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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (3/9) de Salvador Freixedo

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 salvador freixedo

El hombre y el cosmos

El Universo es mucho más complejo de lo que a primer aspecto se nos enseña. Y si bien parezca una paradoja, muchos de los que se llaman a sí mismos científicos, son los que menos se percatan de esta gran verdad, puesto que tienen la psique demasiado tecnificada y piensan que solo lo que pueden revisar con sus aparatos o bien con sus cálculos, es lo que es «real» o bien posible. Mas no es de este modo.

Del Universo apenas si conocemos una infinitésima parte, debido esencialmente a que el instrumento con el que contamos para conocerlo —nuestro cerebro— pese a ser un excelente instrumento con relación a su tamaño, es en resumen de cuentas limitadísimo, sobre todo equiparado con la vastedad y la dificultad del Universo.

Los hombres, infantilmente y ayudados o bien engañados en esto por las religiones —por los Dioses—, creemos que somos el centro del Cosmos. De esta manera nos lo han hecho opinar y de esta forma lo hemos venido repitiendo por los siglos.

Pero esto es únicamente una falsedad más, para tener sosegadas nuestras psiques.

El hombre es solo otro de los infinitos seres inteligentes, semi-inteligentes y carentes de inteligencia, que pueblan el inconmensurable Cosmos. Nuestra infantilidad al encararnos y al enjuiciar las otras realidades del Universo es patente y además de esto triste. Somos unos genuinos pequeños cuando nos ponemos a enjuiciar las cosas que no podemos percibir clara y de manera directa por nuestros sentidos.

Hablamos de nuestra realidad tal y como si fuera la única realidad existente; dividimos los seres en inteligentes y no inteligentes juzgando solamente conforme a las coordenadas de nuestras psiques y a los mecanismos que nuestros cerebros tienen para aprender lo que llamamos «la realidad»; y hasta nos atrevemos a decretar que algo no existe o bien no puede existir por el hecho de que «repugna» a nuestros engramas cerebrales. Somos unos perfectos pequeños pueblerinos afirmando muy con seriedad que «la fuente de nuestro pueblo es la fuente más grande del mundo»; simplemente pues echa mucha agua.

Sólo con relación a el término «inteligente» podríamos completar muchas páginas examinando nuestra infantilidad y superficialidad al aplicar este término. Afirmamos que los animales no son inteligentes y no obstante, debido a procesos cerebrales, muchos de ellos son capaces de hacer cosas que los hombres no somos capaces de hacer. No solo eso sino hay muchas colonias de animales que —debido siempre y en todo momento a procesos cerebrales— consiguen unirse, organizar su trabajo y vivir, considerablemente más armónica y «civilizadamente» de lo que lo hacemos los hombres.

Y no es que los hombres creamos que esta forma gregaria de vivir ya ha sido superada por nosotros; lo cierto es que los hombres quisiéramos poder conseguir el orden y la armonía que las termitas tienen en sus colonias, mas no somos capaces de conseguirlo y como mucho que llegamos es a organizarnos «democráticamente» mediante eso que lleva por nombre partidos, en donde muchos buscones inhibidos hacen su caldo gordito jugando con el bienestar de millones de conciudadanos y dándonos como resultado final estas tambaleantes sociedades de hormigas locas acumuladas y robotizadas. (Y no afirmemos nada de los regímenes totalitarios, fruto de la psique primitiva de algún militar o bien de la paranoia marxista).

Al entrar a enjuiciar el Universo, debemos ser considerablemente más prudentes de lo que somos al juzgar las cosas que nos rodean, de las que aproximadamente tenemos datos precisos y mucho más inmediatos de los que tenemos sobre las inmensas realidades del Cosmos. Los hombres, cuando dejamos de ver, de escuchar y de palpar, entramos ya en el planeta de sombras del que nos habla Platón en sus diálogos. Y ni tan siquiera podemos estar segurísimos de los datos que los sentidos nos dan, ni de la forma de qué manera estos son computados por nuestro cerebro.

Nuestra inteligencia abstracta debe corregir en muchas ocasiones a nuestras sensaciones, si bien en la práctica prosigamos comportándonos tal y como si estas fueran verdaderas. Cuando pasamos las yemas de los dedos, por servirnos de un ejemplo, por un cristal o bien por una mesa de mármol, nuestros sentidos nos afirman que aquella es una superficie absolutamente tersa; y no obstante nuestra inteligencia sabe a la perfección que aquella superficie, analizada al microscopio, de ningún modo es lisa sino es, más bien, como una esponja, en la que abundan mucho más los huecos que los espacios macizos.

Y no afirmemos nada, si la contemplamos con ojos electrónicos, por el hecho de que entonces cambia todo el panorama y todo se transforma en huecos hasta caer en las grutas o bien vacíos intraatómicos en los que desaparece absolutamente lo que llamábamos «materia sólida».

Las grandes realidades del Cosmos y las leyes que las rigen, escapan en gran forma a la entendimiento de nuestro cerebro, por mucho que en ocasiones ciertas de estas realidades las tengamos continuamente a la vista y hasta sepamos usarlas en nuestras vidas diarias; mas ignoramos prácticamente totalmente su esencia. Tenemos como un ejemplo la luz y la gravedad, 2 realidades omnipresentes en nuestras vidas, que por otro lado son 2 misterios que la ciencia apenas si ha empezado a desentrañar.

Y si no es verdad que «todas las criaturas han sido hechas para el hombre», es todavía menos cierto que seamos el centro del Cosmos.

Las matemáticas, con un elemental cálculo de probabilidad, están contra este aserto, y si por alguna razón ignota, fuera cierto, la sabiduría de Dios quedaría muy mal parada, puesto que este planeta nuestro, así como sus habitantes, no es exactamente un modelo de perfección.

El Cosmos es como una infinita escalera que asciende de seres menos perfectos a seres más perfectos; y el hombre habitante de este planeta no es más que uno de los incontables escalones de esa escalera. Los miles y miles de especies de plantas y los centenares de miles de especies de animales no son sino más bien otros escalones de esa mismas escalera.Una enorme escalera cuya base está formada de ahí que que medio con desprecio llamamos materia, y cuya cima está formada con lo que, sin entenderlo bien, llamamos «el reino: del espíritu».

Y aún sobre ese reino del espíritu, sin pertenecer a nada ni ser abarcado por nada, ni ser entendido por nada ni por absolutamente nadie, estaría eso que los hombres infantilmente llamamos «Dios».

Por haberlo ya tratado en mi libro «Por qué sufre el cristianismo», dejo acá de lado el enorme fallo que comete la humanidad cuando se encara con el inconveniente de Dios y no solo lo humaniza y hasta lo mata, sino comete la audacia de definirlo, explicarlo y diseccionarlo. El Dios del cristianismo es una cosa más; una cosa inteligente, grande y poderosa, mas una cosa más. El pecado esencial de la teología cristiana es el haber «cosificado» a Dios.

Dios no es ni puede ser nada de eso. Dios es algo diferente de todo cuanto la psique humana pueda concebir o bien imaginar. Dios es para la psique humana lo que la teoría de la relatividad es para un mosquito.

Si no fuera de este modo y la esencia de Dios fuera entendible por la psique humana, Dios no valdría gran cosa.


Diferentes escalones y escaleras


Mas dejémonos de charlar del «Incomprensible» y del único que realmente «ES», y fijémonos en ciertos escalones de esa infinita escalera que forma el Cosmos.

Como terminamos de decir, el hombre no es más que uno de los infinitos escalones de esa escalera, y de ningún modo es el más alto o bien el centro del Cosmos, por más que se empeñe en meditar que «el Hijo de Dios se ha encarnado en nuestro planeta y se ha hecho como uno de nosotros».

Pero al charlar de una escalera damos pie a que el lector se haga una idea falsa. Pues realmente no se trata de una sola escalera sino más bien de muchas escaleras. El hombre es un escalón de una de esas escaleras y los Dioses son un escalón superior que muy seguramente pertenece a otra escalera diferente.

Es decir, que los hombres, por más que evolucionen (o bien por más que reencarnen en este o bien en otros planetas, conforme las opiniones de muchos) jamás van a llegar a ser Dioses de exactamente la misma especie que estos a los que nos referimos. Van a llegar si a ser unos seres superevolucionados y espiritualizados, probablemente superiores en cualidades y en sabiduría a los Dioses, mas no exactamente unos seres como estos que actualmente y todo durante la historia vemos interfiriendo en la vida de los humanos.

Poniéndolo en una comparación más comprensible, un cabo de la Guarda Civil, por más que ascienda, jamás va a llegar a ser general del Ejército del Aire, pues son 2 cuerpos diferentes si bien en los 2 haya escalafones y si bien los 2 pertenezcan a las fuerzas armadas del Estado.

Naturalmente al charlar de esta forma no podemos presentar pruebas de las que les agradan a los científicos y ni tan siquiera podemos apoyarnos en textos indiscutibles (de exactamente la misma forma que tampoco nos van a hacer mella los «textos sagrados» que se nos presenten en contra). Charlamos de esta forma por pura deducción lógica ante hechos que no podemos negar; hechos que por otro lado son ignotos por la mayor parte de los humanos debido a sus prejuicios y a la tenacidad con que han sido escondidos por la religión y por la ciencia.

Y charlamos de esta forma, pues de esta forma han hablado asimismo muchos grandes pensadores de la antigüedad y contemporáneos, cuyas voces en su mayoría han sido silenciadas o bien caricaturizadas por los intereses creados de los poderes constituidos.

En cuanto a los otros escalones que componen la escalera en la que está puesto el hombre, si meditamos un tanto sobre la naturaleza y sus diferentes reinos (mineral, vegetal, animal, humano, orgánico, inorgánico, etcétera) vamos a ver que entre ellos hay una gradación nada áspera, de tal modo que nos hallamos con muchas criaturas que dan la impresión de pertenecer a 2 reinos o bien de ser una suerte de puente entre ellos. Tal sucede por poner un ejemplo con los aminoácidos, algunos hongos, los corales, las proteínas, etcétera

Y va a bastar también que examinemos la composición física de. cuerpo humano, que no es sino más bien un compendio de todo cuanto compone la naturaleza; desde los elementos simples que estudian la física y la química, hasta las profundidades sicológicas que estudia la sicología o bien las alturas místicas de que nos charlan las religiones.

Aunque a algún lector le pueda parecer extraño, existen muchas escuelas de pensamiento —algunas de ellas precedentes al cristianismo— que mantienen que el ánima de los animales, tras mil evoluciones, llega a transformarse en el ánima de un ser racional. Y en un nivel inferior, podemos ver de qué manera los minerales son absorbidos por los vegetales y de qué forma por su parte estos son absorbidos por los animales, formando todos , así como el hombre una escala ininterrumpida de vida atómica, molecular, celular, psíquica y espiritual.

Cuál puede ser el próximo escalón para el hombre tras su vida en este planeta, no podemos decirlo de manera segura. Los defensores de la reencarnación nos aseguran que volveremos a aparecer en la Tierra en temporadas futuras y en otras circunstancias; y los que no admiten estas doctrinas nos afirman que nuestra ánima, desposeída del cuerpo, pasa a un estado ulterior en el que disfrutará y sufrirá las consecuencias de sus actos en esta vida.

Sea lo que sea, prácticamente toda la humanidad está convencida de que en el momento de la muerte, lo único que se interrumpe es la vida protoplásmica, mas la esencia de nuestro ser —nuestro espíritu inteligente— pasa a otro nivel de existencia o bien a otra dimensión en la que proseguiremos viviendo de una forma más consciente.


Seres extrahumanos


Mas volvamos a lo que nos resulta de interés singularmente en este capítulo, que es la descripción de las cualidades de estos seres a los que llamamos «los Dioses». Si apenas podemos saber nada de los otros escalones que forman la escalera galáctica a la que pertenecemos, menos podemos saber todavía de los escalones de aquella a la que pertenecen los Dioses.

Sin embargo, algo podemos columbrar si sostenemos abierta nuestra inteligencia y no nos dejamos persuadir con lo que nos afirman las enseñanzas dogmáticas de la ciencia o bien de la religión. Y acá vamos a entrar, si bien solo sea de pasada, en un terreno que aunque para ciertos resultará absolutamente irreal, para una psique lúcida y que analice de forma profunda los hechos, resultará, por contra, formidablemente interesante y clave para comprender muchas cosas ignoradas del Cosmos.

Nos referimos a la existencia de otras criaturas no humanas, inferiores en rango y en poderes a los Dioses de los que venimos hablando. Nos referimos a la existencia de «elementales» duendes, gnomos, elfos, «espíritus» y toda suerte de entidades legendarias que tanto hace sonreír a los científicos y que tanto molesta a los religiosos: a los primeros, por el hecho de que semejantes entidades no desean someterse a sus pruebas de laboratorio y actúan de una forma absolutamente independiente de las leyes que han estatuido para la naturaleza (!), y a los segundos pues les rompe su tinglado dogmático, dejando un tanto en paños menores ciertas de sus opiniones esenciales.

(No incluimos entre estos seres a las tradicionales hadas, pues esta ha sido en muchas ocasiones, la apariencia que los Dioses han adoptado para manifestarse. Los miles y miles de «apariciones marianas» —sin excepción— no han sido otra cosa que manifestaciones de hadas, mas en un contexto cristiano).

Lo es cierto que, gústenos o bien no, la humanidad ha creído siempre y en toda circunstancia —y prosigue creyendo— que existen determinados seres enigmáticos, con un cierto grado de inteligencia y con muy diferentes apariencias y actuaciones, que en ciertas circunstancias se manifiestan a los hombres.

Una prueba ocasional de la existencia (si bien solo sea temporal) de estas enigmáticas entidades, es el incontrovertible hecho de que en todas y cada una de las razas, en todas y cada una de las etnias, en todas y cada una de las temporadas, dentro de todas y cada una de las religiones y en todos y cada uno de los continentes, los hombres han acuñado siempre y en toda circunstancia una variadísima cantidad de nombres para designar las diferentes clases de entidades con las que sus sorprendidos ojos se hallaban en las espesuras de los bosques, en las revueltas de los caminos, en lo alto de algún arbusto, al lado de una fuente, en la mitad del mar o bien invadiendo la amedrentad de sus hogares.

Muchos idiomas de tribus primitivas carecen prácticamente por completo de nombres y verbos abstractos, mas sin salvedad, son ricos en términos para designar a los diferentes géneros de estas entidades con las que tienen más sencillez de encontrarse debido al primitivo sistema de vida y a los apartados lugares en los que de ordinario habitan.

Es sumamente extraño que todos y cada uno de los pueble por igual tengan tantas formas de designar algo que no existe. Estas entidades provenientes de otras dimensiones o bien planos de existencia pertenecen asimismo a otras escalas galácticas diferentes de la humana; o sea su evolución y ascensión cara mayores grados de inteligencia se hace por caminos diferentes, si bien en cierta forma paralelos a los de los hombres. Y esta es probablemente la razón de por qué razón en ciertas ocasiones hay una cierta tangencia de sus vidas con nuestro planeta y de las nuestras con el suyo.

Los recuentos y las visiones de Mme. Blavatski pueden realmente bien ser —entre muchas otras— un caso de esto último. Podríamos atestar muchas páginas sobre la existencia de estos enigmáticos seres, mas esto nos llevaría lejísimos. Solamente deseamos dejar en la psique del lector la idea de que todo este tema es considerablemente más profundo de lo que la gente piensa, y como es lógico, considerablemente más real de lo que la ciencia cree.

(Tengo en mi poder grabaciones hechas por mí en el sudeste de la República Mexicana —en donde abundan enormemente este género de entidades a las que allá se les acostumbra a llamar «chaneques» y «aluches»— en las que tímidas pequeñas campesinas me relatan con toda ingenuidad, de qué manera podían ver todas y cada una de las noches a seres de no más de un palmo de altura, divertirse enormemente en el pilón ubicado en la parte posterior del solar de su casa.

Su gran diversión consistía en jugar y hacer estruendos con la vajilla de la casa que allá estaba para ser lavada por una de las pequeñas. Las criaturas aparecían y desaparecían por la atarjea por donde se sumían las aguas del pilón. Y debo confesarle al lector que en alguna ocasión mi vida estuvo en riesgo debido a otras investigaciones y excursiones que hice en esta zona, con la pretensión de observar de cerca a estos resbaladizos personajes).


¿Superiores en sus valores morales?


Volvamos a nuestros Dioses. Cuando en páginas precedentes afirmábamos que eran unos seres que estaban (en su escala evolutiva) en escalones superiores o bien más elevados que los que los hombres ocupamos en nuestra escala, no deseábamos decir exactamente que sean totalmente superiores en todo a nosotros. Sin duda lo son en ciertas manifestaciones de inteligencia y de fuerza o bien de poder; mas los valores en los seres vivos son muchos y muy diferentes, además de que muy seguramente cambian mucho de una escala galáctica a otra, habiendo valores que solo existen o bien solo son aplicables en una determinada escala, siendo completamente ignotos y hasta totalmente ininteligibles en otras.

Para entender esto mejor, podemos fijarnos en algo que tenemos continuamente delante de nosotros. Muchos de nuestros valores morales, a los que muchas veces les atribuimos una absoluta universalidad, no la tienen, y en verdad mismos nos ocupamos de no aplicarlos en nuestras relaciones con los animales.

Esos valores o bien reglas morales tienen solo valía a nivel humano y no tenemos inconveniente alguno en prescindir de ellos cuando se trata de criaturas o bien seres que no están a nuestro nivel. Cuando nace un becerro lo capamos, lo ponemos a tirar toda la vida de un arado y después en premio lo matamos y nos lo comemos.Todas y cada una estas acciones serían terribles si se las hiciéramos a un ser humano; mas las vemos como algo absolutamente natural pues se trata de un animal.

El hecho de que «se trata de un animal» nos aquieta por completo en lo que se refiere a algún remordimiento que pudiéramos tener. Y eso que se trata de un ser cuya vida es tan semejante a la nuestra, aun en los «sentimientos» que la vaca madre prueba tener cara su recién nacido.

(No obstante, hay que apreciar que no todas y cada una de las religiones son tan desaprensivas cara la vida no humana como lo es la religión cristiana. En ciertas de ellas —como por servirnos de un ejemplo en el jainismo de la India— el respeto cara todo cuanto vive es uno de los mandamientos esenciales).

Si meridianamente no aplicamos ciertos de nuestros principios morales y jurídicos a aquellos seres que no son de nuestro rango humano, no deberemos extrañarnos de que otros seres no humanos, y que además aparentan ser más fuertes y más avanzados que , no apliquen en su trato con nosotros algunos principios que muy seguramente utilizan entre ellos.

Y no valdrá decir que entre nosotros y los animales hay una diferencia esencial que no existe entre estos seres «superiores» y nosotros; o sea los animales no pertenecen al planeta de los seres inteligentes al paso que sí. Ya afirmamos ya antes que los animales, si no tienen una inteligencia igual que la nuestra, tienen, por su lado, algún género de inteligencia con la que habitualmente hacen cosas que no podemos hacer, si bien lo procuremos. Y realmente bien puede que en algunos casos sea mayor la diferencia que hay entre nuestra inteligencia y la de los Dioses que entre la nuestra y la de los animales.

Y por otra parte, vemos que la fiereza y el valor con que una hembra animal defiende a sus crías, es en todo semejante a la que puede enseñar en ciertos instantes una mujer, demostrándonos con esto que sus sentimientos cara su progenie se semejan mucho a los nuestros. Y pese a ello no tenemos ningún inconveniente en separar a la cría de su madre, y incluso matarla si nos es conveniente.

Todo esto ha sido traído a colación a propósito de nuestra aseveración en páginas precedentes, de que los Dioses eran «superiores» a nosotros. Naturalmente el que conozca bien la forma de actuar de los Dioses, se quedaría sorprendido dada esta aseveración de su superioridad, en tanto que como vamos a ver enseguida, los Dioses, en muchas ocasiones —por no decir en todas— no se portan nada bien con nosotros y hasta se puede decir que cometen tremendas injusticias.

La palabra «superior», por ende, no hay que comprenderla de una forma absoluta sino más bien de una forma relativa. Superiores en conocimientos, en poderes físicos y sicológicos, etcétera, mas no exactamente en bondad o bien en otros valores morales actuales entre los hombres. Sin duda tienen asimismo patrones y criterios de bondad y maldad, de belleza y fealdad, etcétera, mas no son exactamente iguales a los que rigen entre nosotros.

Y además de esto, probablemente que asimismo entre ellos hay quienes se ajustan a semejantes principios y quienes no se ajustan y los violan, demostrándonos con esto que no son tan totalmente «superiores» a nosotros como a primer aspecto pudiese parecer, y que esencialmente son, como , unas criaturas en evolución y consecuentemente lejísimos de haber conseguido la absoluta perfección.


Resumen de sus cualidades


Ya antes de entrar en el tema de cuáles pueden ser estas leyes de la evolución que nos fuerzan tanto a los Dioses como a los humanos, y que tanto como podemos cumplir o bien violar, resumamos las cualidades y defectos más esenciales de estas resbaladizas criaturas que desde los más recónditos tiempos dan la impresión de estar jugando al escondite con la humanidad:

  • Son inteligentes, a juzgar por muchas de sus actuaciones; esto es, se dan cuenta del planeta que los rodea y reaccionan a él de conformidad con las distintas circunstancias. No obstante muchas veces no reaccionan como reaccionaríamos, diciéndonos con esto que su inteligencia ha de ser en algún aspecto diferente a la nuestra. Nos percatamos de que la pura palabra «inteligencia» encierra en sí un planeta de aspectos, variaciones y posibles explicaciones que hacen aún más bastante difícil el calibrar hasta qué punto la inteligencia de los Dioses es semejante a la nuestra y hasta qué punto son «inteligentes».
  • Si tenemos que juzgar por nuestros patrones, muchas veces la inteligencia de estos seres aparenta ser considerablemente más avanzada que la nuestra. Sin ir más allá, los aparatos en que en ocasiones se dejan ver, efectúan unas maniobras y tienen unos sistemas de propulsión, que superan completamente los que nuestra más avanzada técnica ha conseguido.
  • Conocen y emplean mucho mejor que las leyes de la naturaleza; no solo las que conocemos, sino más bien otras que ignoramos, y de ahí que sus acciones en ocasiones nos semejan milagros y en la antigüedad eran como es lógico atribuidas a «losDioses».
  • Entre las leyes físicas que conocen están ciertas que los capacitan para hacerse perceptibles o bien invisibles a nuestros ojos y, más por norma general, perceptibles o bien inapreciables a nuestros sentidos y incluso a los aparatos con los que fortalecemos nuestros sentidos.
  • Son enormemente psíquicos, teniendo una enorme sencillez para interferir en los procesos fisiológicos y eléctricos de nuestro cerebro, consiguiendo de este modo distorsionar a su voluntad nuestras ideas y sentimientos.
  • No están aprisionados en la materia como o bien más particularmente, en una materia como la nuestra; en ellos lo psíquico y lo espiritual (que no hay que confundir con lo «moralmente bueno») tiene una enorme primacía sobre lo material que asimismo forma su ser.

Acerca de su origen es una infantilidad humana el ponerse a decir que «son de aquí» o bien «son de allá»; no son de ningún lugar y son de todas y cada una partes.La primera cosa que deberíamos hacer es una enorme distinción entre ellos mismos, puesto que entre ellos existen muchas más distinciones de las que podemos localizar entre los humanos.

Algunos parece que desarrollan sus actividades de forma permanente en nuestro planeta y hasta el momento en que no salen jamás de él, considerando a este como su planeta y considerándose como los primordiales habitantes de él, como lo hacemos los hombres. (Con la una gran diferencia de que saben de nuestra existencia y no sabemos de la de ellos).

Otros semeja que tienen sencillez para moverse por el espacio exterior y no sería extraño que desarrollaran asimismo sus enigmáticas actividades en otros planetas o bien lugares del Universo. Sobre esto es realmente difícil saber nada con certidumbre, si bien ya vamos estando seguros de que las informaciones que en este sentido han mismo proporcionado muchas veces a distintos mortales, no son nada de fiar.

Más adelante vamos a ver por qué razón engañan o bien por qué razón no comprendemos lo que nos afirman.


Como apunté en el parágrafo precedente, hay enormes diferencias entre ellos en todos y cada uno de los aspectos: en lo que se refiere a su posible origen, en lo que se refiere a sus poderes o bien capacidades, en lo que se refiere a su «bondad» o bien «maldad» en relación a nosotros, etcétera, etcétera Creo que podemos llegar a la conclusión de que, como entre los hombres, hay entre ellos grandes enemistades y asimismo conjuntos afines.

Algo que va a poder confirmar lo que decimos, fue el acontencimiento ocurrido en mil novecientos setenta y ocho a las afueras de la ciudad de Bogotá y del que fueron testigos los miembros de una familia que retornaban a la capital. Conforme la persona que me contó los hechos, 2 ovnis estuvieron enfrascados en una fiero batalla contra un tercero a lo largo de unos 5 minutos. Los 2 atacantes perseguían al otro a una velocidad mareante, dando unos inverosímiles quiebros en el aire, de igual manera que 2 moscas se persiguen, haciendo unas maniobras absolutamente imposibles para nuestros aparatos más modernos. Además de esto se veía meridianamente que de los 2 aparatos salían una suerte de balas lumínicas cara el otro objeto volador no identificado, muy similares a las que vemos en los juegos electrónicos el día de hoy tan en rema. (No obstante es imposible que todo el acontencimiento no haya sido más que un espectáculo de puro teatro para hacernos pensar que estaban Peleando).


Mas esta «bondad» o bien «maldad» y esta aparente enemistad o bien cariño que con cierta frecuencia ciertos de ellos prueban cara los hombres, es muy seguramente algo absolutamente relativo, pudiendo cambiar conforme a muy distintas circunstancias. (Un humano puede asimismo ser bueno con unas personas y malo con otras, y puede ser bueno con una persona por la mañana y ser malo con exactamente la misma persona por la tarde).

Aparentemente hay entre «su mundo» y nuestro planeta, o bien dicho de otro modo, entre su dimensión y nuestra dimensión, o bien entre su nivel de existencia y el nuestro, ciertas diferencias y cierta barreras de tipo físico que si bien consiguen salvar, no obstante no les dejan estar en nuestro medio y desarrollar sus actividades con sencillez o bien con la naturalidad con que lo haría un humano, siendo esto asimismo causa de que muy frecuentemente su actuar sea extraño y también ininteligible para nosotros.


Una de estas barreras es nuestro tiempo, al que semeja les resulta bastante difícil acomodarse, y hasta entender. A veces cuando han debido acomodarse rigurosamente a nuestro horario, su puntualidad o bien su conducta han sido absolutamente errantes.


No son inmortales (si bien los helenos y romanos agradaban de llamarles de esta forma) en el sentido que acostumbramos a darle a esta palabra. Juzgando por nuestros patrones de tiempo, semeja que su permanencia en su nivel de existencia es considerablemente más extensa que la nuestra en esta etapa terráquea. Mas semeja que llegado un instante, «mueren» o bien abandonan el estado de «Dioses» por más que en él hayan continuado. Esto es probablemente debido a una ley general del universo de la que vamos a hablar más adelante.


Ciertos de ellos, tienden a elegir individuos humanos para resguardarlos y asistirlos de muy distintas formas o bien asimismo para cebarse en ellos haciéndoles la vida imposible, no parando muy frecuentemente hasta el momento en que los aniquilan. Del mismo modo, conjuntos de ellos —comandados por un jefe— acostumbran a elegir a conjuntos de humanos (tribus, razas, naciones) «protegiéndolos» de muchas maneras; si bien esa protección, como más adelante vamos a ver, se nos haga muy sospechosa; pues más que protección se trata de un empleo que hacen del humano.

A veces un mejor empleo, acarrea una real protección o bien ayuda, al tiempo que en otras ocasiones solo destrozando o bien perjudicando al individuo o bien pueblo se puede lograr lo que de él se quiere, y en un caso así no tienen inconveniente en hacerlo. Actúan precisamente igual que nosotros con los animales: sea que los asistamos o bien que los destrocemos, es siempre y en toda circunstancia para emplearlos en una o bien otra forma. (El que tiene un cánido en su casa, no lo tiene principalmente por amor al can, sino más bien por amor a sí mismo; por el hecho de que le agrada a él o bien a alguien de su familia, tener un can).


Hasta acá ciertas cualidades que echamos de ver en los Dioses. Sin duda su personalidad y su íntimo psiquismo debe tener otros muchos aspectos y profundidades que escapan por completo a nuestra mirada y que son absolutamente incomprensibles por nuestra psique.

Lo mismo que las profundidades del ánima humana escapan por completo a la tosca inteligencia de los animales, por mucho que estos sean capaces en ciertas circunstancias de entender nuestros deseos e incluso de adivinarlos.


Leyes del Cosmos


Veamos ahora ciertas leyes generales del Universo a las que tanto como los Dioses —y como es natural las criaturas inferiores a nosotros— estamos sometidos:

Hay un perpetuo movimiento y cambio; nada en el Universo está quieto.En el pedrusco «muerto» y supuestamente inerte, todo está en movimiento; un movimiento mareante de trillones de partículas con un orden asombroso. Y lo mismo que el electrón se mueve infatigable en torno a su núcleo en la supone de la piedra, y que las galaxias desinhiben en los abismos siderales sus espirales como ingentes cabelleras, las ideas y los «sentimientos» del reino del espíritu asimismo cambian sin cesar, con un movimiento que no precisa espacio ni tiempo.

 

En el Universo todo se renueva continuamente.


Este movimiento, considerado en conjunto, tiene una tendencia ascendiente, si bien no exactamente en un sentido geográfico o bien geométrico. Es una tendencia de lo que infantilmente llamamos material, cara lo que, asimismo infantilmente, llamamos espiritual; de lo menos inteligente cara lo más inteligente; de lo pequeño, imperfecto y enclenque, en grande, perfecto y fuerte.

Cuando el ser ha llegado en su evolución a la etapa consciente o bien inteligente, semeja que esta ascensión debe ser voluntaria, y el no hacerla, supone algún retraso o bien quizá conlleve alguna clase de sanción.


Este movimiento, no es siempre y en toda circunstancia uniforme o bien de una ascensión incesante, sino más bien semeja efectuarse —por lo menos en muchas ocasiones— en escalas, por etapas o bien por impulsos, considerado desde otro punto de vista, podría decirse que es un movimiento ondulante o bien en espiral, en el que a periodos de máximo avance se prosiguen periodos de calma e incluso de aparente retroceso.

Esta podría ser la explicación de la muerte de todo lo que vive. Considerada por el individuo desde en la etapa vital que esté viviendo, la muerte le semeja algo malo; mas considerada desde fuera, la muerte no es más que el fin de una etapa en la existencia de ese individuo, y el paso a una etapa superior (en el caso de que ese individuo haya cumplido con la ley enunciada previamente de ascensión o bien evolución). Considerada en el conjunto de todo el Universo, la muerte es solo un síntoma del incesante palpitar de la vida en todo el Cosmos.


Afirmemos al fin, que entre las distintas escalas y entre las diferentes etapas de una misma escala, hay unas fronteras bien definidas. Generalmente semeja que hay una prohibición de infringir esas fronteras, sobre todo entre criaturas pertenecientes a escalas diferentes. Entre las criaturas pertenecientes a niveles o bien escalones diferentes (mas en una misma escala), semeja que esa prohibición se restringe solo a determinados actos de destrucción abuso irracional.


Esta prohibición de infringir fronteras, podría ser la causa de lo mal visto que es en prácticamente todas las religiones y en escuelas de pensamiento que no se consideran religiones (como son el espiritismo y la teosofía), el suicidio, en tanto que este es una salida violenta y antinatural de la etapa que en ese instante de la existencia le ha sido asignada a uno por la inteligencia que rige el orden del Cosmos.


A fin de que el lector vea que estas ideas no son tan extrañas ni totalmente extrañas a otros estudiosos del «más allá», le aportaré el testimonio de un autor —John Baines— al que después volveré a refererir, puesto que, tras escrito mi libro, me he encontrado con que el suyo, titulado «Los hechiceros hablan» —2a. parte— tiene unas ideas totalmente paralelas a las mías, si bien haya llegado a exactamente las mismas conclusiones partiendo de puntos absolutamente diferentes:

Más tarde volveremos a toparnos con estos inquietantes Arcontes, señores del enigmático planeta que nos describe John Baines, y vamos a ver que no disienten prácticamente nada de nuestros Dioses.

granja humana, o sea... tu ;-)


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