblos para dirigirlos y «protegerlos».

En esta lucha que los ángeles tuvieron entre sí y que la teología nos afirma que acabó en la derrota de Luzbel, el enorme triunfador resultó ser Yahvé, que a lo que semeja, era el supremo jefe de esta facción de ángeles que en aquel instante estaban manifestándose en nuestro planeta. Naturalmente siendo nuestra teología conforme a las enseñanzas de Yahvé en el Monte Sinaí (y en siguientes manifestaciones durante los siglos a distintos profetas y videntes), Luzbel debe aparecer como el malo y Yahvé como el bueno.

Pero utilizando nuestra cabeza, tal y como hacemos para juzgar los hechos de la historia, en donde vemos que los campeones describen todos y cada uno de los hechos a favor suyo y presentan a los vencidos como malos y malvados, podemos llegar a la conclusión de que no hay mucha diferencia entre estos 2 personajes.

Y si Luzbel se comporta como se comportan los hombres (y muy seguramente se comporta de una forma similar), es muy lógico que trate de tomar venganza de su campeón y la mejor forma de hacerlo es tratando de quitarle súbditos y de deshacer toda la obra que aquel haya pretendido hacer entre los hombres.


Mitología y Dioses


Las rebosantes y diversísimas mitologías de todos y cada uno de los pueblos, que otrora se nos presentaron como fruto de la imaginación semi-infantil de los pueblos primitivos, poquito a poco han ido ganando valor en los tiempos actuales, puesto que vemos en ellas nada más y nada menos que el recuerdo, desfigurado por los siglos, de hechos sucedidos hace muchos miles y miles de años.

Los antropólogos las estudian y las conocen realmente bien, mas las enfocan desde cierto punto de vista prejuiciado, para explicar sus teorías. El estudioso de la nueva teología galáctica las estudia desde otro punto de vista totalmente diferente y considerablemente más abarcador, sin dejarse capturar ni por las teorías concebidas a priori de los antropólogos, ni por los dogmas obcecantes de cualquiera de las religiones que tienen aprisionadas las psiques de prácticamente todos los habitantes de este planeta.

Los estudiosos de esta nueva teología tratan de aclarar y confirmar estas mitologías cotejándolas con otros hechos con los que nos hallamos en la historia y con multitud de fenómenos con los que nos hallamos hoy en día.

Lo que el estudio de estas mitologías va dando de sí, es que en la antigüedad recóndita y no tan recóndita (y prontísimo vamos a ver que en nuestros tiempos), seres que se afirmaban divinos, se les manifestaban a los sorprendidos habitantes de este planeta y les afirmaban que eran «Dioses» todopoderosos o bien, más valientemente, el Dios autor de todo el Cosmos.

Los primitivos terrícolas, con unos conocimientos muy toscos de la naturaleza, sorprendidos, por un lado, frente a la belleza de lo que contemplaban, y aterrados por otra, no vacilaban un instante de que estaban verdaderamente frente a los señores del Cosmos y rendían sus psiques sin dudar, poniéndose incondicionalmente a su servicio.

Si esto hubiera sucedido con un solo pueblo, hubiéramos podido atribuirlo a una pluralidad de causas; mas la verdad es que este fenómeno de la manifestación de un «Dios» se ha dado en casi todos los pueblos de los que tenemos historia escrita.

Colectivamente hablando, el fenómeno de la manifestación de un Dios, y hablando individualmente, el fenómeno de la «aparición» o bien «iluminación», son hechos que se han estado repitiendo continuamente en todas y cada una de las latitudes, en todas y cada una de las etnias y en todas y cada una de las temporadas durante los siglos. Después, cuando describamos más a fondo la forma que los Dioses tienen de comunicarse con los hombres, vamos a hablar concretamente de estos fenómenos.

Pero debemos dejar sentado como un hecho histórico indiscutible, que todos los pueblos sin salvedad, han obedecido y venerado a algún «Dios», del que afirmaban que —de una forma o bien otra— se había manifestado y comunicado con sus ancestros a los que había instruido en muchas cosas (a menudo en de qué forma sanar las enfermedades o bien en otros secretos de la naturaleza), habiéndoles prometido protección si eran fieles a lo que les afirmase, o bien más concretamente, si proseguían las reglas de vida que les dictaba.


¿Apariciones subjetivas?


Naturalmente acá cabe discutir si estas opiniones de todos y cada uno de los pueblos se debían a apariciones objetivas de estos seres «celestiales» o bien eran simplemente una creación subjetiva debida a la religiosidad innata de los hombres de todos y cada uno de los tiempos. La ciencia oficial con sicólogos y siquiatras al frente, nos afirmará ineludiblemente que estas opiniones se debían a esto último, y que semejantes apariciones o bien manifestaciones objetivas jamás tuvieron sitio.

Contrarios a ellos tenemos a los entusiastas religiosos (o bien sencillamente a los fieles fervorosos) que defienden —si hace falta con sus vidas— que la realidad objetiva de las apariciones y manifestaciones divinas de que les habla su santa religión, es indudable.

 

¿Quién está en la verdad?

Como realmente bien sabe el lector, la verdad total no es patrimonio de absolutamente nadie, y en este caso específico de este modo sucede precisamente. La ciencia tiene mucho derecho para decir que en infinidad de ocasiones lo que se presenta como «visión» es una pura alucinación, fruto de un psiquismo enfermizo; y que lo que se presenta como milagro —es decir como una prueba de la presencia inmediata o bien casi inmediata de Dios— no es más que el empleo consciente o bien inconsciente por la parte del taumaturgo, de una ley ignota de la naturaleza.

Hasta acá la una parte de razón que tiene la ciencia oficial, que no es poca. Mas los religiosos asimismo tienen su una parte de razón. Su pecado consiste en distorsionar los hechos y en desorbitarlos, transformando en verdades absolutas o bien universales lo que solamente son fenómenos relativos, locales y temporales. En muchas ocasiones, el hecho de la visión o bien de la aparición ha sucedido objetivamente, mas no ha sido exactamente lo que los videntes han creído que era, o bien más precisamente, lo que les han hecho opinar que era.

Aquí es donde entra en juego la acción falsa de los Dioses. Esta acción deceptoria no solo actúa de forma inmediata y en un corto plazo sobre los videntes y sus contemporáneos, sino se extiende muchos años después, hasta exactamente los mismos científicos y la sociedad humana generalmente, haciéndoles pensar que semejantes «visiones» son cosas puramente subjetivas, «mitológicas» y completamente carentes de realidad.

Como podemos ver, el juego de los Dioses es doble:

Las religiones —omnipresentes en toda la historia humana— son el resultado de semejantes hechos «imposibles».


Pruebas históricas


El objeto de este primer capítulo es exactamente el ir rompiendo esta singular complejidad que los hombres de esta sociedad tecnificada tenemos para aceptar semejantes hechos, y es asistir nos a aceptar la posibilidad de que no seamos solamente nos otros los habitantes inteligentes de este planeta.

Pues bien, en este particular, deseo poner al lector en contacto con un enorme libro en el que hallará pruebas históricas —cientos de documentos tan genuinos como aquéllos en los que basamos nuestra historia— provenientes de todas y cada una de las etnias y de todas y cada una de las latitudes. Me refiero al libro de mi entrañable amigo A. Faber Kaiser titulado «Las nubes del engaño».

En él va a poder ver que la mayoría de los historiadores de la antigüedad han dejado testimonio escrito de la aparición o bien de la intervención en la historia humana de unos extraños personajes inteligentes no humanos que han llenado siempre y en toda circunstancia de admiración a nuestros ancestros.

Naturalmente, el descreído proseguirá pidiendo pruebas para asegurarse de la existencia de semejantes seres inteligentes no humanos. Y se las daremos, o bien mejor dicho mismo se las puede administrar, si se toma el trabajo, tal y como afirmamos unas líneas más arriba, de leer los repetidos y documentados testimonios que se hallan en todos y cada uno de los libros sagrados y profanos de todas y cada una de las etnias y de todas y cada una de las épocas; y se persuadirá de esta realidad, si medita desapasionadamente sobre los fundamentos doctrinales y de los orígenes de todas y cada una de las religiones.

Tomemos por servirnos de un ejemplo los orígenes del cristianismo y despojémonos por unos momentos de nuestros sentimientos hacia él (puesto que si no lo hacemos de esta forma, el cariño que sentimos cara las opiniones propias y de nuestros progenitores, nos va a impedir examinarlas desapasionada y racionalmente).

Los diez mandamientos esenciales de la religión cristiana, no solo son el fruto de la aparición de uno de estos seres suprahumanos, sino fueron entregados personalmente por él y nada menos que grabados en piedra, si tenemos que pensar a lo que durante más de 3 mil años ha venido enseñando el judeo-cristianismo.

En el libro más respetado en el mundo entero occidental, se nos afirma que un ser llamado Yahvé se apareció en una nube desde la que se comunicaba con los humanos. Una nube que conforme leemos en el Pentateuco, hacía cosas extrañísimas para ser una nube normal. Este señor, al que acompañaban otros seres suprahumanos dotados de expepcionales poderes (que por otra parte eran bastante similares en sus pasiones a los hombres y que con mucha frecuencia se entrometían claramente en sus vidas) estuvo apareciéndose de igual forma a lo largo de múltiples siglos a todo el pueblo hebreo y de una forma personal a distintos individuos a los que les señalaba cuál era su voluntad concreta en aquel instante.

Estos seres suprahumanos a los que nos referimos, se presentaban siempre y en todo momento como mandados por aquel ser que se presentó en el monte Sinaí; y exactamente el mismo Cristo —al que, como ya he dicho, consideramos no como uno de estos seres suprahumanos, sino más bien como a un humano extraordinario— se presentó siempre y en todo momento como un mandado de aquel señor del Sinaí al que llamaba su «padre».

Posteriormente en el cristianismo, las apariciones de todo género de seres no humanos, o bien humanos ya glorificados, son cosa absolutamente normal y aceptada por las autoridades de la Iglesia. Negar ahora este hecho, tal y como pretenden hacerlo ciertos teólogos modernos, es apreciar tapar el sol con un dedo.

A los que nos afirmen que Dios tiene el derecho de manifestarse como desee y a los que nos presenten la teofanía del judeo-cristianismo como algo único, les afirmaremos que aunque es verdad que Dios tiene el derecho de presentarse como desee, no es lógico que lo haga con todas y cada una de las muy extrañas circunstancias con que lo hizo en el caso del pueblo hebreo y por otra parte no vamos a estar conforme de ninguna forma, en que el caso judeo-cristiano sea un caso único.

Muy al contrario, nos hallamos con que la forma de manifestarse Yahvé al pueblo hebreo, no difiere esencialmente en nada, de la forma que otros Dioses emplearon para manifestarse a sus «pueblos escogidos»; pues como ya afirmamos, estos seres suprahumanos agradan de «escoger» un pueblo en el que centran sus intervenciones con la raza humana, y en el que influyen positiva y de forma negativa, en ocasiones de una forma muy activa y directa.

En este particular el judeocristianismo no tiene originalidad alguna tal y como enseguida vamos a ver.

Lo que sucede es que los cristianos, como los fieles fieles de otras religiones, concentrados en el estudio y en el cumplimiento de sus dogmas y ritos, y apartados por sus líderes religiosos de las opiniones y ritos de otros pueblos, han ignorado y siguen ignorando hechos históricos que por sí mismos son capaces de sembrar grandes dudas sobre la originalidad y la valía de las propias creencias de tipo religioso.


Las teofanías se repiten


La experiencia de ser «adoptados» por un «Dios», es prácticamente común a todos y cada uno de los pueblos de la antigüedad, con la coyuntura de que esta adopción acarreaba ciertas condiciones que eran asimismo comunes a todos y cada uno de los pueblos: la demanda de sacrificios sanguinolentos de una o bien otra clase, a cambio de una protección (que resultaba ser tan mentirosa y, con el tiempo, tan poco eficiente como la que Yahvé dispensó al pueblo hebreo).

De hecho leemos en una nota de las Sagradas Escrituras de Jerusalén:

Si bien es verdad que las mitologías y leyendas folclóricas de la antigüedad no tienen habitualmente prueba alguna reportaje (si bien en otros muchos casos sí la tienen) absolutamente nadie puede negar la realidad enormemente intrigante de que en verdad muchos pueblos, separados por miles y miles de años y por miles y miles de quilómetros han tenido opiniones y practicado ritos muy semejantes; ritos y opiniones que, analizados a fondo, se afirmarían provenientes de un leño común.

Con la particularidad de que muchos de estos ritos y opiniones son bastante antinaturales y también ilógicos, pudiendo uno llegar a la conclusión de que no afloraron de manera espontánea de la psique de los humanos como una ofrenda a sus «Dioses protectores», sino les fueron impuestos a los terrícolas por alguien que, durante los siglos, ha preservado exactamente los mismos gustos retorcidos, contradictorios y habitualmente atroces.


Paralelos entre las teofanías


Volviendo al caso histórico del pueblo hebreo, y dejando a un lado a los otros Dioses de los pueblos de Mesopotamia, tan desconcertantemente similares a Yahvé y contra los que este tenía tan tremendos celos (Baal, Moloc, Nabú, Aserá, Bel, Milkom, Oanes, Kemos, Dagón, etcétera) vamos a fijarnos en una experiencia concreta y extraña demandada por Yahvé al pueblo hebreo y vamos a toparnos con otro pueblo (separado del pueblo hebreo por unos diez quilómetros en el espacio y por unos tres mil años en el tiempo) al que su «Diosprotector» le hizo pasar por exactamente la misma extraña experiencia.

Me refiero al hecho de caminar errantes por muchos años ya antes de llegar a la «tierra prometida» y bajo el orden concreto y la dirección inmediata de Yahvé.

El lector que desee conocer más a fondo los detalles de todo este peregrinar no tiene más que leer el libro del Éxodo, que es uno de los 5 primeros que componen las Sagradas Escrituras.


Hebreos y aztecas


Puesto que bien, esta extraña aventura —que debe haber resultado muy, muy penosa para el pueblo judío— la vemos repetida con unos paralelos pasmosos y también ininteligibles en el pueblo azteca. Conforme las tradiciones de este pueblo, hace más o menos unos ochocientos años que su Dios Huitzilopochtli se les apareció y les afirmó que debían desamparar la zona en que habitaban y empezar a desplazarse cara el sur «hasta que encontraran un sitio en el que verían un águila devorando a una serpiente».

En este sitio se asentarían y los transformaría en un enorme pueblo.

La zona en que por aquel entonces habitaban los aztecas estaba en lo que el día de hoy es terreno de Norteamérica —probablemente entre los estados de Arizona y Utah— y por ende su peregrinar hasta Tenochtitlán fue de forma notable más extenso que el que a los hijos de Abraham les demandó su «protector» Yahvé. La travesía de los «Hijos de la Grulla» (como de forma tradicional se llamaba a los aztecas) fue de no menos de 3 mil quilómetros y no exactamente por grandes carreteras sino más bien debiendo atravesar amplios desiertos y zonas ásperas y de espesa flora que efectivamente debieron poner a prueba su fe en la palabra de su Dios Huitzilopochtli.

Mas al fin, tras mucho pasear hallaron en una pequeña isla, en la mitad del lago Texcoco, el águila de la premonición devorando una víbora en lo alto de un nopal.

Esta pequeña isla estaba precisamente donde ahora está la pasmante plaza del Zócalo, en la mitad de la urbe de México. La febril actividad constructora de los aztecas —muy influida por otros 2 pueblos que previamente se habían distinguido mucho por sus grandes construcciones: los olmecas y los toltecas— pronto transformó aquellos lugares pantanosos, en la enorme urbe con la que se hallaron los españoles cuando llegaron a inicios del siglo XVI.

Hoy día ya apenas si quedan ciertas partes con agua del lago Texcoco, mas cuando llegaron los aztecas, allí por el año mil trescientos veinticinco, el lago ocupaba una superficie de manera notable mayor del val de México.

Con lo dicho hasta acá, no podríamos localizar sino más bien un paralelo genérico con lo que les sucedió a los hebreos, y efectivamente no tendríamos derecho a esgrimirlo como un razonamiento a favor de nuestra tesis. Mas si consideramos esmeradamente todos y cada uno de los detalles de la historia de la peregrinación azteca, nos encontraremos con otras muchas circunstancias muy sospechosas.

Helas aquí:

  • La personalidad de Yahvé era muy similar a la de Huitzilopochtli. Los dos deseaban ser considerados como protectores y hasta como progenitores, mas eran formidablemente exigentes, inexorables en sus usuales castigos y muy prontos a la ira.
  • Ambos les afirmaron a sus pueblos elegidos, que abandonaran la tierra en que habitaban. Yahvé lo hizo en primer lugar con Abraham haciendo que dejara Caldea y lo hizo más tarde con Moisés forzándolo a que abandonara Egipto al frente de su pueblo.
  • Ambos acompañaron «personalmente» a sus protegidos durante toda la peregrinación, ayudándolos de manera directa a superar las muchas contrariedades con que se iban encontrando en su camino.
  • Yahvé los acompañaba en forma de una extraña columna de fuego y humo que lo mismo los alumbraba de noche que les daba sombra por el día, y les señalaba el camino por donde debían ir, haciendo además de esto otros muchos menesteres tan extraños y útiles como separar las aguas del mar a fin de que pudieran pasar de una ribera a otra, etcétera Huitzilopochtli acompañó a los aztecas en forma de un pájaro, que conforme la tradición era una enorme águila blanca que les iba mostrando la dirección en que debían avanzar en su muy larga peregrinación.
  • Este peregrinar en ninguno de los casos fue de días o bien semanas. En el caso judío, Yahvé, extrañísimamente, se dio gusto haciéndoles dar rodeos por el inhóspito desierto del Sinaí a lo largo de cuarenta años (cuando podían haber hecho el camino en 3 meses).Huitzilopochtli fue aún más errante y descortés en su liderazgo, puesto que tuvo a sus protegidos deambulando 2 siglos más o menos, hasta el momento en que al fin los estableció en el sitio de la presente urbe de México.
  • Si el tiempo que los dos pueblos anduvieron errantes no fue breve, tampoco lo fue la distancia que debieron cubrir. Primero Abraham fue desde Caldea a Egipto de donde volvió a los pocos años. Mas enseguida vemos a su nieto Jacob regresar nuevamente a Egipto (siempre y en toda circunstancia bajo la mirada de Yahvé, que era el que favorecía todas y cada una estas idas y venidas) hasta el momento en que, tras unos 2 o bien 3 siglos, vemos a todo el pueblo hebreo —por aquel entonces ya numerosísimo— de vuelta cara la tierra prometida capitaneado por Moisés, mas dirigido desde las alturas por aquella nube en la que se escondía Yahvé. La distancia que debía recorrer el pueblo hebreo era, en teoría, de unos trescientos kilómetros; mas Yahvé se ocupó de estirar esos trescientos quilómetros hasta transformarlos en más de mil. La distancia recorrida por el pueblo azteca fue considerablemente mayor, en tanto que no debió ser inferior a los 3 mil quilómetros, distancia que fue fielmente recorrida por las 6 tribus que en un inicio se pusieron en camino.
  • Ambos pueblos debieron enfrentarse a un sinnúmero de tribus y pueblos que habitaban la «tierra prometida» cuando llegaron los «pueblos escogidos». Los amorreos, filisteos, gebuseos, gabaonitas, amalecitas, etcétera, que a cada paso nos hallamos en las Sagradas Escrituras en guerra con los judíos, tienen su contraparte americana en los chichimecas, tlaxcaltecas, otomíes, tepanecas, xochimilcos, etcétera, con los que debieron enfrentarse los aztecas en su peregrinaje cara Tenochtitlán.
  • Ambos pueblos, cuando fueron adoptados por sus respectivos Dioses protectores, empezaron a multiplicarse de forma rápida, mas sobre todo cuando llegaron al sitio prometido y establecieron en él, se hicieron realmente fuertes y pasaron a ser, pueblos dominantes en toda la zona, avasallando a sus vecinos. Los dos pueblos llegaron a la cúspide de su desarrollo más o menos a los 2 siglos de haberse establecido en la tierra prometida.
  • Ambos pueblos fueron adoctrinados en un rito tan extraño como es la circuncisión. Este es un «detalle» tan extraño que, induce a sospechar muchas cosas, entre ellas, que Yahvé y Huitzilopochtli eran hermanos gemelos en sus gustos.
  • Tanto Yahvé como Huitzilopochtli les demandaban a sus pueblos sacrificios de sangre. Entre los hebreos esta sangre era de animales, mas entre los aztecas la sangre era habitualmente humana, como en la dedicación del gran templo de Tenochtitlán cuando, conforme los historiadores, se sacrificaron múltiples miles y miles de presos, abriéndoles el pecho de un tajo y arrancándoles el corazón, aún latiendo y sangrante, para ofrecérselo a Huitzilopochtli. Yahvé, a primer aspecto no llegaba a tanta barbarie, mas semeja que en ocasiones acariciaba la idea. Recordemos si no, el desmesurado sacrificio que le demandó a Abraham de su hijo Isaac (y que solo a última hora impidió) y el menos conocido de la hija de Jefté (Jue. trece). Este caudillo israelita le prometió a Yahvé que mandaría sacrificar al primer ser viviente que se le presentara a la vuelta al campamento, si Yahvé le concedía la victoria sobre los ammonitas. Cuando volvía victorioso de la batalla, la primera que le salió al encuentro para felicitarle fue su hija. Y Yahvé, que con tanta sencillez le comunicaba sus deseos a su pueblo, no afirmó nada y dejó que Jefté cumpliera su salvaje juramento. Y este no es el único ejemplo de esta clase. (Y conste no afirmamos nada —para no extendernos— de los genuinos ríos de sangre que el propio Yahvé ocasionó con las continuas batallas a las que forzó a lo largo de tantos años a su pueblo. RÍOS de sangre que en ocasiones procedían solamente de su pueblo elegido cuando «se encendía su ira contra ellos» cosa que sucedía de manera frecuente).
  • Tanto Yahvé como Huitzilopochtli abandonaron de una forma incomprensible a sus respectivos pueblos cuando estos más los precisaban. Yahvé —que ya estaba bastante oculto desde hacía múltiples siglos— se desapareció claramente a la llegada de los romanos a Palestina, y Huitzilopochtli hizo lo mismo cuando llegaron los españoles; y desde entonces, la identidad de los aztecas como pueblo, se ha disuelto en el variadísimo mestizaje de la enorme nación mexicana. (Es muy incierto, por no decir imposible, que los aztecas, a pesar de las promesas de su protector, consigan el supremo y agobiado acto de supervivencia de los israelitas, de regresar a resucitar como un pueblo de historia y peculiaridades propias).
  • Por supuesto, como no podía ser menos, los dos pueblos fueron instruidos detalladamente sobre de qué forma debían edificar un enorme templo en el sitio en donde claramente se instalaran. (Este es otro «detalle», como más adelante vamos a ver, que ha sido básico en todas y cada una de las apariciones religiosas durante la historia).
  • Por si todos estos paralelos no fueran suficientes, nos hallamos aún con otro, que le confieso al lector que me generó una profunda impresión cuando lo hallé inocentemente contado por fray Diego Duran, uno de los múltiples monjes franciscanos que escribieron las crónicas de los primeros tiempos del descubrimiento de las Américas, basados en lo que los propios indios les contaban. El buen monje, en su relato de las opiniones de los ancestros de los aztecas, nos cuenta (como es lógico, con una cierta lástima frente al paganismo «demoníaco» en que se encontraban sumidos aquellos pueblos) que cuando el pueblo entero avanzaba cara el sur, siguiendo siempre y en todo momento a la enorme águila blanca que los dirigía desde el cielo, la primera cosa que harían al llegar a un sitio, era edificar un pequeño templo para depositar en él el arca que transportaban a través de la que se comunicaban con su Dios. Este detalle de llevar asimismo un arca, del mismo modo que los hebreos, y de considerarla de suma importancia puesto que era el vínculo que tenían con su protector, es una cosa que me sumió en profundas reflexiones y que me hizo llegar a la conclusión de que ciertos de estos «espíritus que están en las alturas» —tal como los llama San Pablo— tienen gustos muy similares.Y es posible que no solo gustos, sino más bien asimismo necesidades, cuantas veces se asoman a nuestro planeta, o bien a nuestra dimensión, en donde no pueden actuar tan naturalmente como lo hacen cuando están en su elemento.
  • Todavía como un último paralelo, podríamos incorporar lo siguiente: Si el Yahvé de los hebreos tuvo su contraparte americana en Huitzilopoctli, el Cristo judío, en cierta forma reformador de los mandamientos de Yahvé, tuvo su contraparte en Quetzalcoatl, el mensajero de Dios, instructor y salvador del pueblo azteca, que, como Cristo, apareció en este planeta de una forma un tanto misteriosa; fue supuestamente un hombre como , y como , se fue de la tierra de una forma del mismo modo extraña, prometiendo los dos que cualquier día volverían.
  • Hasta acá llegaban los paralelos que personalmente había investigado ya hace varios años; mas la lectura del libro de Pedro Ferriz «¿Dónde quedó el Arca de la Coalición?», ha dado pábulo a mis sospechas y a mis paralelos, con los detalles que allá aporta. Uno de ellos es el curioso «cambio de nombres». Resulta que Huitzilopoctli tenía exactamente la misma «manía» que Yahvé (Abram-Abraham, Sarai-Sara, Jacob-Israel) y hasta el momento en que exactamente el mismo Jesucristo (Kefas, Boanerjes). Y a propósito exactamente la misma «manía» que hallamos en los modernos «extraterrestres» que con gran frecuencia les cambian el nombre a sus contactados.
  • Pero no solo eso sino el Moisés azteca - que era el único que charlaba con Huitzilopochtli, conforme Ferriz - se llamaba "Mexi y su hermana (¡pues asimismo tenía una influyente hermana!) se llamaba Malínal. Puesto que bien, fonéticamente, Meshi se semeja a Moshe (Moisés en la versión fonética castellana), y Malínal a María. Y si bien al lector este paralelo pueda semejarle una exageración traída por los pelos, debería saber que estos «parecidos» en cuestión de nombres propios, son algo con lo que nos hallamos habitualmente en el planeta de lo religioso-paranormal (Chishna-Cristo; Maturea-Matarea, etcétera) y son algo normal en el planeta esotérico. Son chispazos de la Magia Galáctica que escapan a nuestra lógica.

Hasta acá los paralelos entre el peregrinar del pueblo hebreo y el peregrinar del pueblo azteca. Si todas y cada una estas semejanzas las encontráramos solamente entre estos 2 pueblos, podríamos achacárselas reposadamente a pura coincidencia casual.

Pero lo que se hace formidablemente sospechoso es que estas y otras «coincidencias» las hallamos en gran exuberancia en otros muchos pueblos de la Tierra, separados por miles y miles de años y por miles y miles de kilómetros.

1A forma de apéndice final, en mi libro «Israel Pueblo-Contado» pongo el caso de una tribu negra del Zaire, a la que, además de otros muy, muy curiosos paralelos con el pueblo hebreo, su «Yahvé» —que en un caso así se llamaba Murl— les enseñó y también impuso la circuncisión (!).


Teofanía de los mormones


En nuestro intento por presentarle al lector pruebas o bien testimonios de la existencia de los Dioses, nos vamos a fijar ahora en el hecho histórico de la aparición y siguiente expansión de la religión mormona. Ya no se trata de hechos diluidos por el paso de los siglos —tal como sucede en el caso de hebreos y aztecas— sino más bien de un hecho prácticamente moderno a nosotros —absolutamente moderno con el nacimiento de la nación norteamericana— y con perfección documentado y hasta notarizado.

De todo podemos tener menos dudas que de otros muchos hechos que el día de hoy son de forma perfecta aceptados como históricos. Naturalmente, el que no se interese por estudiarlos o bien no desee aceptarlos como históricos, por más que sean las pruebas que se le presenten, proseguirá repitiendo insensatamente que semejantes hechos no han existido.

Joseph Smith era un joven y humilde campesino que allí por] el año mil ochocientos veintitres vivía en el estado de la ciudad de Nueva York, cerca de la presente urbe de Elmira. Un buen día cuando se encontraba dedicado a la oración, mientras que hacía un alto en su tarea de arada de la heredad; paterna, vio de qué manera súbitamente delante de él tomaba forma una figura lumínica y «celestial» que afirmó ser el ángel Moroni. Este ser prosiguió apareciéndosele en datas consecutivas y lo fue instruyendo sobre lo que en el futuro debería hacer, sobre todo con relación a sus ideas religiosas que deseaba que fuera esparciendo entre sus familiares y vecinos.

De nuevo estamos frente a un caso en que alguien afirma que tuvo una visión. Mas en un caso así, este alguien tuvo pruebas de que la visión no era fruto de su imaginación. El ángel Moroni le afirmó que le iba a dar una suerte de tablas de oro, escritas en caracteres viejos (que le enseñaría a descifrar) en las que estaba la historia vieja de Pueblos llegados por mar desde Europa, que habían habitado Norteamérica, y las opiniones que tanto Joseph Smith como sus seguidores deberían sostener de ahora en adelante.

El enigmático ser cumplió su palabra y un buen día le afirmó que' debajo de determinada piedra en el campo hallaría las tablas o bien láminas de oro; que podía llevárselas a lo largo de un tiempo para traducirlas y dárselas a examinar a peritos que atestiguasen de su existencia. De esta manera lo hizo J. Smith y no solo en una sino más bien en un par de ocasiones se levantó acta ante notario y más de diez testigos, de la existencia y pormenores de dichas tablas, describiéndolas en detalle en lo que se refiere a peso, forma, número de ellas y contenido.

En los dos testimonios escritos (que se guardan con gran celo en el templo central de la Iglesia Mormona de Utah) se hace constar a propósito que dichas tablas fueron examinadas por especialistas y especialistas en metales y que todos estuvieron conforme en que eran de oro puro y si se tuviesen que cotizar conforme el costo corriente del metal, tendrían un enorme valor por la enorme cantidad del mismo que contenían.

Tal como le había dicho «el ángel» y una vez traducidas y transcritas, Joseph Smith las puso en el lugar en que le señaló su divino cómplice, y ya jamás más las volvió a ver.El contenido de dichas tablas es lo que forma la mayoría de las «sagradas escrituras» de la Iglesia mormona que pueden ser adquiridas en cualquier librería o bien biblioteca.

Asegurado el joven campesino en sus opiniones con todos estos hechos de los que no podía tener la mínima duda, y auxiliado por todas y cada una de las personas que fueron del mismo modo testigos de estos y otros hechos paranormales (o bien «sobrenaturales» conforme la creencia de ellos) empezó a extender la nueva religión de la «Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días», tal y como la llamó oficialmente.

Posteriormente vamos a ver de qué forma en el movimiento religioso de Joseph Smith se cumple una de las 3 leyes a las que los Dioses se ajustan cuando lanzan una nueva religión: en este caso en particular se la entroncó con el existente movimiento o bien pensamiento cristiano, si bien se le hizo tomar un nuevo rumbo «renovador» desde la perspectiva de los mormones, y «herético» desde la perspectiva de los cristianos tradicionales.

Sin embargo lo que ahora nos interesa, y el objeto primordial de haber traído a colación el caso de los mormones, es la coyuntura de las pruebas específicas (y comprobables desde cierto punto de vista rigurosamente histórico), del hecho de la aparición de un ser extrahumano a un mortal al que adoctrinó ampliamente sobre una serie de opiniones y ritos.

Creencias y ritos que dieron sitio —a pesar de las incontables contrariedades presentadas por los practicantes de otras creencias— a la presente Iglesia Mormona, de manera firme establecida en el medio-oeste de los USA y con una fuerza expansionista superior a la de la mayor parte de las religiones seculares y clásicas; sus misioneros pueden ser vistos en prácticamente todas las grandes y medianas urbes de la mayoría de las naciones del planeta.

El lector se pasmaría si conociera la gran similitud que existe entre lo que le sucedió a Joseph Smith y lo que les ha sucedido a muchos otros seres humanos: no solo a conocidos iniciadores o bien reformadores de religiones, sino más bien a simples mortales cuyos casos jamás fueron reconocidos por sus coterráneos por juzgarlos puras invenciones de su exaltada imaginación.

Por muchos años me resistí a aceptar la realidad o bien la objetividad de semejantes apariciones, sobre todo de aquellas que se daban fuera del seno de la Iglesia católica. Ello era el fruto de la cerrada educación religiosa que había recibido en mi familia, y dicho más crudamente, del fanatismo glorificado y racionalizado en el que vivía y en el que viven tantas gentes que se creen de «mente abierta».

En la actualidad estoy completamente persuadido de que muchas de las apariciones que la gente afirma haber tenido, tienen algún grado de objetividad y se dan no solo dentro del cristianismo sino más bien en todas y cada una de las religiones, y en ciertas de ellas, con considerablemente mayor exuberancia que en el catolicismo.

No solo eso, sino estoy seguro de que estas intromisiones directas y perceptibles de los Dioses en las vidas humanas, se dan asimismo fuera del contexto religioso, bajo otros nombres y en otros marcos que no guardan relación con lo religioso; por servirnos de un ejemplo bajo la manera de «espíritus-guía», «maestros superiores», «extraterrestes», etcétera

El profesor Rosso de Luna, a estos seres no humanos que con cierta frecuencia penetran en las vidas humanas, les llama «jiñas», una palabra que tiene profundas raíces lingüísticas y que en español tiene otra manifestación más famosa, que es la palabra «genio» (en el sentido de duende o bien deidad menor).

Por extraño que al lector pueda semejarle, hay personas que tienen un trato personal con estos jiñas, que se manifiestan con una entidad física indistinguible de la de cualquier ser humano; y el contacto se hace no solo en lo alto de montañas o bien en lugares secretos, sino ciertos de ellos reciben reposadamente en sus casas a estos enigmáticos visitantes, siendo de ello testigos todo el resto de la familia; aunque hay que apreciar que el trato del jiña y sus conversaciones, acostumbran a limitarse prácticamente solamente al humano con quien desea relacionarse.

Y debo confesarle al lector que actualmente tengo escritas las vidas de 2 de estos jiñas y de sus relaciones con 2 humanos diferentes (un hombre y una mujer), con multitud de testigos que dan fe de haberlos visto e incluso de haber hablado con ellos. (Como es natural, sin que estos testigos supieran que trataban con un ser no humano).

El día que los humanos a los que me refiero —y con los que me une una angosta amistad— me den permiso, publicaré o bien voy a dar a conocer hechos muy interesantes.


Los ovnis como teofanía


En líneas precedentes afirmamos que este fenómeno de la «aparición» de un ser extrahumano a un humano y de la siguiente «iluminación» de la psique del humano, es una cosa que se ha dado siempre y en toda circunstancia y que se prosigue dando en nuestros días con no menos frecuencia que en tiempos pasados.

Estamos tratando de probar esta afirmación; y la prueba en un caso así, si bien esté velada con otros nombres y con otras circunstancias, nos la van a facilitar las agencias de noticias más conocidas y los jornales del planeta entero. La prueba la englobaremos en eso que lleva por nombre «fenómeno ovni», que es algo considerablemente más profundo de lo que se acostumbra a leer en la mayoría de gacetas y periódicos e incluso de libros que tratan particularmente del tema.

El fenómeno de los objetos volantes no identificados, gústele a la ciencia o bien no, es una cosa que está en la psique de todas y cada una de las personas civilizadas del planeta y es algo, que a pesar de las reiteradas censuras y campañas en contra, brota continuamente a las páginas, pantallas y ondas de todos y cada uno de los medios masivos de comunicación. El fenómeno objeto volador no identificado es en un aspecto, un síntoma de esta incesante Comunicación de los Dioses con los mortales y en otro aspecto, es el medio que hoy día los Dioses utilizan para ponerse en contacto con nosotros.

Hoy día, imbuidas nuestras psiques de viajes extraterrestres y Galácticos, y excitada nuestra imaginación por adelantos técnicos y electrónicos ignotos por nuestros ancestros, interpretamos este fenómeno de conformidad con nuestros contenidos de conciencia; lo mismo que los interpretaban conforme a los suyos. No obstante hay que apreciar que aunque nuestros ancestros se confundían en absolutizar y engrandecer lo que sus ojos veían (transformándolo en objeto de veneración) estaban más próximos a la verdad que , cuando los transformamos en puros visitantes extraterrestres (y mucho más cuando los atribuimos a puras alucinaciones de sicópatas).

El fenómeno objeto volador no identificado es más que la pura visita de unos señores habitantes de otros planetas, y tiene considerablemente más relación con el fenómeno religioso que con los viaje de astronautas extraterrestres.

Cuando uno se asoma por vez primera al fenómeno objeto volador no identificado como resulta lógico, ignora su profundidad (su variadísima irracionales casuística, su enorme repercusión en la sicología humana, su trascendencia sociológica, su componente físico y, más específicamente, electromagnético y brillante, etcétera) tiende a explicárselo con un fenómeno de viajes y viajantes interplanetarios más avanzado mas por fin de cuentas, paralelo al fenómeno que desde hace 2 décadas tiene sitio en nuestro planeta, en donde tras miles y miles de años de aislamiento, la raza humana ha sido capaz de vencer la fuerza de la gravedad y de remontarse alén de la atmosfera en misiones estudiosas cara otros cuerpos celestes

Esto es lo que a primer aspecto se presenta y lo que, en un comienzo, explicó la presencia de tantos extraños automóviles en nuestros cielos. Mas conforme se prosiguió estudiando y ahondando en el fenómeno, se vio, no sin pasmo, que la cosa no era tan fácil y que la explicación que en un comienzo se había dado, estaba lejos de dar una solución total al inconveniente.

Un ovnílogo consciente y realmente experimentado (cosa que no siempre y en todo momento sucede entre aquéllos que se creen conocedores de fenómeno) no negará la posibilidad y incluso la probabilidad de que una parte del fenómeno sea lo que aparenta ser, o sea naves de procedencia extraterrestre — teledirigidas o bien tripuladas personalmente— que vienen a nuestro planeta con fines exploratorios, del mismo modo que nos asomamos a la Luna o bien Marte. Mas aún queda un enorme ámbito del fenómeno para el que esta explicación es meridianamente deficiente.

Y en llegando a este punto, no cabe otro antídoto que explicarle al lector, si bien solo sea de una forma general, en que consiste el fenómeno objeto volador no identificado y en ponerlo al tanto de determinadas peculiaridades que no acostumbran a ser tenidas en cuenta en los despachos de prensa que tan de manera frecuente se leen en los medios informativos.

El llamado «fenómeno ovni» consiste esencialmente en determinados objetos que atraviesan nuestra atmosfera (si bien asimismo pueden manifestarse sobre la tierra o bien en el mar) que dan la impresión de estar dirigidos por seres inteligentes (en incontables ocasiones se ha visto a sus tripulantes bajar de los aparatos y muchos hombres y mujeres han hablado con ellos) que no son humanos como nosotros; no obstante pese a todos y cada uno de los sacrificios que se han hecho para esclarecer su procedencia, su constitución física, sus pretensiones, sus métodos de propulsión y mil otras circunstancias relacionadas con ellos, hasta el día de hoy no podemos conocer con precisión prácticamente ninguna de estas circunstancias puesto que los datos que de ellos hemos conseguido, bien sea por investigaciones nuestras, bien con lo que mismos nos han dicho, son absolutamente contradictorios y en muchas ocasiones plenamente absurdos.

Sin embargo el hecho de su presencia entre nosotros es indiscutible y confirmado por centenares de miles de testigos en todas y cada una de las temporadas y en todas y cada una de las latitudes.

Esta falta de un acuerdo en lo que se refiere a muchas de sus particularidades, no desea decir que no hayamos progresado mucho en la entendimiento de todo el fenómeno y que no hayamos ido descubriendo muchas de sus raíces profundas, que estaban absolutamente ocultas no solo para nuestros ancestros, sino más bien para los que hace solo treinta años empezaron a estudiar el fenómeno.

A pesar de que muchos de los estudiosos prosiguen aún en sus investigaciones en un nivel bastante tosco y se niegan a aceptar ciertas implicaciones psíquicas del fenómeno, no obstante hoy día ya los mejores estudiosos saben que el fenómeno es en sus manifestaciones variadísimo y, como afirmamos, en gran forma contradictorio de sí.

Saben asimismo que no es lo que semeja ser a primer aspecto, siendo en consecuencia en gran medida engañoso; o bien dicho en otras palabras, que induce de forma fácil al fallo del que lo observa o bien estudia. Saben que tras hechos que supuestamente tienen una finalidad, se esconden otras pretensiones considerablemente más profundas y a largo plazo; y saben por último que todo el fenómeno es enormemente peligroso para el psiquismo del que] se aproxima a él sin las debidas precauciones.

En realidad sabemos sobre el fenómeno muchas otras cosas que son todavía más esenciales para el hombre; mas estas otras cosas —que son exactamente las que el creador desea comunicarle de una forma singular al lector— son de más bastante difícil entendimiento y admisión y de ahí que las vamos a ir exponiendo a lo largo del libro y las vamos a hacer objeto de singulares análisis.

Para que el lector no pierda el hilo de las ideas, le recordaremos que la razón de haber traído el fenómeno objeto volador no identificado, fue para probarle o bien al menos para disminuir su resistencia a aceptar las «apariciones» en nuestro planeta, de seres no humanos. En el fenómeno objeto volador no identificado se van a poder localizar, atestiguado por todas y cada una de las agencias de noticias del planeta, con miles y miles de semejantes casos, si bien en sus circunstancias difieran de de qué forma nos lo habían contado los historiadores de otros tiempos. Después vamos a ver que, pese a las variaciones, se trata del mismo fenómeno.

Nuestro inconveniente consiste por tanto, en relacionar y, mejor todavía, en identificar estos avistamientos modernos de que nos charlan los diarios, con las visiones de que nos charlaban los místicos (que han constituido por siglos el origen y la esencia de todas y cada una de las religiones sin excluir al cristianismo) y con los «prodigios» de que nos charlan todos y cada uno de los historiadores helenos y latinos, como los libros sagrados de todas y cada una de las religiones.

En las visiones de los viejos podemos estudiar más meridianamente las pretensiones de los que se les aparecían, en tanto que meridianamente les señalaban su voluntad, les afirmaban cuál era la conducta que debían proseguir hacia ellos, y no tenían reparo en decir quiénes eran (si bien engañasen en la enorme mayoría de los casos); no obstante, el inconveniente con que nos confrontamos en estas visiones o bien apariciones de la antigüedad, es la imposibilidad de probar su realidad objetiva, debido mientras que desde ellas ha pasado, y debido a que han llegado hasta nosotros mezcladas con muchos elementos míticos o bien legendarios que habitualmente las hacen difícilmente aceptables.

En cambio, las visiones modernas (procedentes del fenómeno objeto volador no identificado), aunque carecen de esa diafanidad en sus pretensiones y se nos presentan de una forma considerablemente más contradictoria en su contenido ideológico, tienen por otra parte algo que echábamos de menos en las antiguas: son de manera perfecta comprobables. Si conseguimos, por tanto, identificar las visiones modernas con las viejas, vamos a haber dado un enorme paso de avance para esclarecer la esencia de todas y cada una , puesto que lo que les faltaba a unas lo hallamos en las otras y a la inversa.

Esta tarea de identificación de los dos fenómenos es la que ha venido haciendo la ovnilogía más avanzada en la última década, por mucho que ciertos estudiosos del fenómeno no hayan sido capaces de superar las etapas iniciales de esta muy importante ciencia y sigan estudiando miopemente algunos aspectos secundarios de ella.

Hoy no tenemos ninguna duda de que lo que los viejos llamaban «los Dioses» —y los enmarcaban en un complejo sistema de opiniones y ritos— es precisamente lo mismo que los modernos llamamos con el genérico término de «fenómeno ovni», cuando este se comprende en su amplitud y profundidad.

Es decir, las inteligencias que están tras el llamado fenómeno objeto volador no identificado, son exactamente las mismas que los viejos personalizaban en los diferentes Dioses. En aquellos tiempos, estas inteligencias creyeron más oportuno (y menos arriesgado para ellas) el presentarse de aquella manera; al tiempo que en nuestros tiempos (frente a una humanidad considerablemente más avanzada tecnológicamente) han creído más oportuno presentarse bajo apariencias más de forma fácil digeribles o bien aceptables por los hombres de el día de hoy. Mas las pretensiones de su presencia entre nosotros, o bien de su intromisión en nuestras vidas, son en el fondo, exactamente las mismas.

Será por consiguiente muy oportuno estudiar con una mirada panorámica, cuál ha sido el efecto de su injerencia en las vidas de nuestros ancestros, en tanto que esto podría darnos alguna indicación en lo que se refiere a de qué forma habrían de ser nuestras relaciones con ellos o bien de qué manera habría de ser nuestra reacción a su presencia entre nosotros.

Pero ya antes de empezar esta labor, deberemos ahondar un tanto más en quiénes son estos Dioses de los que venimos hablando; de qué forma son en sí mismos; cuáles son sus cualidades o bien defectos; sus relaciones entre ellos mismos y con el Dios del Cosmos, al que muchos de ellos han querido suplantar en la psique de los hombres; cuáles son sus poderes y sus debilidades; hasta dónde llegan sus conocimientos; cuáles son sus reglas morales, si tienen algunas; su relación con nuestro progresivo espacio-tiempo, etcétera, etcétera

Aunque al incrédulo, se le haga realmente difícil aceptar que los hombres podamos saber nada sobre estas interioridades (de unos seres de cuya misma existencia duda) la realidad es que, dada la muy larga relación de estos seres con la raza humana, esta, cuando ha llegado a una cierta madurez intelectual, ya ha empezado a anudar cabos y a localizar ciertas leyes profundas que rigen la conducta de estos seres inteligentes no humanos; leyes que hasta el momento no habían podido descubrir, debido en parte a su falta de madurez histórica y cultural y en parte al cuidado que exactamente los mismos Dioses han tenido durante los siglos en disimular no solo sus pretensiones respecto a la raza humana sino más bien hasta su presencia en nuestro planeta y en muchas ocasiones, su presencia física en la mitad de nuestras ciudades2.

Me percato de que mi exposición del fenómeno objeto volador no identificado es demasiado breve y el que lo ignora o bien no cree en él, desearía más datos y más pruebas; mas ese no es el objeto de este capítulo ni de este libro. No obstante a lo largo de él van a ir saliendo multitud de datos y pruebas. Yo doy por asentado el fenómeno y remito al lector descreído a otros muchos libros sobre este tema, escritos ciertos de ellos por científicos de primera línea. Lo cierto es que no aceptar actualmente la existencia del fenómeno objeto volador no identificado, tras la gran cantidad de testimonios y pruebas que sobre él se han aportado, es probar una cerrazón de psique nada envidiable.

granja humana, o sea... tu ;-)


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