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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (5/9) de Salvador Freixedo

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 salvador freixedo

Por qué razón y para qué exactamente se manifiestan

Si debiésemos resumir muy escuetamente la contestación a estas preguntas, afirmaríamos que se manifiestan esencialmente por necesidad —una necesidad bastante relativa— y por puro placer.

Sin embargo estas 2 simples palabras deberán ser expuestas y analizadas muy detalladamente, a fin de que no sean entendidas de una forma errónea; y este va a ser el propósito de todo este capítulo, que asimismo podría titularse «Qué procuran los Dioses en nuestro mundo».

Nos va a ayudar mucho en todo este análisis, la reflexión sobre los motivos que los humanos tenemos para interferir en la vida de los animales. Debemos ir metiéndonos en la cabeza que la relación entre nosotros y los Dioses, tiene muchos paralelos con nuestra relación con todo el planeta animal.


Por necesidad


Esencialmente, los hombres nos inmiscuimos en la vida de los animales animados por exactamente los mismos motivos que acabo de indicar, por necesidad y por placer.

En nuestro caso la necesidad que de ellos tenemos es considerablemente más apremiante que la que los Dioses tienen de nosotros. En la actualidad, pese a que nos hemos liberado enormemente de esta necesidad de los animales, (especialmente si nos equiparamos con nuestros recónditos ancestros y incluso de nuestro inmediatos predecesores para quienes la tracción animal, las pieles las lanas, etcétera, etcétera, eran cosas sin las que la vida se les hubiese hecho considerablemente más bastante difícil, puesto que no habían conseguido aún adelantos que el día de hoy tenemos en lo que se refiere a maquinaria y sintéticos) no obstante aún tenemos una gran dependencia de ellos sobre todo a nivel alimenticio.

Es una triste y atroz verdad, que hasta la humanidad más avanzada, depende aún hoy en día de una forma radical de los animales. Simplemente precisamos comérnoslos de manera directa o bien extraer de ellos grasas, hidratos de carbono y proteínas para poder sobrevivir, por el hecho de que aún no hemos sido capaces de crear sustitutivos sintéticos en cantidad y calidad, ni de desarrollar una agricultura que nos provea de todos estos compuestos alimentarios que precisamos.

La necesidad que los Dioses tienen de nosotros es considerablemente más relativa y menos urgente o bien apremiante que la que tenemos de los animales. Muy seguramente pueden sobrevivir — al menos en su medioambiente natural— sin precisar recurrir a nosotros para nada. Y digo en su medioambiente natural, por el hecho de que realmente bien puede ocurrir que el ahínco de llegar hasta nuestro medioambiente o bien de sostenerse en él, produzca en ellos cierto género de necesidades excepcionales que les haga concretar de algo que hay en nuestro planeta y que no han podido traer consigo desde sus lugares o bien dimensiones de origen.

Y acá volveré a reiterar que ciertos de ellos no necesariamente deben venir de otro sitio del Cosmos y realmente bien pueden radicar acá, en nuestro planeta, mas en otra dimensión o bien nivel de existencia; lo que, para nuestros sentidos, sería como no radicar en ningún plano de los que conocemos y habitamos. No obstante, incluso no viniendo de ningún otro sitio del Cosmos y incluso siendo de nuestro planeta, este saltar de su dimensión o bien nivel al nuestro, podría crear en ellos alguna necesidad que deberían sustituir con algo que les proveyésemos.

Pero pese a esto, creo que la necesidad que pueden tener con relación a nosotros, es más sicológica o bien espiritual que material, formando al tiempo para ellos un placer el ocupar esta necesidad.

Como seres inteligentes que son, tienen exactamente la misma necesidad que tenemos de saber y de conocer poco a poco más. Lo mismo que un zoólogo se pasa horas y horas observando el comportamiento de cierto animal, solamente por saber o bien por conocer sus hábitos de conducta, y sin interés comercial sobre él. Es el saber por saber; por el hecho de que el conocimiento es el comestible natural de la inteligencia. Es de forma perfecta natural que estos seres, cuando hayan descubierto nuestra existencia, sientan una emergencia por conocer nuestra forma de actuar y aún más, nuestra forma de meditar y todos y cada uno de los sentimientos superiores de qué es capaz nuestra ánima.

Y no sería nada extraño que muy frecuentemente provocasen determinadas situaciones para observar nuestras reacciones a ellas y muy probablemente para aprender algo de ello.

¿No tenemos textos de Historia Natural en los que catalogamos las cualidades y peculiaridades de todos y cada uno de los seres vivientes que nos rodean y todo ello solo por el anhelo de saber?

¿No semeja muy lógico que haya seres superiores a nosotros que estén haciendo poco aproximadamente lo mismo, estando tan extraños a ellos, como los están las hormigas de las prolongadas observaciones que el entomólogo hace sobre sus idas y venidas en el hormiguero?


Por placer


Entremos ahora en la consideración del otro motivo de la manifestación de los Dioses en nuestras vidas: su placer.

Creo que este motivo y finalidad tiene considerablemente más relevancia, cuando menos por nuestra parte, debido a las consecuencias que esto tiene y ha tenido en las vidas de todos y cada uno de los hombres que han pasado por este planeta.

Y fíjese el lector que digo su placer y no nuestro placer, como inocentemente prosiguen creyendo aún tantos apasionados al fenómeno objeto volador no identificado. Y como, más inocentemente aún, prosiguen creyendo todos y cada uno de los líderes religiosos, que prosiguen tragándose la enorme patraña de que «ellos» —el Dios de cada religión— vienen al planeta para nuestro bien («se encarna para nuestra salvación») o bien como desee que se enuncie en todos y cada una de las varias «revelaciones» con que nos han engañado por siglos. Tanto los Dioses de los fieles, como los ovnis de los platilleros, lejos de ser antídoto para nuestros inconvenientes, son un inconveniente más; son el más arduo problema que la humanidad tiene planteado en lo que se refiere a su evolución social y personal.

Volvamos a meditar sobre nuestra conducta con relación a los animales.

Absolutamente nadie puede negar que los animales, aparte d vestirnos y alimentarnos, hayan sido siempre y en toda circunstancia una fuente de diversión de placer para nosotros. Las riñas de gallos, las corridas de toros, las carreras de galgos y de caballos (y en cuestión de carreras creo que, por pasatiempo, no hay clase de animal al que no hayamos puesto a correr) el tiro de pichón, la halconería y todas y cada una de las infinitas modalidades cinegéticas, son ejemplos que prueban sin duda que el hombre ha utilizado siempre y en todo momento a los animales para divertirse.

Y tenemos que darse cuenta de que, incluso en los casos violentos —como son las corridas de toros o bien los safaris africanos, pasando por una vulgar cacería de conejos— el hombre practica; estos «deportes» sin tener ni pizca de odio cara los animales, por mucho que los destripe con sus rifles y sus perdigonadas. Es por puro placer ególatra. Y como antes afirmamos, no siente por estos actos, remordimiento alguno, puesto que comprende que el simple hecho de ser hombre le da derecho a utilizar los animales como le parezca.

Si estos seres que se nos manifiestan en apariciones y en automóviles siderales, tienen exactamente la misma filosofía que , entonces saldremos muy mal parados; el simple hecho de ser «Dioses», esto es, una suerte de superhombres (del mismo modo que no somos más que unos superanimales), les va a dar derecho a emplear a los hombres como les dé la gana, privándolos aun de la vida, si esto es conveniente a sus necesidades o bien a sus gustos. Y naturalmente, sin que ello signifique que nos detestan o bien que tienen nada contra nosotros. Sencillamente por pertenecer a otro escalón superior en una de las múltiples escalas galácticas de las que charlamos en otro capítulo.

Lector, prepárate a escuchar una muy desapacible noticia: esto es nada más y nada menos, lo que ha estado sucediendo desde el momento en que el primer hombre apareció sobre la superficie del planeta. Y de paso —y a forma de paréntesis— permíteme decirte que cuando el primer hombre apareció en la superficie del planeta, ya estos enigmáticos y superinteligentes individuos andaban por acá.

En primer sitio, por el hecho de que probablemente este planeta es más de ellos que de nosotros, y seguidamente, pues muy seguramente el «Adán» o bien primer hombre de cada una de las razas, es una hechura — ¿un juego?—de estos «elohim» (que significa «señores») tal y como les llama la Sagrada Escritura.

Y si bien al charlar de «hechura» pueda parecer a primer aspecto que se rompe el paralelo {ya que los animales no han sido creados por el hombre), no obstante no se rompe, en tanto que no me refiero a una hechura total o bien «de la nada», sino más bien a una enorme manipulación de aquellas primeras criaturas inteligentes o bien semiinteligentes. Y absolutamente nadie negará que el hombre ha manipulado enormemente todas y cada una de las razas de animales haciendo desaparecer muchas de ellas, multiplicando desmesuradamente otras, e inclusive creando un sinnúmero de especies nuevas y de híbridos.

Al igual que sucedió en todo el reino animal, el primer superanimal llamado «homo sapiens» fue el fruto natural de una evolución programada por una Inteligencia superiorísima que se oculta no solo en el fondo del Universo, sino está diluidamente presente en todas las criaturas del cosmos, incluyendo la materia que llamamos fallecida.

Pero cuando el primer tosco «homo erectus» tuvo posibilidades de transformarse en un «homo sapiens», hicieron su aparición los Dioses. Ellos manipularon racialmente (genéticamente) aquella criatura (de exactamente la misma forma que hacemos con los animales) y con bastante probabilidad no se satisficieron con eso, sino, dado su grado de evolución intelectual, fueron capaces de programarlo, genéticamente de tal modo que durante las consecutivas generaciones fuera comportándose y evolucionando —o no evolucionando— de la forma que a ellos les convenía (y que no es exactamente la forma que más le es conveniente a la raza humana).

Más adelante vamos a ver particularmente cuáles fueron estas peculiaridades genéticas, raciales o bien temperamentales, fruto de esta manipulación de los Dioses en los primeros ejemplares de cada raza humana.

Si estas ideas, amigo lector, te semejan extrañas, prepárate, pues vas a hallarte con otras más extrañas aún conforme vayamos ahondando en el tema.


¿Qué placer?


¿Qué placer pueden sacar los Dioses del hombre, además de la satisfacción de conocer a otras criaturas inferiores del Cosmos?

Ciertamente, el placer que sacan de nosotros no es tan elemental y tosco como el que sacamos de los animales. Y ya antes de continuarse, deseo hacerle apreciar al lector que no debe meditar que somos algo esencial en la vida de los Dioses; pues nuestro natural egoísmo —nos han dicho y pedante que somos los señores de los animales y los reyes de la creación— nos lleva a pensar que somos unos personajes centrales en este planeta; y que si bien ahora resulte que hay otros por encima de nosotros, estos han de estar atentísimos a lo que hacemos, por el hecho de que al fin y al postre somos los que dominamos la superficie de la Tierra; y conforme las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles —que es el nombre bíblico de los Dioses— están muy pendientes de lo que los hombres hacen.

Pero las cosas no son como creemos (y paradójicamente, como después vamos a ver, son exactamente los mismos Dioses los que nos han inducido a tener esta falsa creencia de que somos los dueños del planeta). La realidad es totalmente diferente.

Los hombres con nuestras grandes carreteras, nuestros aeroplanos, nuestras urbes, etcétera, etcétera, no incordiamos a los Dioses pues no emplean nuestro ambiente físico. Utilizando un símil, viven en otro piso de este enorme condominio que es el planeta.

Millones de bacterias se puede decir que conviven con nosotros —literalmente millones dé viven dentro de nosotros— sin que sus vidas interfieran o bien incordien en absoluto a la nuestra.Su «nivel de existencia» es diferente al nuestro. Puesto que bien, a los Dioses les sucede algo parecido; mas su separación de nosotros es aún considerablemente más radical que la de las bacterias. Estas viven en nuestra dimensión y obedecen a prácticamente exactamente las mismas leyes físicas a las que estamos sujetos; en verdad, si nos lo planteamos, —usando un enorme microscopio o bien con otros medios— somos capaces de verlas y captarlas con nuestros sentidos.

En cambio estos seres, sin dejar de regirse por determinadas grandes leyes generales del Cosmos por las que asimismo nos regimos, caen bajo otras que no nos afectan a nosotros y que nos son absolutamente ignotas. Cada dimensión del Universo tiene sus leyes concretas que no aplican a otras dimensiones. Lo mismo que en una misma dimensión, existen muchas leyes que solo aplican a ciertos cuerpos o bien en ciertas circunstancias. El potente electroimán que es capaz de levantar un camión cargado con diez toneladas de morralla de hierro, no es capaz de levantar ni un milímetro un anillo de oro o bien de cobre.

La luna que es capaz de ocupar una bahía entera con millones de toneladas de agua de mar, no es capaz de conseguir que se derrame ni una gota en un vaso completamente lleno de agua. El Universo tiene muchas leyes considerablemente más extrañas y ignotas de lo que pensamos los hombres ordinarios y de lo que piensan los científicos que se piensan que ya todo lo inventable está inventado.

Resumamos estos parágrafos diciendo que los Dioses viven en su dimensión, inaccesibles por nuestros sentidos, sin que de ordinario nuestras vidas ni nuestras actividades les incordien y sin que nos consideren los personajes centrales del planeta, o bien alguien a quien hay que tener siempre y en todo momento en cuenta en el instante de tomar alguna gran resolución.

Los Dioses viven sus respectivas vidas absolutamente desentendidos de nosotros, lo mismo que vivimos nuestras vidas completamente desentendidos de la de los insectos. Salvo que estos insectos interfieran en nuestras vidas y nos incordien de alguna forma. Entonces, con plena naturalidad, los extraemos y proseguimos haciendo lo que hacíamos.

A pesar de la separación radical que existe entre los Dioses y , es realmente posible que ciertas de nuestras acciones trasciendan la barrera de nuestra dimensión y lleguen a ocasionarles algún género de molestia directa o bien indirecta (por servirnos de un ejemplo, si no nos ajustamos a las indicaciones que nos han dado); en un caso así actúan de conformidad con sus intereses, si bien deban hacerlo de una forma drástica; y creo que esto, tal y como después vamos a ver ha sucedido muchas veces durante la historia.

Volvamos a el interrogante que dejamos en el aire unos parágrafos más atrás: ¿qué placer pueden sacar los Dioses del hombre?

No nos emplean como comestible, ni como materia prima, ni para sus deportes tal y como empleamos a los animales, ¿de qué forma nos pueden emplear entonces?


Las ondas que emite el cerebro


Dejaremos en suspenso las aseveraciones nada seguras que se hacen entre estas preguntas, pues después volveremos sobre ellas; ahora vamos a fijarnos en algo que forma la medula dé este capítulo y incluso de este libro: en un placer concreto que los Dioses sacan de los hombres y que seguramente es la primordial causa de su interferencia en nuestras vidas y en toda nuestra historia.

El cerebro humano tiene una natural actividad psíquica; esta actividad psíquica, pese a que vulgarmente es considerada como algo homónimo de «espiritual», no obstante, en último caso, no es sino más bien una actividad eléctrica, lo que equivale a decir física, que consiste, tal y como ya afirmamos, en la emisión de ondas o bien radiaciones, mas de una frecuencia y longitud, y con unas peculiaridades peculiarísimas, que hace que semejantes radiaciones no puedan ser detectadas por los instrumentos normales que utilizan los físicos, y sí en cambio, por instrumentos biológicos, como los cerebros de otras personas o bien de otros seres vivientes.

Pues bien, los Dioses se interesan mucho por esta actividad psíquica del cerebro humano y particularmente por toda la actividad psico-física de los cerebros, cuando estos están sometidos a determinadas excitaciones. Los Dioses sí están capacitados para captar las ondas que en ciertas circunstancias emite el cerebro. Por consiguiente, su primordial actividad entre nosotros —y esta es una de las más esenciales aseveraciones de este libro— consiste en favorecer estas circunstancias en las que el cerebro emite las ondas o bien radiaciones que a ellos les resultan de interés.

¿Y qué sacan los Dioses de estas ondas emitidas por el cerebro humano?

Para explicárnoslo de alguna forma, nos podemos preguntar qué sacamos los hombres de otro género de ondas similares, (si bien de una frecuencia enormemente inferior) como las ondas hercianas. Los animales, por no ser capaces de captarlas, no sacan nada de ellas y las ignoran por completo; mas el hombre en cambio, siendo capaz de descodificarlas, puede sacar un placer estético, un estado de placidez, adquirir nuevos conocimientos y todo aquello de lo que es capaz un programa de radio.

Volvamos ahora a el interrogante que hacíamos más arriba: ¿qué sacan los Dioses de esas determinadas ondas producidas por el cerebro humano?

La contestación debe ser genérica: sacan algo. No sabemos precisamente qué; mas sí hemos llegado a la conclusión de que sacan algo, a juzgar por lo atentos que han estado siempre y en toda circunstancia para lograrlas.

A lo que semeja —y en esto ya no estamos tan seguros— estas radiaciones provenientes del cerebro (y de otras fuentes, tal y como vamos a ver enseguida), son para ellos una suerte de droga: algo de esta forma para los hombres es el rasuré, el tabaco, el café o bien el licor; esto es, un placer que no es de ningún modo preciso ni indispensable, sino más bien un complemento agradable de nuestra nutrición.

Los ovnis actualmente, favorecen los estados de ánimo en que el hombre puede generar esas vibraciones, lo mismo que los Dioses lo favorecían en tiempos pasados.

Y esto no son puras deducciones sino es una cosa que brinca meridianamente a la vista cuando uno conoce a fondo la forma de actuar de los ovnis actualmente, y cuando se ha tomado el trabajo de leer los viejos historiadores para conocer qué era lo que los Dioses les imponían a helenos y romanos y a los pueblos de la Mesopotamia (lo mismo que a los pueblos de la América precolombina) con «ritos o bien liturgias religiosas». Pese a las distancias en tiempo y en el espacio, curiosamente nos hallamos con mismos hechos, propiciadores de idénticos estados de ánimo.

 

¿Cuáles son los estados de ánimo bajo los que el cerebro genera estas ondas?

Hablando genéricamente podemos decir que el cerebro humano las genera cuando es presa de alguna excitación; esta excitación puede proceder de la sofocación, de una enorme expectación, del odio violento y manifestado, de una explosión de alegría, sobre todo del dolor; del dolor ética, y más todavía, del dolor físico

De todos estos estados de ánimo, semeja que el que más energía genera, además de ser el más simple de lograr, y al tiempo del que se puede lograr de una forma más veloz —podríamos decir que prácticamente instantánea— es el de dolor. Es suficiente con darle un fuerte golpe a uno, a fin de que de forma automática el cerebro empiece a irradiar este género de ondas o bien de energía que tan apetecida es por los Dioses.

El lector va a deber tener esto bien presente para las consideraciones que después vamos a hacer con relación a esta circunstancia.

Al principio del capítulo afirmamos que los Dioses venían a nosotros y se nos manifestaban por 2 cosas, por necesidad y placer. En los parágrafos que prosiguen vamos a tratar de ahondar esta doble aseveración.

Si debiésemos mirar desde otro punto de vista cuáles pueden ser las razones que los impulsan a manifestársenos, podrían enunciarlas así: procuran en nosotros ciertas cosas de clase psíquica, inmaterial o bien invisible (las que terminamos de exponer en los parágrafos precedentes), y ciertas cosas materiales, perceptibles y específicas de las que extraen algo.

Estas cosas materiales son las que ahora deseo exponerle al lector.


Sangre y vísceras


Nuevamente nos hallamos con un paralelo sorprendente, mismo tiempo que completamente incomprensible desde la perspectiva de la lógica. Más que de un paralelo podríamos charlar de una absoluta identidad de hechos. Y ya antes de continuarse, deseo confesarle al lector que lo que le diré es algo tan inopinado, tan chocante y tan increíble, que en un primer instante, engendra en la psique del que lo conoce por vez primera, un rechazo absoluto, y una duda sobre la cordura de quien se atreve a exponer semejante cosa.

Lo que los Dioses han pedido siempre y en toda circunstancia en la antigüedad y prosiguen pidiendo el día de hoy, es nada más y nada menos que sangre; sangre tanto de animales como de humanos. ¿Por qué razón? No lo sé con precisión. ¿Extraen ellos de la sangre algún producto que les sirva para algo? Tampoco lo sé; si bien por fin del capítulo le comunicaré al lector mis sospechas.

Lo único que sé con precisión, y que sabemos realmente bien todos y cada uno de los que nos dedicamos a investigar en el planeta de la ovnilogía y de la paranormalogía, es que la sangre y ciertas vísceras, son el común denominador entre los Dioses de la antigüedad, —incluido el Dios de la Biblia— y los ovnis de nuestros días.

Aunque ya traté este tema en mi libro «Israel Pueblo-Contacto», deseo ahondar acá en él, pues es una enorme clave para desentrañar todo este misterio.

Los eternos dubitantes que continuamente piden pruebas específicas sobre todos estos hechos enigmáticos, cuando uno se las da, —como en un caso así de la sangre— las hallan tan extrañas, y tan demasiado específicas, que de ordinario en lugar de valer para quitarles la duda se la incrementan.

Pero el hecho está ahí, atestiguado no solo por todos y cada uno de los libros de los historiadores viejos, sino más bien por «el libro» por antonomasia, —la Biblia— en donde vemos a Yahvé, página tras página, explicarle a Moisés qué era lo que deseaba que se hiciera con la sangre y con las vísceras de los animales sacrificados.

Nos imaginamos el pasmo de Moisés cuando tras haberle preguntado a Yahvé de qué manera deseaba ser venerado, oyó que este le respondió dándole una serie de pormenores y de órdenes meticulosas de de qué forma debía decapitar a los diferentes animales, qué debería hacer con las distintas vísceras, y sobre todo de qué manera debía manipular la sangre.

Moisés, que probablemente conocía realmente bien de qué manera eran los sacrificios que los egipcios y los pueblos mesopotámicos hacían continuamente a sus respectivos Dioses, debió que darse de una pieza, viendo que su «ÚnicoDios» le solicitaba precisamente lo mismo que los otros «falsos» Dioses solicitaban. Y solo por el hecho de que demandase que le entregaran «cosas» (en lugar de preferir el diálogo directo y unos ritos de una simbología espiritual y lógica) sino más bien por el hecho de que esas «cosas» que demandaba, eran las mismas que los otros Dioses solicitaban y con el agudizar de que eran unas cosas extrañas y en nada relacionadas con la veneración o bien con el perdón de los pecados.

Porque si lo miramos con una psique sin prejuicios, ¿qué debe ver la muerte de un cabrito y diseccionar de sus vísceras de semejante o bien como modo, o bien el verter su sangre en ciertos lugares, con la demostración del amor a Dios y de la obediencia a sus ordenes? ¿Qué debe ver decapitar una vaca, con el honesto arrepentimiento y con el reconocimiento de los propios defectos? 

La ciencia oficial —la arqueología— que debe ver con el tema que tratamos, se resiste a aceptar nuestros puntos de vista; no obstante llega, por su lado, a exactamente las mismas conclusiones y hasta muestra su extrañeza de que las cosas sean de esta forma.Cito al autor alemán Wilhelm Ziehr: «De este modo se explica la ofrenda de víctimas: los Dioses no aprecian el agradecimiento en la oración o bien en el cambio ética de vida, o bien en la aceptación de ciertos mandamientos, sino más bien solo en el sacrificio; y el supremo sacrificio que puede ofrendarse, es la sangre de los hombres» («La magia de pasados imperios»).

Y si proseguimos utilizando la cabeza, vamos a tener derecho a meditar que es totalmente natural el abrasar madera, mas es total psique antinatural el abrasar la carne. La carne cuando se quema por completo (como se hacía en los holocaustos), empapa el entorno de grasa y genera un penetrante fragancia nada agradable

Para que el lector, con ojos desapasionados pueda ver por mismo lo que le decimos, y de paso, para recordarle textos que leyó en sus años de escolar sin caer realmente bien en la cuenta de lo que leía (o bien que muy seguramente no ha leído en su vida), copiaremos acá múltiples pasajes del Pentateuco en los que Yahvé instruye a Moisés sobre de qué forma ha de ser adorado:

Y de esta forma prosigue explicando detalladamente durante los episodios siguientes, qué los sacerdotes deben hacer con las vísceras en el caso de que, en lugar de ser vacas, toros o bien novillos, fueran cabras, corderos o bien aves; y conforme a los diferentes pecados por los que se ofrecen los sacrificios:

Aun con riesgo de abusar de la paciencia del lector mas por pensar que tiene mucha relevancia, citaré otro texto que resume, en cierta forma, todas y cada una de las detalladas órdenes que Yahvé le transmitió a Moisés sobre de qué manera deseaba ser venerado.

Durante los episodios cuatro, cinco, seis, siete y ocho del libro del Levítico, seguía Yahvé instruyendo detalladamente a Moisés; hete aquí de qué manera las Sagradas Escrituras describe los primeros sacrificios ofrecidos por Ai y sus hijos tras haber terminado de percibir todas y cada una instrucciones:

Este «balanceo» o bien mecimiento al instante de ofrecer la victima (ordenad taxativamente por Yahvé en diferentes ocasiones), además de su extrañez jamás bien explicada por los exegetas bíblicos ni por el propio Yahvé, es algo en lo que el creador halla un detalle más de sospechosa coincidencia entre la forma de actuar los Dioses de la antigüedad y los enigmáticos visitantes del espacio de lo tiempos modernos, cuyas naves tienen a menudo un balanceo tan característico; además de que, en apariciones religiosas contemporáneas, asimismo hemos podido observar este extraño balanceo, para el que los modernos teólogos tienen aún menos explicaciones.

Perdóneme el lector unas citas tan largas —que podían haber sido considerablemente más largas todavía— mas es que deseaba que cayera en la cuenta de que la sangre y las vísceras eran para Yahvé como una idea fija y obsesiva6. Mas lo grave es que Baal, Moloc, Dagón, etcétera, les solicitaban precisamente lo mismo a los pueblos mesopotámicos; y Júpiter-Zeus les solicitaba exactamente los mismos sacrificios a helenos y romanos; y si brincamos a América nos hallamos con que Huitzilopochtli les solicitaba lo mismo a los aztecas y con el agravante de que este les demandaba que la sangre fuera humana a veces.

Es muy de admirar que mientras que en la Sagrada Escritura se habla solamente ciento sesenta veces del amor, se habla en cambio doscientos ochenta veces de la sangre.

La mayoría de las tribus negras en las que no ha penetrado el cristianismo o bien el islam, prosiguen aún en nuestros días ofertando sacrificios de sangre a sus Dioses; los ozugus del centro de África, en el día de la enorme solemnidad, se tumban en el suelo, mientras que el supremo hechicero-sacerdote los salpica en abudancia con la sangre de los animales sacrificados...

¿Qué hace el «DiosÚnico» demandando lo mismo que el resto Dioses? ¿Y por qué razón debe ser exactamente sangre y vísceras, algo tan bastante difícil de lograr para los pueblos pobres, tan sencillamente corruptible y hasta pestilente a las pocas horas, tan falto de relación con el amor y la obediencia que es lo que esencialmente se quiere simbolizar en los ritos?

Indudablemente uno está en su derecho a sospechar que algo extraño hay en torno a la sangre cuando tan universalmente la vemos relacionada con el fenómeno religioso.

El cristianismo, pese a haberse liberado de este lastre de los sacrificios cruentos de animales y pese a mostrarse considerablemente más racional en sus ritos, no obstante cuando uno ahonda poco en ellos, se halla nuevamente con la sangre, si bien en es caso sublimada: «la sangre del cordero», y el «vino transformado sangre del Hijo de Dios», son 2 símbolos esenciales en toda la ritualística cristiana.

Y si ahondamos más aún, vamos a ver que estos símbolos no son tan símbolos, en tanto que la sangre de Cristo en la cruz fue una sangre real y no simbólica; ¡sangre que le fe demandada nada menos que por su Padre! Mas no deberemos admirarnos mucho frente a un hecho tan monstruoso, en el momento en que nos enteramos que ese padre, conforme nos afirma la teología, no era otro queYahvé.

La cautelosa y selectiva manipulación de las vísceras que veíamos en los textos convocados previamente, es una cosa que asimismo debe hacernos meditar mucho, puesto que tiene grandes paralelos con otros hechos del mismo modo incomprensibles de los que no podemos tener duda alguna en tanto que suceden estos día delante de nuestros ojos.

Enseguida vamos a hablar de esto.

Hasta acá el lector está en su derecho a tener muchas dudas sobre lo que llevo dicho. No exactamente de que la sangre tuviera mucha relevancia en las religiones viejas, incluyendo la judeo cristiana, (los testimonios bíblicos son irrebatibles), sino más bien de que eso pueda ser presentado como una prueba de que a los Dioses aún les prosigue interesando el conseguir sangre humana o bien de animales en la actualidad.

Trataremos de quitarle esas dudas en los parágrafos siguientes.


Los ovnis y la sangre


Recordará que en páginas precedentes no solo relacionábamos el «fenómeno ovni» con lo que venimos llamando «losDioses», sino lo identificábamos totalmente: o sea, que los que el día de hoy se nos manifiestan en los enigmáticos ovnis son exactamente los mismos que en temporadas pasadas se manifestaban como Dioses a nuestros ancestros (en ocasiones a bordo asimismo de máquinas volantes, tal y como nos afirman muchas historias viejas), exigiéndoles veneración y sacrificios.

Pues bien, online con esta idea y también identificación, nos hallamos con otro hecho que no puede menos de llenarnos de pasmo, tras lo que hemos visto en parágrafos precedentes.

El hecho desnudo y también irrebatible es el siguiente: Los ovnis habitúan con determinada periodicidad, a llevarse determinadas vísceras y sobre todo grandes cantidades de sangre que extraen de animales —preferentemente vacas y toros— que anteriormente han sacrificado en granjas. Estas carnicerías, que siempre y en toda circunstancia suceden a lo largo de la noche, han ocurrido prácticamente en todas y cada una unas partes del planeta, y las autoridades de varios países, sobre aviso por los ganaderos perjudicados, han intervenido activamente para dar con el autor de las matanzas, sin que jamás hayan llegado a dar una explicación contundente.

El hecho de que relacionemos estas muertes con los ovnis no procede de deducciones o bien de la carencia de una explicación contundente por la parte de las autoridades, sino más bien por haber investigado personalmente varios hechos de esta clase y por haber oído los testimonios de testigos presenciales.

El lector que por vez primera oiga o bien lea sobre esta extraña cualidad de los ovnis, (que los hace en cierta forma semejantes al legendario Drácula), va a pensar de forma inmediata que se trata de una historia de leyenda más.

Dejando a un lado a Drácula (de cuyo aspecto legendario habría mucho que charlar) nos hallamos ante hechos para cuya investigación no hay que asistir a tradiciones orales o bien a viejos libros, sino más bien que solamente hay que hacer es tomarse el trabajo de leer algunos despachos que las modernas agencias de noticias publican en ocasiones en los diarios. Y el que, frente a un hecho tan extraño, desee persuadirse, debe hacer lo que hizo el creador, que cuando apareció la primera nueva en el diario sobre enigmáticas muertes de animales (que aparecían con extrañas heridas en el cuello y en la cabeza, y plenamente desangrados) salió de manera inmediata para aquella zona montañosa a investigar los hechos personalmente.

Y no solo fue capaz de escuchar testimonios, sino fue capaz de retratar vacas que habían sido fallecidas aquella noche por los ovnis, y que tenían las heridas peculiaridades de esta clase de muertes.

Las muertes y el desangramiento de animales por los ovnis un hecho absolutamente aceptado por todos y cada uno de los buenos estudiosos del fenómeno, y en los U.S.A., hasta llegó a publicar una pequeña gaceta titulada «Mutilations» dedicada exclusiva psique a clasificar todos estos fenómenos.

En dicha gaceta, limitaban prácticamente solamente a hechos ocurridos en los USA, mas es de más conocido que semejantes matanzas ocurren la actualidad en todos y cada uno de los continentes y de ciertas naciones como Francia, Brasil y Suráfrica, entre otras muchas, hay informes muy detallados, fruto de largas investigaciones.

Comprendo la extrañeza y hasta la duda que un hecho como este pueda generar en todos aquellos lectores que oyen por vez primera semejantes hechos. Mas en este como en casos semejantes, lo sabio no es cerrarse frente a la realidad negándola desinteresándose de ella; lo sabio es investigar a fondo sin temor y sin prejuicios y prestos a llegar hasta las últimas consecuencias. No hacerlo de esta forma, es exponerse a continuar en el fallo, por desgracia esto es lo que ha pasado a la humanidad y prosigue pasando en lo que se refiere a sus opiniones «sagradas» y cuando otras muchas opiniones que deben ver con la razón de ser con la explicación de la vida humana.

Al aceptar ciertas verdades como «inviolables» y como «absolutamente ciertas», nos cerramos de manera automática a la investigación de otras opciones que podrían explicar la vida y toda la realidad del Cosmos de una forma diferente a como lo explican esas «creencias sagradas» y esas «verdades inviolables». Ordinaria psique los que viven bien, merced a esas «creencias sagradas» (los líderes religiosos) o bien esas «verdades inviolables» (ciertos profesionales y científicos), son los que con mayor violencia se oponen a todas y cada una estas investigaciones y explicaciones nuevas, pues podrían dar al garete con sus situaciones de privilegio.

Y si las matanzas de animales no son aceptadas de buen grado, mucho menos es aceptado que los ovnis en ciertas ocasiones se atrevan a desangrar personas. Y no es aceptado por el hecho de que por norma general los hechos de esta clase son menos rebosantes en la actualidad y cuando se dan, acostumbran a ser efectuados de una forma muy prudente y en zonas alejadas, llegando difícilmente al conocimiento del gran público. Enseguida vamos a hablar sobre esto.

Permítaseme esta auto-cita sacada de un libro mío nuevo, titulado «60 casos de ovnis», que no ha podido ver la luz pública por culpa de la irresponsabilidad de un editor. El lector deberá tener en consideración que cuando escribí lo que ahora transcribiré, aún no había llegado a las claras conclusiones a que llegué múltiples años después, a resultas de mi intensa investigación del fenómeno objeto volador no identificado en su profundidad.

Para mí no hay duda que algún género de los llamados "extraterrestres" son la causa de los miles y miles de muertes y desapariciones de todo género de animales tanto familiares como salvajes. No sé por qué razón lo hacen, mas sí estoy convencido de que son los carniceros. Alguien va a preguntar que de qué forma puedo saber que los animales salvajes son fallecidos asimismo por los tripulantes de los ovnis, y tiene todo la razón para hacerlo.

Ciertamente el coyote fallecido que vi en un campo a las afueras de la urbe mexicana de Querétaro, no me lo afirmó, mas pude deducirlo por muchas razones.

Querétaro (unos doscientos quilómetros al nordoeste de la urbe de México) es una urbe en donde en tiempos pasados y asimismo en nuestros tiempos, han ocurrido cosas extrañas, aproximadamente relacionadas con los ovnis. Un día de mil novecientos setenta y cinco un joven de clase muy humilde me afirmó que un par de meses ya antes, al anochecer había visto pasar sobre su casa (en los límites de la urbe) un objeto volador no identificado a bajísima altura y muy despacio.

Excitado por la visión empezó a correr siguiendo la trayectoria del objeto volador no identificado que descendió en una profunda quebrada a las afueras de la urbe no lejos de su casa. Cuando llegó al filo de la quebrada vio un enorme objeto lenticular posado en tierra, que emitía una fabulosa luz blanca. Asustado frente a lo que veía se inclinó, entre unos arbustos, y desde su escondite pudo ver a múltiples "enanos" con una suerte de linternas en sus manos; las linternas emitían unos haces de luz finísimos y concentrados y los "enanos" se divertían mucho cortando con los haces de luz los tallos de diferentes plantas; cortaban una tras otra con gran entusiasmo.

Pasado un tiempo, mi amigo, que había continuado total psique inmóvil entre los arbustos, vio de qué forma la luz del objeto cambió de color y a los pocos momentos apreció que empezaba a elevarse muy despacio, balanceándose reiteradamente a unos 5 metros sobre el terreno, hasta el momento en que salió disparado cara el cielo; uno de estos balanceos, golpeó un enorme cactus y lo derruyó.

Cuando múltiples meses después fui con el joven al mismo lugar a fin de que me contara los hechos sobre el terreno, le afirmé que me señalase donde había sido derruido el cactus; fuimos allí y ciertamente allá estaba derruido y medio seco un enorme nopal. Pese al tiempo que había pasado, y sin complejidad alguna, pudimos ver en el medio de la quebrada las huellas redondeadas de más de un aterrizaje.

El joven me dio después en su casa, unas partes de piedras derretidas que había recogido entre las huellas del aterrizaje cuando todavía estaban calientes; las metió en un frasco, y al cabo de cierto tiempo, el interior del frasco se había cubierto con un polvo amarillento que parecía azufre.

Todas estas circunstancias son aproximadamente comunes en otros muchos descensos de ovnis; mas lo que resultó nuevo para mí, fue el coyote medio disecado que descubrí bastante cerca de uno de los aterrizajes. Lo que atrajo mi curiosidad fueron ciertas extrañas circunstancias que se podían estimar en los restos del animal. Lo más extraño de ello era que todo el cuerpo estaba retorcido como se retuerce un harapo para sacarle el agua; y pese a ello los huesos no estaban rotos.

También me llamó la atención que ni bajo el cuerpo del animal ni en los aledaños, se podía ver hormiga ni insecto alguno, cuando una buena parte de la carne del animal estaba todavía adherida a los huesos, si bien se había secado de una forma extraña, sin corromperse y sin desintegrarse tal y como es común en los animales que mueren en los campos.

Para confirmar mi sospecha sobre la causa de la muerte del coyote, mi amigo me afirmó que en la otra una parte del monte había un esqueleto de un tlacuache (especie de zarigüeya) que presentaba exactamente las mismas peculiaridades y que curiosamente, estaba asimismo muy cerca de las huellas de otro aterrizaje de objeto volador no identificado.

En cuanto a las muertes de animales familiares por los tripulantes de los ovnis, en los años mil novecientos setenta y cuatro y setenta y cinco, tuvimos en Puerto Rico muchos casos que fueron investigados por mí y por otras muchas personas interesadas en estos temas.

Durante el mes de septiembre de mil novecientos setenta y cuatro hubo en toda la isla, mas en especial en el oeste y en el sudoeste, una auténtica avalancha de avistamientos. Una mañana oí por la radio que en una pequeña granja habían aparecido fallecidos varios animales de una forma extrañísima. Si no recuerdo mal, eran 2 cerdos, 2 gansos, una o bien 2 novillas y múltiples cabras. Me monté en mi vehículo y fui allí de forma inmediata, y me hallé con que los animales tenían las heridas habituales, y además de esto algo que llenaba de pasmo a su tribulado dueño: no había trazas de sangre en ninguno de ellos pese a que las heridas que tenían eran profundas y pese a que los 2 gansos eran blancos como la nieve y cualquier herida de sangre se hubiera apreciado enseguida.

Durante los próximos días, los jornales prosiguieron notificando de más animales fallecidos en exactamente la misma zona, sin que se pudiera explicar las causas. Fui al campo en múltiples ocasiones para investigar los hechos y me hallé con que los dueños de granjas estaban intrigados por la muerte de sus animales como de las luces que de noche se veían en el cielo. Alguno de ellos me afirmó que a él se le parecían a las luces giratorias que los turismos patrulla de la policía llevan en la parte superior.

En uno de mis viajes pude ver en la distancia una vaca blanca y negra tendida en medio de un campo. Salí del vehículo y me dirigí hacia ella si bien la tarea de llegar hasta allí no fue nada simple. La vaca tenía las habituales heridas en el cuello y en la cabeza; le habían sacado la piel de un lado de la cabeza, tal y como si lo hubieran hecho con un escalpelo de precisión; le faltaba además de esto la entrada de uno de los agujeros de la nariz mas no había nada de desgarramiento. Pese a que una parte de la cabeza era blanca, no se veía una gota de sangre por ningún lugar.

El campesino que me acompañaba, no terminaba de explicarse qué podía haber dado muerte a aquella vaca. Me contó que aquella noche había oído a los perros ladrar furiosamente y una anciana ciega que vivía en los lindes de aquel campo, me afirmó que aquella noche el ganado — que ordinariamente se queda a dormir a la intemperie — no había dejado dormir pues estaba como alocado corriendo una parte para otra.

(Es de apreciar que por este tiempo sucedieron en Puerto Rico otros muchos extraños fenómenos como la aparición de extraños animales de importante tamaño, grandes explotes enigmáticas en el aire, apariciones de vírgenes y Santos en distintos pueblos imágenes religiosas que sangraban o bien lloraban, milagros en el santuario de Nuestra Señora, desaparición de personas de una forma muy enigmática, etcétera, etcétera Para mí todas y cada una estas cosas, si bien supuestamente no tienen nada que ver, están muy relacionadas y más todavía que relacionadas, se puede decir que proceden una misma causa).

Hasta acá la larga autocita del libro impublicado.

No sé si el lector va a haber caído en la cuenta al leer las precedente citas de la Sagrada Escritura, que hay vísceras como los pulmones, el corazón el estomagó, los intestinos, o bien miembros como la cabeza y las patas que apenas si son nombradas alguna vez (note el lector que he puesto una pequeñísima una parte de los textos dedicados a este tema) y que cuando son nombradas, habitualmente se ordena que «sean quemadas fuera del campamento»; y no obstante los riñones, y la envoltura de los riñones y del hígado, son mentados continuamente y sin salvedad en todos y cada uno de los sacrificios, lo mismo que se puede decir del sebo o bien grasa y sobre todo de la sangre: («No comas jamás la grasa ni la sangre; la grasa y la sangre son para Yahvé».— Deut. doce, passim — ).

Pues bien, solo como anécdota curiosa, deberemos decir que ha habido casos en que los ovnis, aparte de llevarse la sangré del animal, cosa en la que jamás fallan, se han llevado exactamente estas vísceras en las que tanto énfasis se hace en el Levítico Uno de estos casos, al que he hecho referencia en otro sitio, es el de una campesina boliviana, en la década de los años cincuenta, que cuando se aproximó al aprisco en que tenía guardadas sus ovejas, en un sitio apartadísimo en el monte, vio con sorprendo, de qué forma un ser de baja estatura y que tenía en sus espaldas como una caja, mataba una por una sus ovejas a las que les extraía a través de una pequeña incisión, solo parte de los riñones que guardaba en una suerte de bolsa de plástico.

La campesina, asustada frente a lo extraño del caso, mas defendiendo lo que era suyo, la emprendió a pedradas con el extraño visitante. Este, al verse descubierto, abandonó enseguida su labor, y empezó a elevarse en vertical, según lo que parece impulsado por un chorro que salía cara abajo desde la caja que tenía a la espalda.

Aunque es realmente cierto que con unos pocos casos no se puede probar nada, no obstante está fuera de toda duda el hecho de que los tripulantes de los ovnis, de la misma manera que los Dioses de la antigüedad, tienen una extraña afición por las supones de los animales y sobre todo no pueden disimular su interés en la sangre tanto de animales como de hombres.

John Hiel refiere el caso de una ambulancia que transportaba (en el Estado de Ohio, en los U.S.A.) un cargamento de sangre humana, que fue reiteradamente asediada por un objeto volador no identificado que a través de una suerte de grandes pinzas, procuró en reiteradas ocasiones elevarla en el aire. El chofer, en la mitad de los chillidos histéricos de una aterrorizada enfermera, aceleró todo cuanto pudo hasta el momento en que la presencia de otros automóviles hizo renunciar al objeto volador no identificado de sus intentos.

Como resumen a todo esto afirmaré que en tiempos pasados da la sensación de que tanto Yahvé como el resto Elohim, consiguieron persuadir a aquellos pueblos primitivos a fin de que les ofrecieran sacrificios de animales.

En nuestros tiempos, frente a la imposibilidad de persuadir a los pueblos civilizados a fin de que prosigan ofertando esos sacrificios, (de los que sin duda sacaban algún beneficio) da la sensación de que mismos hacen de manera directa los sacrificios, buscándose las víctimas en las granjas por sí solos y reservándose para sí, como otrora, ciertas vísceras determinadas y, sobre todo, la sangre, de la que semeja sacan algún principio vital, alguna droga agradable o bien alguna energía que, el día de hoy como entonces, les resulta precisa para sostener la manera física que adoptan para comunicarse con nosotros o bien para materializarse en nuestra dimensión.


Asimismo sangre humana


Si las mutilaciones y los desangramientos de animales son interesantes, con toda razón se puede decir que resultan considerablemente más interesantes los desangramientos de humanos.

En mil novecientos setenta y siete, en el momento en que me hallaba en la urbe de San Luis Potosí (a unos trescientos quilómetros de la urbe de México) llegó a oídos el primer caso de esta naturaleza: un recién nacido que había sido encontrado fallecido plenamente desangrado. Las extrañas circunstancias del caso me alentaron a una investigación más a fondo hasta el momento en que enseguida descubrí que no se trataba de un caso apartado sino era uno entre muchos similares.

Las circunstancias generales eran éstas: ordinariamente se trataba de recién nacidos o bien con poquísimo tiempo de vida; acostumbraban a presentar hematomas o bien magulladuras en la piel, tal y como si a través de ella les hubiera sido absorbida la sangre; pues el común denominador de todos era que estaban totalmente vacíos de sangre.

En ciertos casos daba la sensación de que la sangre les había sido absorbida por medio de la boca puesto que no había heridas ni marcas de ninguna clase en la piel. Es asimismo corriente que las madres de esos pequeños sean descubiertas sumidas en un estado letárgico a la vera de sus infantes fallecidos, tal y como si hubieran sido intoxicadas por alguien, mientras que efectuaba la labor de desangrar a su hijo; ciertas de estas madres han tardado días en regresar en sí y cuando lo hacen, se sienten exageradamente enclenques.

Hay asimismo adultos que afirman —o suponen— que han sido atacados por alguien a lo largo del sueño, por el hecho de que descubren mataduras y golpes en la piel por todo el cuerpo y sienten asimismo una enorme debilidad.

Todos estos hechos sucedieron en el ayuntamiento de Landa de Matamoros, en el estado de Querétaro, en diferentes localidades. Naturalmente la gente empezó a charlar de vampiros y otras cosas y cundió el pavor entre los humildes habitantes de la zona. Los casos fueron reportados a las autoridades las que hicieron ciertas averiguaciones para poder ver cuál había sido la causa de las muertes, mas como sucede de ordinario en estos casos, no se llegó a ninguna conclusión, y exactamente las mismas autoridades trataron de que se olvidara todo.

Los lugares en que sucedieron la mayoría de los incidentes son 3 Lagunas, Tan coyol, Val de Guadalupe, Pinalito de la Cruz y otras aldeítas pequeñísimas ubicadas en la Sierra Madre del Este, cerca de los límites del estado de San Luis Potosí..

Naturalmente uno puede atribuir todas y cada una estas muertes a causas naturales; sin embargo hay varias circunstancias que las semejan mucho a las mutilaciones de animales. Una de esas extrañas circunstancias, que a cualquiera que conozca bien el fenómeno objeto volador no identificado le afirmará mucho, es el hecho de que por esos días los habitantes de la zona veían continuamente luces que se movían muy de forma lenta en el cielo nocturno; ciertas de ellas se paraban sobre los cerros próximos y hasta sobre las copas de los árboles y hacían movimientos rarísimos.

La humilde gente del sitio les llama a estas luces (que se aparecen de tiempo en tiempo) «brujas» y en verdad les tienen bastante miedo, hasta el punto de que tienen para defenderse de ellas unos ritos mágicos singulares que me describieron.

Todos estos hechos fueron reseñados en más de una ocasión en la prensa y en verdad conservo un recorte del periódico de la zona, «el Heraldo de San Luis Potosí» en el que se lee:

El periódico cita otro caso en el pueblo de Val muy similar al que terminamos de citar: la madre, llamada María Nieves Márquez, fue encontrada inconsciente a la vera de su bebé. En los dos casos las madres estaban muy enclenques y los bebés no tenían heridas o bien señales en la piel.

Hasta acá los hechos investigados por mí, y conste en otros lugares he aportado más información sobre otros casos en los que han sido hallados en el monte humanos completa psique desangrados, con la coincidencia de que asimismo por aquellos días era usual la visión de enigmáticas luces volando a baja altura sobre los campos de noche. (Estos hechos sucedieron en el Canadá).

El poner por escrito y difundir de una forma seria hechos como estos, acostumbra a encolerizar a 2 géneros de personas: a los individuos «serios», llámense científicos o bien no, que piensan que en el planeta ya quedan pocas cosas por descubrir y que entre las autoridades y la ciencia, son capaces de explicar cualquier cosa que suceda; y a determinados «ufólogos» (que en el nombre llevan ya su falta de originalidad) que prosiguen pensando que los ovnis son como avanzadas de los buenos hermanos del espacio que vienen a nuestro planeta a asistirnos.

Los hechos que estoy relatando son sinceramente desconcertantes, mas son completamente reales y con más pruebas de las que los líderes religiosos del cristianismo pueden presentar para sus opiniones. No va a ser, por ende, extraño, que las hipótesis que presenten para explicarlos, sean del mismo modo desconcertantes hasta contrarias a lo que por años tanto la religión como la ciencia nos han estado diciendo.

Cuando se descubren hechos nuevos y radicalmente diferentes, es muy normal que la forma de meditar de los hombres padezca alguna convulsión, puesto que al tiempo que se desmoronan las teorías viejas, aparecen en escena teorías nuevas y más abarcadoras, que son capaces de explicar los hechos nuevos, hasta ese momento ignotos.

Tomemos como un ejemplo, la presente polémica en los U.S.A. entre los creacionistas y los evolucionistas. Cuando la Iglesia cristiana monopolizaba el pensamiento, no había inconveniente ninguno para explicar el origen de la vida humana: las Sagradas Escrituras lo explicaba bien meridianamente.

Cuando aparecieron hechos nuevos (ignotos por los líderes religiosos) se crearon enseguida teorías nuevas para explicar estos hechos, al tiempo que se iban por el suelo las explicaciones bíblicas. Entonces empezó la ciencia oficial a monopolizar el pensamiento con sus nuevas teorías evolucionistas, acusando a los líderes cristianos de entusiastas y de miopes al negarse a aceptar los hechos.

La ciencia oficial llevaba razón... hasta el momento en que en nuestros tiempos aparecieron otros hechos (o bien más precisamente la humanidad meditó sobre muchos hechos extraños sucedidos en todas y cada una de las temporadas) que echaban por tierra muchas de las teorías de los científicos. Y ahora la ciencia está cometiendo exactamente el mismo fallo que cometieron los líderes religiosos.

La ciencia está dogmatizando sobre los orígenes del hombre (con un simple hueso no solo montan un esqueleto sino se imaginan un sistema de vida) y, peor que eso, la ciencia oficial no desea escuchar charlar de hechos que no estén conforme con sus manuales universitarios y se niega a examinar el gran cúmulo de datos que contrarían sus teorías. Cuando todos esos «hechos» apuntan a que la raza humana ha descendido en una buena parte de las estrellas, prosiguen empeñados en probarnos que todos nuestros ancestros descendieron de los árboles.

Más tarde ahondaré sobre estos hechos, cuando los veamos confirmados y agrandados por otros semejantes con los que nos hallamos en la historia y de los que no podemos tener duda alguna.


Por qué razón la sangre


En parágrafos precedentes afirmé que no sabía precisamente el porqué de la afición, tanto de los Dioses de la antigüedad como de los Dioses de nuestros días (los ovnis), a la sangre. No obstante, le comunicaré al lector mis sospechas, basadas no solo en mis conclusiones y en las de otros autores cuyos textos argüiré, sino más bien en exactamente las mismas informaciones que ciertos «contactos» han recibido de los extraterrestres, por mucho que estas jamás sean de fiar.

La clave de todo es que la sangre libera fácilmente y de una forma natural, esta clase de energía (que en último caso no es más que ondas electromagnéticas) que tanto complace a los Dioses.

Para conseguir de un cuerpo vivo energías semejantes, los Dioses deben matarlo violentamente y después quemarlo, al tiempo que la sangre, cuando fluye con libertad, ya separada del cuerpo, suelta esta energía de una forma absolutamente espontánea, contrario a lo que pasa con la mayoría de las vísceras y de la materia orgánica desmembrada.

 «Paracelso asevera que los magos negros se valen de los vapores de la sangre para evocar a las entidades astrales, que en este elemento hallan el plasma recomendable para materializarse.Los sacerdotes de Baal se herían en el cuerpo para provocar apariciones tangibles con la sangre... En Persia, cerca de las aldea rusas Temerchan-Shura y Derbent, los adherentes a determinada secta religiosa, forman un círculo y viran de forma rápida hasta llegar al delirio, y en este estado, se hieren unos a otros con cuchillos hasta el momento en que sus vestidos quedan empapados en sangre. Entonces, cada uno de ellos de los danzantes se ve acompañado en la danza por una entidad astral... En el pasado las hechiceras de Tesalia mezclaban sangre cordero y de pequeño para evocar a los fantasmas... Todavía hay en Siberia una tribu llamada de los yakutes que practica la hechicería como en tiempos de las brujas de Tesalia. Para esto precisan verter sangre, sin cuyos vapores no se pueden materializar los fantasmas... Asimismo se practica la evocación cruenta en ciertos distritos de Bulgaria, en especial en los limítrofes con Turquía;... a lo largo de unos momentos se materializa una entidad astral... Los yezidis, (que habitan las montañas áridas de la Turquía asiática y de Armenia, Siria y Mesopotamia en número de unos doscientos) forman corros en cuyo centro se ubica el sacerdote que invoca a Satán. Los del corro brincan y viran y mutuamente se hieren con puñales... y acostumbran a tener ciertas manifestaciones fenoménicas, entre ellas la de enormes globos de entonces que entonces toman figura de extraños animales...».

Este tema de la sangre y de las energías que los Dioses y otras entidades no humanas procuran en ella, es tan increíble y por otro lado, de tanta relevancia, que enseguida volveremos sobre él.


Resumen y explicación


Como resumen de lo que hasta acá llevamos dicho en es capítulo, afirmaremos que lo comenzamos preguntándonos por qué razón para qué exactamente se manifestaban los Dioses y nos respondemos de una forma general, diciendo que se manifiestan por placer y por necesidad, si bien afirmábamos que es una necesidad muy relativa.

Además, mirando el inconveniente desde otro punto de vista, respondíamos el interrogante diciendo que procuraban entre nosotros cosas inmateriales y cosas materiales; como un ejemplo de algo material hemos puesto la sangre, si bien en resumen de cuentas saquen de ella algo «inmaterial»; y como un ejemplo de una de esas cosas inmateriales que procuran, poníamos la energía que genera nuestro cerebro excitado.

Sin embargo acá debemos reiterar la aclaración de que esa energía de nuestro cerebro, no es absolutamente «inmaterial» o bien dicho en otras palabras, no es «espiritual», sino es una cosa que pertenece por completo al planeta físico, por mucho que sea invisible por nuestros sentidos.

Esa energía del cerebro es emitida en forma de ondas, de una frecuencia y de una longitud demasiado elevadas para ser captadas por los instrumentos de que el día de hoy disponemos. Ciertas ondas que el cerebro genera, sí son de manera perfecta captadas por los instrumentos que el día de hoy tenemos (electroencefalógrafos, etcétera), mas las otras ondas del cerebro a las que nos referimos, y que son las que interesan a los Dioses, esas, hoy en día, son incaptables por nuestros científicos, y solamente de una forma indirecta, y gracias en una gran parte a los avances de la parasicología, van teniendo alguna sospecha de que existen.

Datos semejantes a estos (tomados de «Isis sin velo» Tomo IV, de Mme. Blavatski) se pueden localizar en otros muchos autores y en prácticamente todos los historiadores de la antigüedad.

Y además de estos textos profanos, no tenemos jamás que olvidarnos de las claras, reiteradas y tajantes órdenes de Yahve a su pueblo:

Los últimos parágrafos los hemos dedicado a explicar cuáles son esas cosas materiales que los Dioses procuran en nuestro planeta y nos hemos fijado en especial en su preferencia por las vísceras y por la sangre.

Sin embargo quedaría truncada esta explicación, si no ahondásemos un tanto en este tan extraño gusto de los Dioses. Intentaremos hacerlo en los parágrafos siguientes —que en mi opinión son de gran importancia— y por ellos vamos a ver que la razón de su gusto y preferencia por la sangre, grasa, y ciertas vísceras, es en el fondo exactamente la misma que los impulsa a captar las ondas que manan de los cerebros excitados.

Cuando se destroza la materia orgánica, o bien dicho de otra manera, cuando muere la materia viva, determinados elementos físicos que la componen, (como son sus células, sus proteínas, sus aminoácidos, sus enzimas y compuestos moleculares y hasta sus moléculas y átomos) vuelven a la tierra, en donde siguen sus inacabables ciclos de desintegraciones, fusiones y transformaciones; otros elementos asimismo físicos (a nivel quántico o bien subatómico que componen la materia viva, no entran en estos ciclos, sino más bien se liberan.

Estos elementos, incluso siendo físicos, no son en el sentido tradicional «materiales», ni captables de forma directa por nuestros sentidos, sino son de naturaleza ondulatoria; son lo que llaman «energías», (pues no tenemos palabras específicas con que designarlos, puesto que apenas si sabemos que existen), radiaciones, vibraciones, ondas; son en parte lo que, contemplado desde otro punto de vista, llamamos «vida».

Cuando algo vivo muere, lo que muere es el andamiaje material que acompaña la vida; mas esta, cuando el caparazón en se hacía presente en nuestra dimensión, por alguna razón se desintegra, se libera como una energía y empieza o bien recomienza su ciclos de fusión y transformación con otras energías que vibran a su o bien similar frecuencia y dimensión.

Este es otro y otro punto de vista de los infinitos niveles de que está compuesto este fabuloso ser viviente en el que habitamos, llamado Cosmos. Puesto que bien, criaturas del Universo más evolucionadas que —los Dioses—, son capaces de captar, al menos en parte esta «energía» y estas ondas o bien vibraciones que se liberan cuando sí desintegra la materia viva. Esta energía semeja que les da gran placer, y de ahí que la procuran el día de hoy y la han buscado siempre y en todo momento valiéndose para esto de mil estrategias.

Si tuviéramos que explicarlo con un caso, afirmaríamos que las termitas solo le sacar provecho a la madera cuando se la comen, al paso que un animal superior —el hombre— a esa madera le saca asimismo provecho, mas no comiéndosela, sino más bien de mil otras formas total psique incomprensibles para las termitas; e inclusive le saca provecho quemándola; pues la madera, al quemarse, emite calor y aroma, cosas que, aunque no interesan para nada a las termitas (y hasta podrían ser mortales para ellas) son considerablemente apreciadas por los hombres.

Cuando la materia viva, sea esta animal o bien vegetal, muere poco a poco, o sea, tras un proceso natural de envejecimiento, esta energía vital se marcha desprendiendo muy poquito a poco desde mucho ya antes del instante final, y de ahí que es más difícilmente captable y utilizable por aquéllos que tienen la capacidad de hacerlo; mas cuando el ser vivo está en su pujanza, y por una causa o bien otra, muere violentamente (tal y como sucede en el momento en que un animal es decapitado), o bien se desintegra de una forma veloz, entonces toda esa energía vital sale como en torrente y es considerablemente más de manera fácil captable y utilizable.

Por extrañas que parezcan estas ideas, las vemos llevadas a la práctica por pueblos diferentes y muy distantes entre sí geográficamente.

En varias tribus africanas, en el momento en que un pequeño está enfermo, especialmente si está aquejado de alguna enfermedad ignota para sus progenitores y para el hechicero, y cuyos síntomas son una enorme debilidad, el antídoto que le aplican consiste en matar un toro o bien una vaca, abrirlo enseguida en canal, vaciarle una parte de las supones y meter dentro al pequeño, cerrando nuevamente la piel del animal en torno al cuerpo del niño; la cabeza del pequeño es lo único que queda fuera del cuerpo del animal. La criatura continúa en el animal mientras que este se sostenga caliente.

Entre los apuntes de un viejo sanador en Galicia, se ha encontrado prácticamente exactamente el mismo antídoto, si bien, en un caso así, el animal que se empleaba era una cabra; y naturalmente, solo para el caso de algún miembro enfermo, que se ponía por un buen rato en el cuerpo del animal recién fallecido, o bien en el caso de alguna criatura con poquitos días de nacida.

Parece ser que lo que hace el cuerpo del pequeño enclenque y patológico, sediento de energía (absorber la vida que se le va a chorros al animal en forma de ondas), es exactamente lo mismo que los Dioses hacen y han hecho siempre; si bien en el caso de los Dioses, estos lo hacen de manera consciente y debido al gran dominio que tienen sobre la materia.

Para el pequeño, el acto de chupetear esta energía es un acto inconsciente y agobiado de su organismo, para eludir la muerte; para los Dioses, esta energía es solo una suerte de juego o bien un sentimiento agradable que de ningún modo es esencial para su existencia.

Dije unos parágrafos más arriba que en el momento en que un ser vivo —animal o bien planta— se desintegra de una forma veloz, la energía vital sale como en torrente y es considerablemente más sencillamente captable utilizable.

Por demás está decir, que la forma más simple y normal de desintegrar la materia viva de forma rápida es a través de cremación. Y acá es donde debemos recurrir a la historia rememorar este hecho: los Dioses, en todas y cada una de las religiones de la antigüedad, en lugar de demandar actos de arrepentimiento colectivo loas racionales por la parte de sus pueblos, lo que demandaba siempre y en todo momento de ellos, como máximo tributo religioso, eran «holocaustos», esto es liturgias en las que primero se sacrificaba a la víctima (humana o bien animal) y después se la quemaba íntegramente, de forma que absolutamente nadie podía servirse para nada de ella. Debía arder hasta consumirse, tal y como señala la palabra holocausto (que viene de 2 palabras griegas que significan «todo quemado»).

En fiestas solemnísimas entre los helenos y romanos se hacían grane sacrificios de animales —especialmente bovinos— que se llamaban hecatombes (otra palabra venida de 2 palabras griegas y que significa a la letra «cien bueyes»), con los que se hacían grandes piras en honor de las deidades.

Estas liturgias que acababan en grandes fogatas, eran la forma perfecta que los Dioses tenían para «exprimir» toda energía vital que existía en aquellas criaturas vivientes: primero a través de el degollamiento o bien la disección de la víctima, —con consecuente derramamiento de sangre—, conseguían la energía sutil y más apreciada por ellos: la que desprendían sus cuerpos agonizantes y particularmente sus cerebros aterrorizados y atormentados. Y después, fallecida ya cerebralmente la víctima, mas aún celularmente, el fuego se ocupaba de liberar de forma rápida toda la energía vital que encerraban sus supones todavía calientes las células de su organismo.

Estas ondas de energía que se desprendían de los cuerpos humeantes de las víctimas, eran, tal y como afirmamos, una suerte de droga, o bien como un aroma para los «sentidos» de los Dioses.

En el Pentateuco se habla en reiteradas ocasiones de estos «sacrificios abrasados» y se afirma de ellos que eran «un manjar tranquilizante para Yahvé»; o bien que subían hacia él «como un aroma calmante». Algo como un cigarro de sobremesa, o bien una taza de café, o bien quién sabe si una droga más fuerte.

Y si en este particular echamos una mirada general a otras religiones, nos encontraremos con exactamente los mismos extraños fenómenos con que nos hallamos en las Sagradas Escrituras. No importa que cada temporada, cada cultura y cada creencia los ejecute o bien los interprete de una forma diferente; en el fondo son exactamente los mismos hechos, que a la psique humana (cuando piensa sin prejuicios y sin temores) le semejan plenamente irracionales y en una gran parte absurdos.

En otras religiones nos hallamos asimismo con:

No solo eso, sino en muchas religiones, estas muertes y estas cremaciones de animales, eran de animales humanos. En ciertas de ellas, estas ofrendas humanas tenían ceremonias verdaderamente fieros y también impropias no ya de un Dios, sino más bien de pueblos salvajes; y pese a ello, las vemos practicadas por pueblos que habían desarrollado grandes etnias.Piénsese si no, en las inmolaciones de pequeños hechas periódicamente por los incas a Pachacamac y a los Huacas, en las tremendas matanzas rituales practicadas por los aztecas, en las ofrendas periódicas de los primogénitos de las familias nobles en la religión de los persas, etcétera, etcétera

Y para los cristianos que se consuelan pensando que en el paganismo, Satanás es capaz de inspirar cualquier aberración «a aquellos pobres pueblos que viven privados del conocimiento del auténtico Dios», tenemos malas noticias; por el hecho de que resulta que el Dios judeo-cristiano, —Yahvé—, demandó asimismo en muchas ocasiones, estas matanzas humanas, pese a que agradaba llamarse «misericordioso y benigno»: y no solo eso, sino en ocasiones era mismo quien las realizaba:

En el Nuevo Testamento y en la moderna teología, se quiere correr un tupido velo sobre todo esto, lo mismo que se trata de sublimar otras muchas prácticas poquísimo «divinas» de Yahve Mas no se puede tapar el sol con un dedo, y los versículos Pentateuco están ahí, retando el paso de los siglos, para testimonio de todas y cada una estas divinas barbaridades.

Y abundando todavía un tanto más en el tema, y como una variación más de esta ferocidad sagrada, nos hallamos con religiones orientales y africanas en las que «Dios» demanda que la esposa o bien las esposas sean quemadas en exactamente la misma fogata en que se quema el cuerpo de su marido fallecido. Y muy seguramente los fieles de estas religiones proseguirán pensando que su «Dios» es bueno y misericordioso (!).

Pero ¿no proseguimos pensando que el «Dios» del cristianismo es bueno y misericordioso, una vez que lo vemos sacrificando a su hijo en una cruz, y amenazándonos a nosotros —pobres hormigas humanas— con un averno en el que nos abrasaremos eternamente?

Dejemos el tema religioso para el próximo capítulo, cuando expliquemos las distintas estrategias de los Dioses para conseguir de nosotros lo que desean.

Digamos ahora, para finiquitar este capítulo, que aunque esta energía vital de la que venimos hablando y que se libera en la cremación, se encuentra presente tanto en el reino animal como en el vegetal, en el primero se encuentra no solo en mayor exuberancia sino más bien en una forma o bien en un nivel superior, que semeja que complace más a determinados seres más evolucionados del Universo, que podríamos llamar «Dioses superiores», al paso que la energía vital que se desprende de la cremación de la materia vegetal, además de no ser tan rebosante, no les complace tanto a estos «Dioses superiores» y está más conforme con los gustos de otros seres menos evolucionados.

Por eso, es natural que cuando deseen «holocausto» de materia vegetal (y los han querido desde el comienzo de los tiempos) estos holocaustos deban ser considerablemente más rebosantes, en tanto que, como afirmamos, la materia vegetal libera menos cantidad de esta energía que procuran en nuestro planeta.

Vea el lector este curioso texto, sacado del capítulo cuatro del Génesis, versículos dos al cinco, que transcribo solo a título de curiosidad:

Este capricho de Yahvé o bien esta discriminación tan injusta, ¿no se debería a esto que decimos?


Qué procuran los Dioses


Por fin del capítulo resumiré las distintas cosas que los Dioses procuran entre nosotros:

Pensemos ahora en un hombre que será sacrificado a un Dios (¡y cuántos centenares de miles lo han sido durante milenios!):

Aparte de esto, estamos seguros de que hay más cosas que procuran y logran en sus visitas a nuestra dimensión, que pasan desapercibidas para nosotros, y muy seguramente no la comprenderíamos si bien nos las explicaran.

granja humana, o sea... tu ;-)


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Está aquí: Inicio > [ LIBROS ] > ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (5/9) de Salvador Freixedo

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