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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (6/9) de Salvador Freixedo

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 salvador freixedo

Los juegos de los Dioses

Confieso que en un comienzo, el título de este capítulo estaba destinado para ser el título de todo el libro; mas 2 cosas me hicieron mudar de opinión: la primera fue que no tenía una certidumbre absoluta de que las actividades de los Dioses en nuestro planeta fueran precisa y únicamente por juego, en tanto que columbro asimismo en ellas el cumplimiento de otras leyes del cosmos profundas que escapan a nuestra entendimiento.

La segunda razón fue el haber visto en forma de manuscrito, y para ser publicado por una editorial barcelonesa, un libro de Von Daniken, cuyo título es «La estrategia de los Dioses», en el que supuse que el reputado autor trataría, desde su opinión, este tema.

Tras publicado por la editorial Plaza y Janes, he podido ver que V. Daniken se restringe a contar distintos viajes (para confirmar su tesis de la intervención extraterrestre) sin entrar ordenadamente y a fondo en el leimotiv del título.

Para eludir toda comparación, y para dar en cierta forma un paso de avance en la presentación del tema, elegí para el libro el título que actualmente tiene; y debo confesarle al lector que me llevé otro sobresalto cuando, regalado por su autor, llegó a mis manos el libro «La gran manipulación cósmica», de Juan G. Atienza.

Conociendo la profundidad del pensamiento de G. Atienza, temí que no me dejara nada por decir. Y realmente de esta manera es, puesto que Atienza trata el tema en su hondura; mas mientras que lo trata como un historiador o bien sociólogo, filosofando sobre mucho hechos de la vida para confirmar su tesis —con la que comulgué totalmente— , de una forma más vulgar, me fijo particularmente en determinados hechos, haciendo de ellos la medula de trabajo.

Y ya antes de entrar de lleno en el tema de este capítulo, quisiese aconsejarle al lector el libro de F. Jiménez del Oso, titulado «el síndrome OVNI» (Planeta, mil novecientos ochenta y cuatro) en el que el conocido productor de T.V. presenta en profundidad el fenómeno objeto volador no identificado, por encima de la miopía con que aún ciertos insisten en presentarlo.

Jiménez del Oso, prueba ser un genial sicólogo que profundiza en el fenómeno más que ningún autor en lengua española, sin dejarse absorber por el torbellino de absurdos con que uno inevitablemente debe encontrarse cuando se adentra en el tema.


Explicación de sus estrategias


Hecho este paréntesis a propósito del título del libro, le afirmaré al lector que en este capítulo voy a tratar de mostrarle de qué manera los Dioses, durante los siglos, han ido consiguiendo que la humanidad toda —la de el día de hoy y la de tiempos pasados— se amoldase a sus deseos, y también hiciera lo que a ellos les convenía; en otras palabras, vamos a tratar de enseñar la estrategia que los Dioses han utilizado para conseguir que unos seres inteligentes, hagan «voluntariamente» y sin percatarse de que son manipulados, lo que los Dioses desean.

Recordará el lector que, de una forma genérica, afirmamos que estos enigmáticos seres interferían en nuestras vidas por placer y en cierta forma por necesidad (cuando menos mientras que están en nuestro planeta o bien en nuestro nivel).

Dijimos asimismo que procuraban la sutil energía que genera la máquina más fantástica que existe en nuestro planeta, que es el cerebro o bien la psique humana10; y afirmamos que además de esto se interesaban en el manipuleo de ciertas vísceras de los vertebrados de este planeta y de una forma particular, en la sangre de ellos, por el hecho de que libera sencillamente una energía que precisan o bien apetecen mientras que están entre nosotros. Hasta acá lo que llevamos dicho en los episodios precedentes.

Cerebro y psique son 2 cosas absolutamente diferentes. La psique trabaja de ordinario a través del cerebro, mas puede prescindir de él. Para no complicar las cosas he preferido utilizar las 2 palabras indiferentemente.

Veamos cuáles pueden ser teóricamente los métodos más eficientes para conseguir estos fines.

En las baterías de los vehículos, vemos de qué manera están puestos, unos a la vera de otros, una serie de vasos, cada uno de ellos de los que es capaz de retener y de devolver una determinada cantidad de corriente eléctrica. La batería consiste esencialmente en preservar, aunar y devolver unificada toda la energía contenida fragmentariamente en todos y cada uno de ellos de los vasos que la componen. Naturalmente, a mayor cantidad de vasos, mayor va a ser la energía que esa batería va a poder devolver.

Cada cerebro humano genera y contiene una parcialmente pequeña cantidad de energía que, considerada independientemente, apenas si tiene fuerza para nada que no sea hacer marchar la máquina biológica que es el cuerpo humano al que pertenece ese cerebro. Volviendo a la comparación de ya antes, si apartásemos un vaso de la batería, con total seguridad solo no podría hacer arrancar el motor del turismo. Mas así como todos los otros vasos, sí es capaz de hacerlo arrancar; y si lo juntamos con otros muchos vasos, va a llegar a tener una fuerza suficiente para levantar el turismo en desequilibrio.

La energía producida por un solo cerebro humano es de poca utilidad para los Dioses, mas unida con las energías de otros muchos cerebros, se hace considerablemente más poderosa y al tiempo se hace más de manera fácil extraíble y aprovechable. Conseguir unir las psiques de muchos humanos, ha sido desde siempre y en toda circunstancia, una de las estrategias de los Dioses. Y esta estrategia está dirigida a unir no solo sus psiques sino más bien asimismo sus cuerpos, de forma que muchos de ellos estén reunidos en el menor espacio posible. Esto va a facilitar su propósito de «ordeñar» energéticamente a los humanos.

A un ganadero productor de leche, no le trae cuenta el tener las vacas esparcidas por el monte, debiendo ir a ordeñarlas una por una, en donde cada una se halla.

Lo que hace, para ahorrar tiempo y esmero, es tenerlas a todas y cada una juntas en el establo con lo que su tarea se le facilita considerablemente.


Las religiones


Para conseguir exactamente el mismo fin, los Dioses inventaron uno de los fenómenos sociológicos más viejos que registra la historia: las religiones.

Fíjese el lector en este curioso detalle: cuando los pueble primitivos no habían desarrollado prácticamente ningún arte, ni había atisbos de que tuviesen algo que pudiera llamarse una cultura, practicaban algún género de religión; hasta tal punto, que los arqueólogos la primera cosa que procuran y que hallan, cuando estudian los restos de un pueblo, por primitivo que este haya sido, es algún objeto o bien resto relacionado con su religión.

Uno tiene derecho meditar que aquellos seres con unas inteligencias toscas, lo último de que deberían preocuparse sería de practicar alguna religión, acosados como estaban por el apetito, por las inclemencias del tiempo y hasta por las fieras.

Y no obstante, vemos con sorprendo que, de una forma o bien de otra, sus cuerpos se reunían en ciertos lugares para sacrificar animales y sus psiques se unían para solicitar, para mitigar, para loar y para temer... por el hecho de que los Dioses siempre y en todo momento han dado una de cal y una de arena; han ayudado, mas han conminado y han castigado, si no se obedecían sus ordenes. De esta manera sostenían un miedo y una expectación que les asistían a lograr lo que deseaban de los hombres.

Dejando a un lado a los hombres primitivos, podemos ver que las religiones son el instrumento perfecto incluso en nuestros días, para conseguir estos fines.

La idea que estoy exponiendo brincó a mi psique cierta noche ventosa, fría y húmeda, en que desde una altura contemplaba la gran multitud concentrada en la enorme explanada que se extiende frente al santuario de Fátima. Los centenares de miles de candelas en la obscuridad, me parecieron durante un momento chispas que afloraban de aquellas ánimas enardecidas por el amor a la Virgen, y de aquellos cuerpos atormentados por el húmedo frío que se metía hasta los huesos.

Recuerdo que hasta miré cara arriba a ver si conseguía ver a los vendimiadores de toda aquella energía, tan sencillamente recogible por lo agrupada y por lo a flor que la tenían los allá presentes. Mis ojos solo pudieron ver el negro cielo claveteado de estrellas. Mas ¡qué enorme batería se extendía a mis pies! Cada una de aquellas psiques aportaba su amor, su ansia, sus deseos, sus angustias, sus remordimientos, sus esperanzas... y su dolor; la enorme mortificación que sin duda sentían en aquel instante, calados de frío, de humedad, y seguramente de apetito y de cansancio; mas con gusto ofrecían todo aquello, movidos por su furor religioso.

Por eso afirmé previamente que aquella energía es de manera fácil recogible; por el hecho de que los que la tienen están expectantes de entregarla.

La religión, —en sus muchos aspectos y considerada en conjunto— es un excelente instrumento para conseguir los estados anímicos primordiales en los que nuestros cerebros son capaces de producir esa energía que interesa a nuestros visitantes; y le advierto al lector, que esa energía no es una invención mía, sino es algo de lo que cada vez se habla más, no solo en el campo de la parasicología (telergias, etcétera), sino más bien en el campo de la medicina más avanzada (el doctor Simonton en los Estados unidos cura cánceres con energías mentales, de la misma manera que el doctor Benjamín Bibb lo hace con todo género de enfermedades, y el mexicano José Silva crea una auténtica escuela en la que el estado «alfa» cerebral está consiguiendo verdaderos milagros).

Estos estados anímicos más propicios a fin de que la psique humana emita esas energías son el dolor con sus muchas facetas, la excitación, en la que asimismo puede haber muchos aspectos, y la expectación cuando es profunda y sobre todo incesante. Veamos de qué manera todas y cada una de las religiones favorecen estos estados anímicos y fijémonos de una forma particular en el cristianismo.

El hombre, que tenga un espíritu de forma profunda religioso, es un hombre pendiente. Y más en el cristianismo, en donde la muerte se pone como «el instante del que pende la eternidad»; la eternidad feliz o bien la eternidad entre tormentos. En los cientos relatos autobiográficos, recogidos por autores como William James, Y también. D. Starbuck (Psychology of Religión), William B. Sprague (Lectures on Revivals on Religión), el doctor Leuba (Studies the Psychology of Religious Phenomena), George A. Coe (The Spiritual Life) etcétera, continuamente nos tropezamos con individuos que sentían una profunda inquietud por dedicar sus vidas por entero al servicio de Dios; y esto motivado esencialmente por el deseo de asegurar su «salvación eterna».

Cuando este estado anímico se sobreimpone a todos los otros, (además del desquiciamiento que puede conllevar para todo el psiquismo) el individuo acostumbra a finalizar en la llamada «vida contemplativa» o sea, un estado de vida en el que el ánimo del contemplativo desinteresa de los inconvenientes de esta vida y, mientras que trata de mejorar su ánima, se dedica a aguardar el instante de encontrarse con Dios.

Es el estado anímico que resume genialmente la oración de santa Teresa:

Aparte de este estado anímico, en la vida de un hombre de manera profunda religioso, existen muchos instantes en los que el ánima se carga de emoción; durante los siglos, todas y cada una de las religiones y todas y cada una de las sectas han ido desarrollando —con toda buena voluntad— diferentes mecanismos para conseguir estos estados emotivos con los que se procura aproximar más el ánima a Dios y ponerla más incondicionalmente a su servicio: todos y cada uno de los «ejercicios espirituales», retiros, cursillos, reavivamientos, impactos, etcétera, son un caso de esto.

Esta expectación, en muchos espíritus enclenques o bien patológicos, es algo rayano en la sofocación y en ocasiones en la desesperación, tal y como podemos ver muy reiteradamente en los autores ya antes convocados.

Y al decir esto, entramos en otro campo con el que las religiones tienen mucho que ver: el campo del dolor. Las religiones, sin excluir al cristianismo, aunque es verdad que para bastante gente han sido consuelo en las muchas preocupaciones de la vida, y hasta causa de muchas alegrías al administrar una seguridad y una paz internas, absolutamente nadie puede negar que son asimismo causa de muchos pesares y molestias en la vida de los individuos y de que han sido causa de muchos dolores tísicos y morales en las vidas de los pueblos, tal y como enseguida vamos a ver.

Los pesares y molestias que en nuestra vida diaria la religión nos causa, como hemos sido educados con ellos desde nuestra niñez, los consideramos como algo absolutamente natural y de ahí que apenas si lo notamos; no obstante, si los observamos en otras religiones con las que no nos unen nudos sentimentales, o bien que no tienen nuestras psiques condicionadas, los echamos de ver de manera inmediata.

Imagine el lector durante un momento, que su religión le prohibiera comer carne de vaca, o bien de puerco, o bien cualquier clase de marisco, o bien que forzase a las mujeres a vestir siempre y en toda circunstancia de falda larga y con la cara tapada, o bien que no dejase prácticamente actividad alguna a lo largo de todos cada sábado del año, o bien que demandase abstenerse de comer por el día a lo largo de un mes todos los años, o bien que forzase a los hombres a caminar siempre y en toda circunstancia con la cabeza cubierta, o bien que no dejase a determinados individuos nacidos en cierta clase social baja, hacer nada por salir de ella, o bien que prohibiera radicalmente casarse con alguien que no practicara exactamente la misma fe, o bien que no aceptase tomar vino o bien cualquier bebida que contenga algo de alcohol, por muy poco que sea, o bien que demandase que los vestidos fueran siempre y en todo momento de una sola clase de lona, etcétera, etcétera

Todo esto y muchas otras cosas, (por poner un ejemplo, en el jainismo no se puede eliminar uno de encima un mosquito que le pica), han sido prohibidas o bien demandadas por una o bien otra religión. Y no se puede decir que son «sectas» de locos; todas y cada una de las prohibiciones y ordenes arriba convocados, son de las religiones más extendidas y honorables del mundo; y la mayoría de ellos pertenecen a religiones precedentes al cristianismo, esto es con múltiples milenios de existencia.

Trasponga el lector alguno de estos mandamientos a nuestra sociedad y a nuestras circunstancias: ¿se imagina el martirio que sería para una mujer de España el verse obligada el día de hoy a vestir siempre y en todo momento de traje largo hasta los pies, y no poder gozar de la playa o bien al menos de algún vestido que, sin ser inmodesto, cuando menos le ayudara a liberarse un tanto de los calores del verano? ¿Se imagina el lector lo que sería verse impedido para toda la vida de comer ninguna clase de marisco y, además, no poder tampoco comer carne de cerdo?

Pues este es el panorama culinario que tienen delante de sí los judíos practicantes, además de muchas otras particularidades restrictivas y absurdas a que fueron sometidas ya hace prácticamente 2 mil años, por su «protector» Yahvé.

Los cristianos hemos tenido asimismo a lo largo de muchos siglo nuestra participación en estos mandamientos importunos, con 1o ayunos cuaresmales, las abstinencias de carne a lo largo de todos cada viernes del año hasta hace poquísimo tiempo, (lo que motivó que el Dios bacalao pasara a ocupar un sitio sobresaliente entre los Dioses lares hispánicos), las reglas de la decencia cristiana (con las que los Sres. Obispos evitaron a lo largo de muchos años que el sol torrase nuestras pecadoras carnes), la prohibición de separarse de cónyuge (si bien el cónyuge, al paso de los años, se hubiera transformado en un bestia) etcétera, etcétera

«La voluntad deDios» semeja que estaba reñida con los gustos y la dicha humana.

En la Edad Media, cuando la Iglesia con sus mandamientos y preceptos tenía una total repercusión en la sociedad, semeja que estaba prohibida la alegría de vivir, y daba la sensación de que todo lo verdaderamente sabroso era pecado.

Era la lógica consecuencia de la filosofía del «valle de lágrimas», que tan bien se expresaba en aquel hipocondríaco canto de nuestra infancia:

Y absolutamente nadie puede negar que en la ascesis cristiana, el medio más] seguro para llegar a una auténtica amistad con Dios, es el renunciamiento, la mortificación, la «muerte al planeta y a sus vanidades», los votos de pobreza, castidad y obediencia (esto es, la renuncia a 3 grandes valores humanos como son la libertad, el bienestar económico y el sexo), etcétera, etcétera

Recuerdo no raras veces, de qué forma en mi estudio de los místicos, a lo largo de mis años de preparación para el sacerdocio, mi ánima se llenaba de sofocación cuando leía los encendidos parágrafos con los que muchos de ellos instan al cristiano a desprenderse de todo, si desea ser un perfecto seguidor de Cristo.

Oigamos a San Juan de la Cruz:

Y el Santo sigue «animándonos» a que nos desdeñemos y deseemos que otros nos desdeñen. A que charlemos en menoscabo nuestro y deseemos que otros hagan lo mismo. A que tengamos mala opinión propia y nos alegremos cuando otros la tienen, etcétera, etcétera

¿Para qué exactamente continuar? Lo que el Santo nos plantea es una suerte de haraquiri sicológico, si deseamos llegar a ser unos perfectos acólitos de Cristo.

Para los que me afirmen que esto es distorsionar la virtuosa y hasta exactamente la misma vida cristiana, les afirmaré que me percato de que el pensamiento de los místicos, es algo como una super-especialización de la vida cristiana; mas mis críticos van a tener asimismo que aceptar que esta super-especialización es asimismo una culminación y está on-line con el pensamiento general de toda la virtuosa cristiana.

Y si no, ahí está para probarlo el enorme símbolo y signo del cristianismo: la cruz. La cruz no es símbolo de placer ni de vida; la cruz es símbolo de muerte y de dolor. Y la cruz está y ha estado siempre y en todo momento en el centro del cristianismo.

Confirmando esto y como una culminación a todo este simbolismo quista, están los hechos de Dozulé, una pequeña localidad de Normandía, en la que una vidente ha recibido el mensaje de levantar una gigantesca cruz de setecientos treinta y ocho mts. de altura con unos brazos de ciento veintitres mts. cada uno de ellos (!). Pese a lo disparatado del mensaje, hay en mil novecientos ochenta y cuatro múltiples proyectos de una comisión que ha tomado muy de verdad el tema, de forma que —tal como afirmó la aparición— «todos los que vengan a arrepentirse al pie de esta Cruz, van a ser salvados».

Y si del cristianismo nos marchamos a otras religiones, nos hallamos tramos con exactamente el mismo fenómeno.En ellas, el término de ascesis de desarrollo espiritual está muy relacionado con el dolor.

Un prueba de esto son las macabras imágenes que todo hemos contemplado en el cine o bien en gacetas, de penitentes hindúes que arrastran pesadas carrozas con las imágenes de sus Dioses, a través de garfios enganchados en su carne. Y sin que debamos irnos tan lejos, a todo lo ancho de la geografía de España y también latinoamericana tenemos esas salvajes procesiones de flagelantes histéricos y sangrantes, a lo largo de la Semana santa.

Y no afirmemos nada de yoghis, lamas y gurúes cuyas vidas son el trasunto de lo que más arriba nos predicaba San Juan de la Cruz. Todas y cada una de las grandes religiones semeja que tienen como doctrina común el que para mejorarse, hay que abandonar a esta vida. «El dolor lleva aDios» semeja ser un leimotiv en todas y cada una .

Sería caricaturar el tema, el tomar de verdad lo que afirmaba un humorista —aunque hay que concederle no poca razón—:

Pero en detalles como este, no podemos parar de ver lo que ya antes decíamos: que religión y los líderes religiosos semeja que no ven con buenos ojos el que los humanos disfruten a totalidad de la vida. En un «valle lágrimas», como que no se ve bien el placer.

Otro aspecto curioso de las religiones es que favorecen 2 cosas que siendo en sí contrarias, son no obstante las dos buscadas por los Dioses. Las religiones, tal y como terminamos de decir, unen a las personas tanto física (recordemos la grandes concentraciones religiosas en los santuarios) como ideológica o bien mentalmente. Mas al tiempo que consiguen esta unión (cosa que como vimos es conveniente mucho a los Dioses) logran la desunión y incluso el odio cara todos aquéllos que no piensan igual, por profesar una religión diferente.

Enseguida vamos a hablar de este aspecto.


Guerras


Dejemos por un instante la consideración sobre el fenómeno religioso, y fijémonos en otra de las grandes estrategias que los Dioses han utilizado durante toda la historia humana para lograr lo que desean. Y digo que lo vamos a dejar momentáneamente, pues enseguida volveremos a insistir en la religión, en tanto que aún queda mucho que decir de ella como invención y también instrumento de los Dioses, y pues tiene mucha relación con el tema que de forma inmediata trataremos.

Me refiero a las guerras. Un visitante de otro planeta evolucionado, que viniera al nuestro y se interesara por saber cuál ha sido la historia de los hombres sobre este planeta, se quedaría pasmado frente a un hecho tan repetido, tan absurdo, tan doloroso, y tan perjudicial como son las guerras. Y pese a ello y contra toda razón, la historia humana está infestada de guerras de todos tipos.

Hoy día, cuando tenemos una tecnología muy compleja, la ponemos toda al servicio de la guerra y somos capaces de matar más gente en un segundo, de lo que ya antes matábamos en un siglo. La electrónica, la química y la ingeniería más avanzada, ya antes de ponerse al servicio de la gente común a fin de que mejoren sus vidas y faciliten su trabajo, caen en poder de los individuos que en todos y cada país ocupan las altas situaciones militares, y se ponen incondicionalmente al servicio de la guerra.

Los «Pentágonos» de cada país —en los que no es extraño que haya individuos con mentalidad paranoide— planean esmeradamente las matanzas humanas que ocasionalmente deberán hacer, como es lógico por motivos «patrióticos». Todos y cada uno de los que planean y dirigen las guerras, (y caso de que no fueran suficientes los militares, «Dios» nos manda habitualmente civiles como Ronald Reagan), creen ser unas muy, muy dignas personas que actúan por altísimos motivos.

Nunca he entendido la «mentalidad castrense», ni me he explicado de qué manera personas sinceras, puedan seleccionar gustosa y de manera voluntaria, la «carrera de las armas». Los militares, lo mejor que pueden hacer, es no hacer nada. Por el hecho de que si hacen lo que saben hacer, van a hacer la guerra. Y la guerra — el día de hoy más que nunca— la guerra de bombas y de balas, y de apetito y de sangre es siempre y en todo momento mala.

Por lo tanto ¿por qué razón elegir una carrera cuyo fin natural es la violencia y cuya culminación lleva a la destrucción y a la muerte de otros humanos?

Pero ya afirmamos que lo que se tiene en psique para cohonestar; la guerra, es la patria, en torno a la que la psique humana ha sido esmeradamente manipulada y condicionada desde el nacimiento, hasta el punto de perder toda noción de perspectiva, y ver a todos los que no son compatriotas, más como unos contrincantes en potencia que como humanos precisamente iguales nosotros.

Hete aquí lo que A. Einstein piensa sobre el particular: «Con esto paso a charlar del peor engendro que haya salido del espíritu de las masas: el ejército, al que odio. Que alguien sea capaz de desfilar muy campante al ritmo de una marcha, es suficiente para que merezca mi desprecio; puesto que ha recibido cerebro por error: le es suficiente con la medula espinal. Habría que hacer desaparecer cuanto antes a esa mácula de la civilización. ¡De qué forma detesto las proezas de sus mandos, los actos de violencia sin ningún sentido, y el dichoso patriotismo! ¡Qué insolentes, qué abominables me semejan las guerras! ¡Ya antes me dejaría recortar en pedazos que tomar partido en una acción tan despreciable!»

(Albert Einstein. «Mi visión del mundo». Tusquets editores. mil novecientos ochenta Barna).

Si, como afirmamos, lo que los Dioses por una parte procuran es dolor, excitación y terror, como medio a fin de que los cerebros humanos generen las ondas que a ellos les resultan de interés, y si por otra parte, lo que desean es vidas humanas partidas violentamente, y mejor si es con derramamiento de sangre, entonces deberemos estar conforme en que la guerra es otro instrumento idóneo para sus fines.

Imagínese el lector, en una cualquiera de las infinitas grandes batallas de que nos habla la historia, un campo sembrado de cadáveres y de hombres heridos y agonizantes, desangrándose de manera lenta.Y recuerde el lector que en un caso así, «imaginar» no desea decir inventar con su imaginación, sino más bien simplemente rememorar un hecho o bien cientos y cientos de hechos que sucedieron en la realidad.

Imagínese ¡qué banquete, para estas sanguijuelas y para estos dráculas del espacio! Y ¡qué bien han sabido comerle el cerebro a tantos excelentísimos de la historia, hasta llegar a persuadirlos de que la defensa de la democracia, el honor, la dignidad, la patria, los valores morales, la hacienda o bien la religión, demandaban una matanza! Y nuevamente estamos barajando la palabra religión. Por el hecho de que, guste o bien no, la religión ha sido una de las mayores causas de guerras que hallamos en la historia.

Con el agravante de que las guerras religiosas son unas guerras que tienen en sí una ferocidad singular. ¡Se trata nada menos que de erradicar a los contrincantes de Dios! Y para proteger la honra de Dios todo es legítimo, (cuando menos eso piensan todos y cada uno de los entusiastas), las crueldades que se cometen en las guerras de religión no tienen paralelo.

Protestantes contra católicos y a la inversa, mahometanos contra cristianos, hindúes contra mahometanos, hebreos contra amalecitas y demás pueblos de la «tierra prometida», y todo el planeta contra los judíos. Y en las propias religiones, los entusiastas constituidos en autoridad, organizando toda suerte de tribunales eclesiásticos, Santos Oficios o bien Inquisiciones para, siempre y en toda circunstancia representando a Dios y defendiendo su doctrina, terminar con todos y cada uno de los herejes, hechiceros, alumbrados y reformadores. Se habla por los codos de la Inquisición de España, y con razón, mas la gente no sabe de las fieros Inquisiciones protestantes y de las no menos «santas» inquisiciones islámicas en las que en ocasiones ardieron los más fervientes servidores de Mahoma.

Y esto no es cosa del pasado. En la actualidad, como restos de la negra historia de las guerras religiosas y de las guerras santas, tenemos los casos de Irlanda del Norte en donde el odio religioso —y cristiano por más señas— tiene ya caracteres de enfermedad mental, y es como el residuo de toda la batalla patriótica que se ventila en la superficie; el caso de la India contra el Pakistán (hindúes contra mahometanos), el caso de Van a ir-Irak, pues dentro del Islam hay exactamente las mismas guerras fraternales y santas que tenemos en el cristianismo.

En los manuales de historia que estudiamos en nuestra juventud, recordamos de manera perfecta aquellos aburridos episodios dedicados a las que se llamaban «Guerras Religiosas».

Las religiones, que habían empezado predicando el «amaos los unos a los otros», y siendo el nudo de unión de muchos pueblos entre sí, decaían en odio cara los que tenían exactamente la misma idea de Dios, y en algo tan absurdo en sus términos, como son las «guerras santas», con las que los mahometanos anegaron de sangre, a lo largo de 8 siglos, a 3 continentes.

He acá la forma cándida con que la Liga B'nai Brith (contra la difamación antijudía) enfoca todo este tema —dándonos la razón— en su folleto «Hechos relativos a las patrañas sobre los judíos»:

Estas increíbles palabras, que resumen fanatismo, son comentadas de esta forma, por el creador OID M. Gras en su libro «Deceptions and Myths of the Bible» (Bell, N. York):

En cierta forma las guerras son la culminación de todas y cada una de las estrategias de los Dioses; y muchas de las otras que vamos a estimar ahora, no son sino más bien pasos anteriores o bien preparativos que poquito a poco nos llevan a las guerras, pues en ellas es donde el hombre genera precisamente lo que de él desean los Dioses.

Pasemos ahora a estimar otra de estas estrategias que han sido y prosiguen siendo hoy en día causa de muchas guerras y que son uno de los primordiales obstáculos a fin de que los hombres nos comprendamos mejor.


Patrias


Un tanto más arriba, tocamos de forma somera el tema de las patrias. Si ahondamos un tanto en este tema, que para muchos individuos de psique cerrada es un tema «sagrado», vamos a echar de ver enseguida que, pese a la solemnidad y de la sacralidad de que se lo ha querido ungir, es algo absolutamente artificial y fruto, en muchas ocasiones, de puras ambiciones de caudillos del pasado, o bien de puros accidentes geográficos, o bien simplemente de la fortuna.

Un pequeño ourensano, por poner un ejemplo, imbuido con lo que oye en el hogar, y adoctrinado en la escuela con las enseñanzas tradicionales, de forma automática va a deber extender su amor unos quinientos quilómetros cara el Este, esto es a todos y cada uno de los habitantes de España que viven en esa dirección; ciento cincuenta km. al Norte y cien al Oeste, por el hecho de que allá se termina la patria y empieza el mar; y deberá llevar cuidado en ser realmente parco en su amor cara el Sur, pues en esa dirección están enseguida los portugueses; ¡y estos son extranjeros!; más bien—según los patrióticos manuales de la escuela—fueron unos traidores y también desagradecidos, puesto que se apartaron del regazo de España.

Como dato histórico hay que decir que Portugal y España serían el día de hoy una enorme nación ibérica, de no ser por las necedades de Felipe IV que llenaron la paciencia de los portugueses.


¡Y resulta que los portugueses del Norte, son considerablemente más próximos racialmente, históricamente y hasta lingüísticamente a los ourensanos, que los valencianos o bien los catalanes, hasta los que el pequeño debe extender su amor! Las líneas fronterizas de /as naciones, que vemos en los mapas, no son más que la absurda caligrafía de la historia.

Es curioso de qué manera este sentimiento, hasta determinado punto lógico natural, de querer a los que uno tiene al lado, se hace patológico irracional, propenso al menosprecio de los «extranjeros», y curiosa psique se amolda con precisión a unos límites que en muchos casos son antinaturales y en otros muchos han sido trazados por aventureros ambiciosos o bien por bellacos ilustres. Y es asimismo curioso ver de qué manera los hijos de los emigrantes, con unas milenarias raíces étnicas y lingüísticas plenamente diferentes, acostumbran a ser más patriotas que los autóctonos del país, olvidándose muy rápida psique del originario país de sus ancestros.

Uno no puede menos de tener la impresión de que hay algo o bien alguien que manipula este sentimiento —que, como hemos dicho, es lógico— y lo exacerba y exagera hasta transformarlo en irracional, de forma que se defiendan con más ardor los defectos de la patria, que las virtudes de la nación vecina.


Diversidad de lenguas


Y al lado del fenómeno de las patrias tenemos otro hecho histórico omnipresente, que aunque tiene su aspecto de manera perfecta natural, tiene otra cara en la que se puede asimismo sospechar la disimulada intervención de los Dioses: la gran diversidad de lenguas que se charlan en el planeta.

Los lingüistas tienen sus explicaciones válidas para persuadir nos de que el proceso de la creación de lenguas es un proceso natural, y no tenemos inconveniente ninguno en aceptarlo. Mas debemos rememorar lo que previamente hemos dicho: Los Dioses, en sus interferencias en las vidas de los hombres, emplean en muchas ocasiones los fenómenos naturales para conseguir lo que desean, sin que los hombres caigamos en la cuenta de su intervención; no caemos en la cuenta de su juego, exactamente por el hecho de que pensamos que el fenómeno es de manera perfecta natural, cuando realmente, sin parar de ser natural, ha sido, en cierta forma, forzado y manipulado para conseguir con él lo que pretenden.

Y a la inversa, muy frecuentemente fenómenos que son absolutamente naturales, —pero ignotos por nosotros— nos los presentan como «milagros» o bien hechos portentosos debidos a su gran poder, con lo que nos impresionan y nos fuerzan a hacerles caso.

Pero volvamos al fenómeno de la diversidad de lenguas. Le confieso al lector que tenía un tanto olvidado lo que la Sagrada Escritura afirma sobre este particular, y cuando fui a consultarla, para poder ver qué era lo que afirmaba, me hallé con lo siguiente:

Por supuesto que no me apoyaré en este texto para «probar» lo que digo. Dado mi pensamiento sobre la Sagrada Escritura sería una total contradicción.

Pero no deja de ser curioso que la Sagrada Escritura corrobore de una forma tan atrevida una idea que había asaltado a mi psique como una consecuencia lógica de otros muchos hechos de los que no podemos tener duda alguna. Y de paso, observe el lector el talante de nuestro «padre» Yahve perpetuamente receloso de la dicha y del progreso de los hombres, y perpetuamente al acecho para poder ver exactamente en qué los podía fastidiar. (Como no fuera a sus pequeños mimados los israelitas, a los que pese a ello, les propinaba asimismo con determinada frecuencia sendos golpazos).

La última oración que vemos en el texto convocado es la consecuencia lógica de la diversificación de las lenguas: el «no entenderse» esto es, la carencia de comunicación, favorece considerablemente no solo la separación física, sino más bien asimismo la separación anímica, lo que puede decaer en último caso —y en verdad ha corrompido--en odios, equívocos y guerras.

De las lenguas podemos decir lo mismo que afirmamos de las religiones: si por una parte son un instrumento para unir a los pueblos, por otra parte lo son para separar a estos pueblos de otros que charlan otras lenguas diferentes.

Y asimismo deseo hacer apreciar una cosa: la hasta el momento insuperable complejidad que ha existido a fin de que los hombres nos pusiéramos conforme para crear una lengua común. Nos hemos puesto conforme en cosas que acarreaban una mayor complejidad (pesas y medidas, línea del tiempo, calendario, zonas aéreas y marítimas internacionales, telecomunicaciones, etcétera) mas todos y cada uno de los tímidos intentos que en las Naciones Unidas ha habido para hallar una lengua común, han fracasado incluso ya antes de ser tomados con seriedad en consideración.

Vemos las fuertes razones que hay a fin de que las respectivas naciones se nieguen a desamparar sus actuales lenguas, mas no se trata de eso. Se trata simplemente de que los lingüistas hagan de una forma más completa y profesional, lo que el doctor Esperanto procuró hacer ya hace un siglo, o sea, creen una nueva lengua artificial y neutral que sea utilizada como la segunda lengua por todos y cada uno de los habitantes cultos del planeta.

Cada uno, de exactamente la misma forma que cada nación, proseguiría utilizando su lengua; mas en las relaciones internacionales la nueva lengua sería la única que se emplearía. Y del mismo modo, los turistas y todos los que por negocios tuvieran que salir de su patria, no deberían estar aprendiendo diferentes lenguas (sin llegar a aprender bien ninguna) sino concentrarían sus sacrificios en aprender esta lengua internacional con la que podrían comprenderse en cualquier una parte del planeta.

Además esta lengua, creada artificialmente y por especialistas, podría ser considerablemente más fácil, sin las irregularidades y también infinitas salvedades que infestan todas y cada una de las lenguas, sin que por otra parte, perdiera su capacidad de expresar cualquier idea o bien sentimiento humano. Con el tiempo esta lengua iría transformándose en la lengua frecuente del planeta conforme la creciente movilidad de los humanos fuera obligándolos a utilizarla cada vez con una mayor frecuencia.

Pero, contra toda lógica, los grandes líderes del planeta, jamás han querido prestarle atención alguna a algo tan enormemente útil para la humanidad. Prefieren continuar en sus politiqueos, en su buena vida a costa del pueblo, y en sus juegos de poder, en los que dan brida suelta a su paranoia. (Pues no se puede negar que hoy día, querer ser el líder de ciertas grandes naciones, significa de forma automática tener una regular dosis de paranoia o bien de masoquismo).

Y ya antes de salirme del tema de las lenguas como instrumento de los Dioses para dividir y poner a batallar a los hombres entre sí, deseo comunicarle al lector este muy curioso hecho: entre los toltecas mexicanos, existió la tradición de que sus ancestros procuraron edificar una enorme pirámide, y mientras que estaban en su empeño, la gente empezó a charlar súbitamente de forma diversa a como lo había hecho hasta entonces; de tal forma, que no se podían comprender entre sí y por este motivo debieron desamparar la construcción de la pirámide.

Los detalles sobre esta tradición han llegado hasta nosotros de una forma muy imprecisa mas nada nos extrañaría que los familiares trasatlánticos de Yahvé actuaran lo mismo que , en circunstancias similares.


Razas


Otra de las posibles estrategias de que los Dioses se han valido para conseguir que los hombres no nos comprendamos y peleemos entre nosotros, son la diversidad de razas que existen en la humanidad.

Confieso que en este particular tengo menos hechos en que apoyarme, mas no faltan ciertos que nos señalan que la mano de los Dioses ha tenido bastante que ver en toda esta gran diversidad de razas que vemos entre los hombres.

La creencia bíblica de que todos venimos de una sola pareja, creada de manera directa por exactamente el mismo Dios en el paraíso, es algo completamente infantil. Las distintas razas humanas han ido apareciendo en la superficie del planeta durante millones de años.

Antes de entrar en el tema, deberemos aceptar, nuevamente, que el hecho de que haya diferentes razas humanas tiene explicaciones naturales de forma perfecta lógicas. Mas de nuevo, nos hallamos con determinadas peculiaridades que nos hacen sospechar que los Dioses han metido su mano en un proceso natural.

Lo primero que las diferencias raciales nos hacen ver con toda claridad es la pluralidad de sus orígenes. Las «primeras parejas» aparecieron en temporadas diferentes y en lugares diferentes del planeta. Cuando ya algún antropoide o bien conjunto de antropoides estaban a puntito de dar el salto o bien dicho en otras palabras, cuando entre ellos empezaban a aparecer mutantes, entonces intervenían los Dioses para programarlos genéticamente, de forma que su evolución y su comportamiento fuera como a los Dioses les convenía.

En verdad el Popol Vuh (las Sagradas Escrituras de los quichés) habla de diferentes tentativas «de los señores» para crear al hombre y hasta nos habla de intentos errados.

Cuando digo que las razas aparecen en la Tierra tras un proceso natural, me refiero a una evolución natural de otras especies no inteligentes. No obstante creo que las claras diferencias entre unas razas y otras, se deben no solo a factores naturales sino más bien asimismo a la intervención de diferentes «seres superiores», con mayores o bien menores poderes y con diferentes propósitos en psique.

Me imagino que a muchos todo esto les suene a pura fantasía. Mas les suplico que mediten sobre este hecho paralelo del que no tenemos la más menor duda.

Considere el lector la diferencia que hay entre un cánido mastín o bien un alano (con una extensión de prácticamente un metro), y un chihuahua. Todos son perros y en teoría podríamos conseguir la fecundación de una hembra de mastín por un macho chihuahua (si alguien hubiera tan ocurrente que consiguiese semejante «misión imposible»).

Puesto que bien, ¿quién ha hecho tales diversidades de perros, que tienen un origen genéricamente común? Lo ha hecho un Dios: el Dios de los perros. Y ¿quién es el Dios de los perros? El Dios de los perros tiene por nombre hombre.

Los hombres, durante los siglos, hemos intervenido en la capacitación de sus razas conforme a nuestros gustos o bien a nuestras necesidades. Hemos conseguido perros para los distintos géneros de caza, perros para proteger la casa, perros para carreras, perros para conducir a las ovejas, perros de pata cortísima y muy mal genio (la familia de los salchichas) a fin de que se meta en las huras y saque a los tejones y zorros, y hasta perros a fin de que nos hagan compañía subidos en un cojín y ocupando poco lugar.

Los perros no se dan cuenta de esto; mas lo peor es que los hombres tampoco se percatan de que a ellos asimismo los han manipulado de muchas formas.

Volviendo a las diferencias entre los humanos, otro hecho que llama la atención, es el ver de qué manera las distintas razas se limitan tan de manera perfecta a los continentes. África es el continente de los negros; América (que lejos de ser el Nuevo Planeta, es el sitio donde se han encontrado los más viejos restos humanos, con mucho) es el continente de los hombres de piel atezada, que si bien tengan bastantes diferencias, no obstante tienen mucho en común; en la mayoría de Asia, el rasgo común son los ojos oblicuos y finos, en la India nos hallamos con un color de piel y una fisonomía peculiaridades.

Además podríamos apuntar una o bien 2 razas mediterráneas; y finalmente, los rubios: un pueblo sin prehistoria, que desde las nieblas del norte de Europa, penetró violentamente en la historia hace poquísimo tiempo, y que en nuestros días, hablando de una forma general, son los que dominan el planeta. Se afirmaría que son la última creación de los Dioses y hasta los más similares a ellos, tal y como los describen los escritores helenos y romanos, y tal y como los han visto muchas veces hoy día, descendiendo de sus automóviles preferidos, los ovnis.

Este es, descrito de una forma muy simple, el panorama las razas humanas, y vuelvo a decir que no tengo «pruebas» como las que se solicitan en un tribunal, y hasta es posible que me confunda en ciertas de mis consideraciones.

Pero de lo que no tengo dudas, es de que mi opinión sobre la aparición del humano en el planeta, considerado de una forma general, esta considerablemente más cerca de la realidad, que las infantilidades que nos dio la religión o bien que las simplezas que nos afirma la ciencia oficial, que niega a aceptar un sinnúmero de patentizas que nos persuade que la antigüedad del hombre sobre la Tierra es mucho mayor de lo que dice.

Le aconsejo al lector, que lea o bien repase la larga Nota al pie de página, que se halla en el capítulo «La Biblia, ¿palabra de Dios o bien inventos de los hombres?» de mi libro «Por qué sufre el cristianismo». En ella hallará datos fieles que nos afirman que en la Era Secundaria ya había hombres como nosotros en el planeta; y si tenemos que ser coherentes con lo que hemos hallado, seguramente ya antes, por más que la ciencia oficial se escandalice.

 


Deportes


Fijémonos ahora en otro fenómeno universal que contraste considerablemente con el que terminamos de analizar: los deportes. La organización internacional de los deportes acarrea una gran cantidad de contrariedades, exactamente por ser todo el tema competitivo en sí. Puesto que bien, nos hallamos con que los deportes tienen una organización internacional que quisiesen para si exactamente las mismas Naciones Unidas.

Las indicaciones y órdenes manadas del Comité Olímpico Internacional o bien de la FIFA, por poner solo 2 ejemplos, son obedecidas considerablemente más esmeradamente que las condenaciones, embargos o bien resoluciones emitidas por las Naciones Unidas, que con mucha frecuencia son rechazados por los países contra los que se dirigen.

La enorme cantidad de preparativos y de gastos que acarrean unos JJ. OO., podría hacer meditar que serían un obstáculo insuperable para su celebración. Y no obstante, vemos con qué regularidad cada 4 años, todas y cada una de las naciones del orbe, pese a estar enzarzadas en incontables disputas y hasta guerras, se dan cita en un sitio para competir en un sinnúmero de deportes.

Pero se me va a poder consultar ¿qué relación tienen los deportes con los Dioses? o bien ¿exactamente en qué se favorecen estos de su buena organización?

Recuerde nuevamente el lector lo que habíamos dicho que los Dioses pretendían primeramente, para conseguir de esta manera lo que en último caso procuran. Pretenden unir a la gente y excitarla de alguna forma para de esta forma conseguir de una forma unificada la energía que mana de sus cerebros. Imagine ahora el lector un estadio un domingo a las 3 o bien 4 de la tarde, lleno de gente voceando y chillando hasta enronquecer, presos de la sofocación o bien de la ira, si su equipo pierde, y alegres de alborozo si su equipo gana.

Y crea que a cuarenta o bien cincuenta quilómetros de distancia, en la urbe más próxima se repite exactamente el mismo espectáculo; y si pudiera remontarse hasta una enorme altura y tener una vista de águila, vería que en toda la nación, en ese instante, hay cientos y cientos de campos de deportes y de estadios llenos de gente voceando con exactamente el mismo entusiasmo. Y si se eleva todavía más, va a ver que no solo en su nación, sino más bien en toda Europa hay miles y miles de campos llenos de gente alegre o bien aullante.

Lo mismo que las abejas o bien los abejorros se suspenden en el aire sobre la flor, chupando el néctar que esta destila, nos imaginamos a estos invisibles seres meciéndose sobre los estadios, con su propio balanceo, mientras que «chupan» las muy sutiles radiaciones que en aquellos instantes manan de los excitados cerebros de toda aquella masa humana.

Y esto, domingo tras domingo y un año tras otro, por encima y al lado de todas y cada una de las crisis económicas, sociales o bien políticas; y hasta por sobre las contrariedades climatológicas en tanto que es cosa bastante usual, que los partidos se festejen en días ventosos y con temperaturas en negativo, o bien con los campos mojados y incluso con nieve, como sucede en el futbol de Norteamérica.

Cruzar los telones de acero y las complejas aduanas que nos apartan de los países marxistas, no es cosa fácil; no obstante, para el deporte no existen semejantes trabas, y lo que no consiguen comisiones de comercio o bien culturales y conjuntos turísticos, lo consiguen con toda sencillez equipos enteros de atletas, tanto en una dirección como en otra.

Puede ser que el enorme confrontamiento bélico Rusia-U.S.A., reviente mientras que se está festejando una enorme final de baloncesto entre los dos países, en el Madison Square Garden; mas en las dos circunstancias, los grandes favorecidos van a ser los Dioses; y los ingenuos mortales, no vamos a hacer que proseguir las reglas de conducta que nos han trazado.

Piense durante un momento el lector en la llamada «fiesta nacional» (y que conste no soy un contrincante de ella, sin ser tampoco un apasionado). ¡Qué estrategia excelente de algún Dios ibérico para lograr exactamente lo que todos desean!

Un chisme atestado de humanos, agrupados y vociferantes, enfervorizados por una parte por las bravas embestidas del toro, y angustiados por otro, frente a la posibilidad de una cogida mortal. Cada grácil quiebro del diestro produce una onda psíquica, gigante y rítmica, que sale de la plaza y se eleva invisible cara las alturas. Y para rematar la enorme faena que los Dioses nos hacen, en el medio del ruedo —como en un altar imponente— un bello toro! (¡precisamente igual al que los Dioses demandaban de sus adoradores de otrora!), soltando chorros de sangre caliente y entregando violentamente en segundos su pujante vida al borde del estoque.

Los hombres jugando con el animal, y los Dioses jugando con el hombre. Mas el hombre no se da cuenta.

Para acabar este tema, insistiré en que practicar el deporte, es una cosa absolutamente natural en los seres humanos; mas una tal organización tan perfecta y tan eficaz (en un planeta tan desordenado y en el que tantas grandes instituciones marchan tan mal), que consigue atestar una semana tras otra, infinidad de estadios, de humanos excitados, es una cosa que lo llena a uno de muchas sospechas.


Grandes fuegos


Un último fenómeno utilizado por los Dioses para lograr lo que procuran en nuestro planeta. Un fenómeno que le va a extrañar al lector, por el hecho de que seguramente jamás sospechó que pudiera tener tal trastienda, si bien estoy seguro que más de una vez va a haber pensado en él con determinada sofocación o bien, si no vive en el campo y no puede ser perjudicado por él, con algo de curiosidad. Me refiero a los grandes incendios forestales.

De nuevo, es posible que me confunda en esto, mas hay en este fenómeno, cuando se considera globalmente, muchas circunstancias extrañas.

Hace ciertos años, cuando los incendios forestales veraniegos formaban, no solo en España sino más bien en toda Europa, una auténtica preocupación, escribí un artículo titulado «¿Quién quema los montes?».

La gaceta a la que iba destinado, no consideró prudente publicarlo pues creyó que era demasiado valiente. El día de hoy, tras múltiples años, cuando los incendios forestales se han transformado en una pesadilla en ciertas naciones, sin que ni las autoridades, ni los técnicos hayan sido capaces de hallarle una causa o bien una solución, me reafirmo más en mi sospecha de que tras causas realmente naturales, puede estar la mano o bien el aliento de ciertos de estos «Dioses», para avivar las llamas. Y habitualmente, creo que no ha habido ninguna causa natural sino de manera directa —y en ocasiones descaradamente— fueron los incendiarios.

Antes de transcribir unas partes del artículo a que me referí, debo recordarle al lector lo que afirmé al final del capítulo precedente sobre la energía vital que se libera cuando la materia viva se desintegra violentamente. La materia vuelve a la tierra, mas la vida que la empapaba, se desprende y se libera en forma de radiaciones o bien de ondas de una gran frecuencia, (plenamente incaptables por los instrumentos con que cuenta la ciencia).

Cuando se queman cuerpos de animales, esta energía se desprende veloz y en abudancia, al paso que cuando se quema materia vegetal, se desprende en mucha menor proporción y de ahí que para conseguir alguna cantidad considerable de esta sutil energía hay que abrasar grandes cantidades.

Tengo que confesar —comenzaba mi artículo— que fue una circunstancia trivial lo que me animó a poner por escrito mi sospecha de que los incendios forestales no eran tan naturales como aparentaban ser. Fue un hecho que me sucedió, unos días ya antes en una montaña gallega, zona en la que exactamente se dan con gran exuberancia estos incomprensibles incendios.

Caminaba yo con 2 ancianos por un bosque de pino hablando del gran riesgo que el día de hoy formaban los incendios de montes, cuando la anciana afirmó espontáneamente:

En labios de la anciana, aquella oración era solo un instintivo eco con que repetía maquinalmente lo que con total seguridad habría oído muchos años atrás a sus progenitores, y realmente no supo explicarme por qué razón lo afirmaba.

Pero en mis oídos aquello dio pábulo a sospecha. Insisto en que solo son sospechas, mas por otra parte existen muchos hechos que dan fuerza a estas sospechas; hechos que proceden de campos, temporadas y latitudes diferentes.

El año mil novecientos setenta y nueve se reunieron en Ourense un conjunto de especialistas relacionados con la industria de la madera y por ende preocupados por la enorme cantidad de incendios forestales; el fin de la asamblea era, sobre todo, llegar a algún pacto sobre como podía ser su origen. Las conclusiones a que llegaron fueron de concertantes: hallaron nada menos de catorce posibles causas.

Pero «quod nimis probat, nihil probat»: lo que prueba demasiado, prueba nada.

Catorce causas eran demasiadas causas para tomarlas de verdad y en cierta forma se destrozaban unas a otras. realidad eran 14 teorías agobiadas para explicar un hecho incomprensible.

Yo no niego que un bosque pueda arder por causas completa psique naturales, como son la acción de un pirómano, la colilla de un irresponsable, una descarga eléctrica, etcétera Mas ninguna de esas causas y ni tan siquiera todas y cada una reunidas, son capaces de explicarnos la gran cantidad de incendios que estos últimos años se han des encadenado no solo en España sino más bien en otras muchas naciones del planeta.

Una de las causas que a lo largo de un buen tiempo se aceptare como posible explicación, fue que los vidrios o bien botellas, y de manera especial los fondos de las botellas rotas descuidadas en el monte hacían de lupa, concentrando los rayos solares y empezando de este modo el incendio.

Esta causa fue estudiada en los U.S.A. de una forma singular por una Universidad del Oeste, en donde asimismo se dan con mucha frecuencia estos grandes incendios incomprensibles, y se encontró que de unas cinco mil pruebas que se hicieron (abandonando fondos de botellas en lugares en donde con determinada sencillez pudiesen haber provocado un incendio) ninguna resultó en un incendio real. De la mayor parte de las otras «14 causas orensanas» podría decirse algo similar.
Sí hay que reconocerle una fuerza mayor a las colillas lanzadas por irresponsables a los lados de la carretera, a los restos de fogatas de excursionistas y sobre todo a incendiarios sicópatas o bien a sueldo; mas ni todavía de esta manera queda explicado el extraño fenómeno con toda la extensión y exuberancia que ha ido alcanzando en los últimos años; y más, teniendo presente que ciertos de estos grandes incendios han empezado lejísimos de carreteras, en lugares a donde jamás llegan los turistas domingueros (que son los más peligrosos) y sobre todo teniendo presente la coyuntura de que, muy frecuentemente, los incendios han empezado simultáneamente o bien con poquísima diferencia de tiempo a todo lo largo de una montaña o bien cordillera.

He acá ciertos rastros que me han ido poniendo en la pista de que nos hallamos frente a un hecho paranormal de vastas dimensiones.

El año mil novecientos setenta y nueve, cuando viajaba solo por una zona montañosa en los límites de las provincias de Pontevedra y A Coruña, al coronar el alto de una montaña, me hallé de pronto con un incendio pavoroso que devoraba un pinar, con llamas de más de diez metros de altura y que avanzaba amenazador cara la angosta carretera por la que debía pasar.

Aquella visión dantesca —estaba anocheciendo— me estremeció, pues se daba la extraña circunstancia de que desde hacía cuando menos diez minutos, en toda aquella región caía una lluvia torrencial. Yo, frente al espectáculo de aquellas enormes llamas indiferentes al agua que caía, paré el vehículo y también procuré salir de él para persuadirme de que era cierto lo que veía. Solo pude poner el pie izquierdo en tierra por el hecho de que el mero intento de salir me dejó absolutamente empapado.

Recuerdo que estuve un rato con la ventana baja escuchando el amenazante crepitar de las llamas y contemplar aquel increíble espectáculo.

Como un dato extraño —uno más— que agrega fuerza a lo dicho en el texto, le afirmaré al lector que múltiples diarios españoles dieron la nueva de que solo en la provincia de Pontevedra había habido en un mes, cuarenta y siete incendios forestales registrados. Mas lo raro es que fue en el mes de febrero (!) (mil novecientos ochenta y cuatro) cuando había llovido en abudancia a lo largo de la mayoría de él.


Por mes de ser testigo de este hecho, presencié a miles y miles de quilómetros de distancia (en la ciudad de Los Ángeles, California) otro hecho extraño muy relacionado con este.

Desde uno de los distritos de aquella enorme urbe, pude ver de qué forma en un frente de unos quilómetros, ardía toda la cresta de Beverly Hills, extendiéndose el incendio hasta la ribera del mar. Este incendio fue conocido por el hecho de que entre las muchas casas que destrozó, estaban las de ciertos conocidos del cine. Lo curioso fue que las autoridades tampoco pudieron explicar de qué forma había podido empezar en tantos sitios simultáneamente y de qué forma se había podido extender de una forma tan veloz. Conservo los titulares de los diarios con las conjeturas y la extrañeza ante hecho tan destructor y tan incomprensible.

Esta creencia mía no es tan extraña como a primer aspecto pudiese parecer y tiene una gran cantidad de antecedentes y de apoye en el campo de la paranormalogía. El hecho de «producir incendios» es algo con lo que a cada paso nos hallamos los que nos dedicamos a la investigación del extraño planeta de lo paranormal

En Galicia hay unos extraños incendios que los campesinos llaman «ameigados» esto es, ocasionados por «meigas» o bien hadas (recordemos la «mala fáda» a la que se refería la campesina). Conozco los detalles de uno de estos fuegos en la provincia de A Coruña, en el que los dueños de una casa de labranza, con su pequeña finca alrededor, estaban en perpetua guarda frente a las llamaradas que afloraban, repentina y de manera espontánea, de cualquier esquina de la granja, devorando en pocos momentos todo cuanto se encontraba i alrededor y conminando con extenderse al resto de la propiedad si no sé asistía con prontitud.

No solo era pasto de las llamas la materia sencillamente comburente como la paja, sino el carro de labranza de madera sólida y muy curada, se vio súbitamente envuelto en llamas, quedando de él solo los restos carbonizados.

En los fenómenos de poltergeist, que estudiamos en parasicología, el agente que causa ruidos, ruptura de objetos, lanzamiento de piedras y toda suerte de fenómenos extraños, es asimismo el autor normal de incendios . Conozco el caso en que los bomberos de una pequeña urbe de los E.U., optaron por estacionar uno de sus camiones-bomba en frente de una casa en la que cada cuarto de hora se declaraba un incendio incomprensible.

En la demonología, —que no solo en la mentalidad popular, sino más bien en su profunda realidad, está vinculada con todos estos extraños fenómenos— el «causar fuego» es una cosa que continuamente se le atribuye al «demonio»; (y pongo «demonio» en comillas pues no acepto al diablo tal y como nos lo presenta el cristianismo, esto es, algo como un oponente personal de Dios. Lo acepto, sí, como uno de estos seres suprahumanos, de los que exactamente tratamos en este libro y cuyas manifestaciones acostumbran a ser negativas para los humanos).

Copio del libro de Nicolás Remy, publicado en mil quinientos noventa y cinco, el título del capítulo trece, del Libro 11:

N. Remy pone ejemplo tras ejemplo de semejantes fuegos que, conforme la mentalidad de aquellos tiempos, eran atribuidos al «demonio». Naturalmente en parasicología debemos saber distinguir realmente bien entre la explicación que los distintos pueblos y personas les puedan dar a estos hechos extraños, y la realidad indiscutible de los hechos mismos.

En la vida de San Juan María Vianney (un Santo francés del siglo XVIII) nos hallamos con que el «demonio» ocasionaba extraños y repentinos incendios en su casa, «furioso por el hecho de que el Santo no caía en sus trampas».

En el campo de la ovnística tenemos del mismo modo que los fuegos son cosa muy relacionada con estos enigmáticos visitantes; y hay que decir que no solo para ocasionarlos, sino más bien a veces hasta par apagarlos, por donde se ve que tienen gran dominio en esta materia. Mas hay que confesar que son considerablemente más rebosantes los casos en que estos intrusos espaciales en lugar de apagar fuegos, los ocasionan.

En la avalancha de mil novecientos setenta y cinco en Puerto Rico, en la que así como gran cantidad de ovnis, se vieron en el cielo otras extrañas criaturas similares a grandes pájaros, (fenómeno que asimismo ha sucedido en otras partes concomitantemente con el avistamiento de ovnis) conozco de cerca el caso en que una pequeña choza sobre la que se posó una de estas grandes «aves», reventó incomprensiblemente en llamas cuando el «ave» desapareció.

Pero el caso más moralizante en este particular, es el conocido «Fuego de Peshtigo» más conocido como el «incendio de Chicago», por haber sido esta una de sus consecuencias más conocidas. Bastante gente no sabe que exactamente la misma noche que ardió Chicago (ocho de octubre de mil ochocientos setenta y uno), ardieron otros muchos pequeños pueblos y incluso urbes como la el día de hoy concurrida Greenbay, en la que murieron cerca de tres mil personas abrasadas.

Y aquella noche ardieron enormes extensiones de terreno en, al menos, 7 estados de Norteamérica con una superficie como la mitad de la península Ibérica.

¿Causa de este fabuloso incendio?

Ni más ni menos que lo que el día de hoy llamamos un objeto volador no identificado. Una bola de fuego que cruzó por el norte y el noreste de los U.S.A. desde el estado de Nebraska hasta el de Pensylvania siguiendo una línea recta de no menos de dos mil quilómetros y ocasionando a su paso enormes conflagraciones en miles y miles de quilómetros cuadrados. Conforme los testigos presenciales, súbitamente bajaba del cielo un calor sofocante que ahogaba a todo aquel que se hallaba en descampado sin celebrarse en que refugiarse.Hasta acá, unas partes del artículo no publicado.

Desde entonces para aquí he seguido recogiendo datos que han acrecentado mis sospechas. Leemos en el "Excélsior" de México, del día veintinueve de Sept. de 1979:

Noticias como esta, pueden encontrarse por cientos en todos los diarios de una una buena parte de las naciones del planeta, sobre todo de aquellas en las que abundan los bosques.

En los instantes en que escribo estas líneas, un enorme incendio forestal ya hace 4 días que asuela bosques y pueblos en Australia, habiendo consumido las llamas hasta este instante una superficie aproximada de unos tres mil quilómetros cuadrados. Naturalmente, las personas que viven en las urbes apenas si se enteran de estas enormes conflagraciones y para ellas no pasa de ser una nueva más del periódico o bien de la radio.

Cuando en el año mil novecientos ochenta y dos crucé Portugal desde Oporto hasta la urbe de Cástelo Branco, lo hice por medio de quilómetros y quilómetros de montes absolutamente carbonizados en los que no quedaba indicio de vida. Brasil es muy seguramente la nación que cuenta con mayor cantidad de bosques vírgenes de una frondosidad inescrutable.

Pues bien, en la década de los años sesenta ardió una superficie de bosque equiparable a la superficie de toda España. Si bien en el caso del Brasil, se sabe de bastante gente interesada en esta práctica bárbara, con la intención de que los indios que por allá habitan se retiren más al interior del enorme Mato Grosso y dejen el terreno libre para los aprovechados. (Este genocidio ha sido denunciado varias veces en las Naciones Unidas; mas los militares que mal-rigen aquel país, están ocupadísimos torturando «comunistas» y líderes obreros y no tienen tiempo para esas pequeñeces).

Si bien es verdad que, como afirmamos previamente, va a poder en muchos casos encontrarse una causa a la perfección humana y natural para estos fenómenos, asimismo es certísimo que el caso de los incendios forestales es uno más de los casos en que estos seres «superiores» cubren sus actuaciones en nuestro planeta bajo las apariencias de fenómenos naturales, cuando realmente son fenómenos ocasionados o bien avivados por ellos; del mismo modo que, a veces, hacen todo lo opuesto, esto es, nos hacen pensar que algo es «sobrenatural», cuando realmente es algo de manera perfecta natural, mas debido a causas que ignoramos y que utilizan a su antojo para impresionarnos; (comenzando por sus personas, a las que nos han hecho venerar, tal y como si fueran o bien cuando realmente son solamente otros seres inteligente Cosmos).

Sin embargo hay casos en los que no tenemos duda de quienes han sido los autores de los fuegos. En líneas pasadas y aportado ciertos de estos casos.

Y a fin de que el lector vea que estos hechos no son solo cosa del pasado, transcribiré esta nueva aparecida en el diario Crónica de la ciudad de Buenos Aires, el día agosto de mil novecientos ochenta y dos (y referida a mí por el estudioso puertorriqueño Noel Rigau).

El titular del periódico es: «Un objeto volador no identificado incendiario Catamarca»; y unas partes de la extensa información afirman así:

El comunicado dado a través del Departamento de Relaciones afirma así:

Todavía prosigue el diario «Crónica» a lo largo de una columna entera dando más detalles del acontencimiento. Y por si acaso tuviéramos duda de que se trata solo de una nueva sensacionalista más, 4 días después el diario «Clarín», asimismo de la ciudad de Buenos Aires, abundaba más en el hecho tras su investigación:

El diario «Clarín» sigue su información aportando más testimonios de testigos presenciales y concluyendo con esta atemorizante descripción:

Por el contrario, a veces se ha visto a estos enigmáticos visitantes del espacio, apagar fuegos. Conozco de cerca un caso acontecido en Tolima (Colombia), en el que el rancho de una bien conocida cronista fue salvada de ser devorada por un incendio, merced a la oportuna y manifiesta intervención de un objeto volador no identificado. Cuando se encontraba aterrorizada, en compañía de una amiga, viendo de qué forma las llamas avanzaban devorándolo todo, y estaban ya a cortísima distancia de la casa, un aparato en forma de disco, se fue acercando poco a poco, a bajísima altura, cara las llamas.

En unos momentos se sintió un frío muy intenso que no solo la puso a ella a tremer, así como todos y cada uno de los peones de la finca que estaban combatiendo por impedir que el fuego avanzara, sino hizo que las inmensas llamas se extinguieran en pocos momentos. La propia dueña de la finca me explicó con sus detalles, de qué manera había sido todo el increíble acontencimiento, y me mostró un ejemplar del diario «El Tiempo» en el que había contado, en una página entera, todo lo sucedido.

Cuando en el año mil novecientos treinta y uno, hubo en el, por muchos conceptos, enigmático Mount Shasta (oeste de los E.U.) un enorme incendio forestal que avanzaba de manera rápida, devorándolo todo, por una de las laderas del monte, conforme muchos testigos, se vio aparecer una muy extraña bruma que incomprensiblemente lo detuvo. La señal en donde se detuvo el fuego, se pudo ver a lo largo de muchos años como una enorme curva de forma perfecta trazada en medio de la montaña.

Admito la posibilidad de que esté en un fallo y de que todas y cada una mis sospechas no sean más que imaginaciones mías.

Pero nuevamente, viendo en las Sagradas Escrituras y en la historia de muchos pueblos viejos, el interés y la insistencia que los Dioses tienen con la cremación de las ofrendas que demandaban, fueran estas animales o bien vegetales, me reafirmo en mis sospechas.


Cremaciones de vegetales en la Biblia


Y fíjese el lector que digo «ofrendas vegetales o bien animales» por el hecho de que la verdad es que los Dioses asimismo demandaban ofrendas y cremaciones de ciertos vegetales, en una cantidad y de una manera concretas, tal y como enseguida vamos a ver en los textos bíblicos.

Esto podría, a primer aspecto, parecer que se contraría con lo que afirmamos de que la materia vegetal desprende en menor cantidad estas ondas (la vida) cuando es quemada, y de ahí que hay que abrasar grandes cantidades de ella simultáneamente, a fin de que genere una cantidad de energía considerable o bien aprovechable para los Dioses.

Esto, sin dejar en caso de ser cierto, puede realmente bien compatibilizarse con la parvedad y la selectividad que vemos en las ofrendas vegetales demandadas por Yahvé. Recurriendo nuevamente a las comparaciones, podemos ver que los hombres consumimos grandes proporciones de determinados vegetales (harinas, granos, etcétera), al paso que de otros apenas si ingerimos cantidades infinitesimales, como son las condimentas con las que sazonamos nuestras comidas.

La energía producida por la conflagración de un enorme bosque, podría ser un «alimento» común y vulgar para muchos de estos seres en un instante determinado, al tiempo que el abrasar ciertos vegetales deliciosos, en cantidades concretas, y en instantes y de modos muy ciertos, podría ser como el condimento conveniente para la cremación de animales (que es lo que forma la parte esencial de la ofrenda querida por los Dioses).

Puesto en palabras más precisas, las ondas poco comunes que desprenden algunos vegetales al quemarse en determinadas proporciones, sintonizan con las que se desprenden de la cremación de la materia animal, generando en conjunto una vibración que es en especial agradable para los «paladares» de determinados espíritus más refinados. Y, a lo que semeja, tanto Yahvé como los jefes de todas y cada una de las bandas de «elohim», eran una suerte de «gourmets» espaciales.

Vea el lector con qué delicia ordena Yahvéque le sean hechas las ofrendas vegetales; da la sensación de que le está dictando a Moisés recetas de alta cocina con sus medidas exactas:

En las ofrendas cada día de por la mañana y por la tarde, así como los animales que había que sacrificar y abrasar, Yahvé demandaba sin falta, la «ofrenda de cereal», que consistía en la 10a. una parte de un «efá» (una medida hebrea) de harina fina, mezclada con 1/4 de «hin» (otra medida) de aceite de aceitunas machacadas, y además de esto había que ofrecerle una libación de 1/4 de «hin» de vino.

Pero Yahvé especificaba bien sus recetas; pues cuando era un toro el animal que se ofrecía, entonces con él había que ofrecer tres décimos de harina tamizada, mezclada con aceite de oliva; si en lugar de un toro era un carnero, entonces la cantidad de harina que había que ofrecer era dos décimos; si era un cordero, 1 décimo y si era un macho cabrío, entonces no había que ofrecer nada con él. Las cantidades de vino cambiaban asimismo conforme al animal que se sacrificase.

Pero no solo eso; Yahvé bajaba a más detalles. Las ofrendas de cereales debían ser siempre y en todo momento sin levadura; había que agregarles algo de incienso; debían ser con aceite de oliva; había que echarle sin falta, sal («toda ofrenda debe ser con sal»), y jamás había que agregarle miel.

Además especificaba:

Y todo ello para ser quemado en la fogata con las ofrendas, como aliño. Lo raro es que las peculiaridades que conocemos de las ofrendas que los Dioses mesopotámicos demandaban a sus pueblos, se semejan enormemente a estas que vemos demandadas por Yahvé; no solo en el grueso de las ofrendas y de las cremaciones de animales, sino más bien asimismo en estos detalles o bien caprichos de demandar tal o bien como yerba o bien líquido así como la ofrenda animal.

Esto nos hace sospechar mucho en la igualdad de Yahvé con todos los otros «falsosDioses» y nos da la explicación de sus tremendos celos hacia ellos.


Cremaciones de animales en la Biblia


Cuando bajo el mando de Yahvé a Moisés a propósito de la cremación de animales en el altar, podríamos completar páginas:

Son inacabables los pormenores que Yahvé le dio a Moisés sobre de qué manera debía abrasar las ofrendas, cuáles eran holocaustos y de cuáles podían comer en parte los sacerdotes, etcétera

Pero aún hay más características particulares.

A veces semeja que la impaciencia de Yahvé era tanta por sentir el «suave fragancia tranquilizante» de que nos charlan los textos, que sin aguardar a que los quemaran, bajaba mismo a quemarlos, para captar de cerca lo que de ellos quería:

Y más adelante en el libro del Levítico:

En esto semeja que hay un paralelo con lo que previamente afirmamos de las matanzas de animales.

Da la impresión de que tanto en los sacrificios sanguinolentos como en los holocaustos, al no haber actualmente, entre los pueblos civilizados, quien le haga caso a Yahvé ni a ninguno de los otros Dioses en lo que se refiere a sacrificarles animales y quemarles ofrendas de materia viva, mismos se intentan los sacrificios y los holocaustos; en el caso de los primeros, yendo a las granjas a matar animales, y en lo que se refiere a los holocaustos, provocando los inmensos incenDios forestales que cada verano vemos en la prensa de todo el planeta.

Para que el lector vea la relevancia que Yahvé le concedía a todo esto (y al tiempo a fin de que lo contraste con el poco o bien ningún caso que a semejantes «cosas sacratísimas» se les otorga hoy día, tanto en el judaísmo como en el cristianismo) oiga estos textos moralizantes tomados del libro 2º de las Crónicas y, referentes a la consagración del templo por Salomón, esto es cerca de trescientos años tras la muerte de Moisés:

(Note de paso el lector la nada simbólica y por contra manifiesta y física presencia de Yahvé; el pueblo veía con perfección la nube, de la misma manera que hoy en día bastante gente ha visto pequeñas nubes haciendo cosas extrañísimas).

Muy seguramente estas cantidades son exageradas; mas todavía reduciéndolas a la tercera parte, nos hallamos frente a una fogata en la que se quemaban múltiples toneladas de carne. Imagine el lector el humo, el penetrante fragancia a carne quemada y la grasa fluyendo por todos lados.

No debe imaginárselo pues le va a bastar con continuar leyendo el resto del capítulo 7:

Y toda esta increíble carnicería ¿para qué exactamente? ¿para congraciarse y para gustar al Dios auténtico, al Dios de la belleza, al Dios del amor, al Dios primera y profunda inteligencia que rige el Cosmos? De ninguna manera; el Dios auténtico no se recrea con humos ni con grasas.

Lógicamente debemos llegar a la conclusión de que toda esta carnicería era para satisfacer los gustos de un «Dios» a quien le agradaba la sangre, primo-hermano de Júpiter, de Baal, de Moloc, de Aserá, de Dagón, de Kemos y de todos los otros Dioses mesopotámicos, a los que asimismo sus pueblos adoraban a través de sacrificios de animales o bien de humanos. Ajab, rey de Israel, sacrificó 2 de sus hijos a Baal. Estos sacrificios de «su pueblo» a los Dioses contrincantes (Lev. dieciocho-veintiuno), encelaban formidablemente a Yahvé y «encendían su ira».

Todavía un último extraño detalle relacionado con el fuego y asimismo con la irascibilidad y falta de supones de Yahvé; por él, podemos ver que estaba interesadísimo en que los sacrificios que solicitaba, fueran hechos precisamente como afirmaba, cuando afirmaba, por las causas que los solicitaba y solamente en los lugares que señalaba.

Leemos en el libro del Levítico, capítulo 10:

Aunque no viene mucho al caso, no resisto la tentación del copiar los versículos siguientes, por el hecho de que son un resumen de los que por siglos ha estado pasando en el ánima de millones de humanos inteligentes, frente al dogma hueco, absurdo y en muchas ocasiones tiránico, propugnado y también impuesto por las autoridades religiosas de todas y cada una de las opiniones y de todas y cada una de las temporadas.

La explicación entusiasta dada por Moisés, frente a un hecho tan salvaje, y el silencio impotente de un pobre padre aplastado por el dolor y por la injusticia de su «Dios», son solo el eco de miles y miles de hechos parecidos:

¿Qué iba a decir el pobre Arón, inútil de entender la «justicia y la bondad» de su «Dios»?

Seguramente en aquel instante y en lo profundo de su corazón, debió blasfemar contra Yahvé. Como han blasfemado contra Dios muchos fieles agobiados, cuando los doctrinarios religiosos le atribuyen a El cosas con las que El no tiene nada que ver, pues se deben a causas considerablemente más próximas a nosotros.

Lector: si todas y cada una estas cosas de las que hablamos te semejan bastante extrañas, (por no decir absurdas), no te olvides que son tomadas de manera directa de las Sagradas Escrituras, el «libro sagrado» que para muchos millones de humanos ha sido la guía a lo largo de muchos siglos.

Con una guía de esta forma, en la que se nos presenta a Dios como a un individuo con unos gustos tan animalescos y tan peculiares, no es nada extraño que nuestra sociedad esté como está y que las ideas religiosas en el planeta judeo-cristiano anden tan a la deriva como andan.


Resumen


Como resumen de todo este largo capítulo, afirmaremos que lo que los Dioses esencialmente intentan en nuestro planeta, es excitarnos y, cuando les resulte posible, juntarnos en multitudes para de esta manera poder extraer más de manera fácil la energía en forma de ondas que emiten los cerebros excitados. Ya hemos explicado que esta excitación hay que comprenderla de una forma amplia: desean poner el cerebro humano en estado de tensión o bien de expectación y esto tratan de hacerlo mientras que los humanos están congregados.

Para lograr las dos cosas, han concebido unas estrategias a corto y en un largo plazo.

Vistos todos estos fenómenos sociales desde este punto de vista, no puede uno menos de admirar la inteligencia con que han sido concebidos para lograr los fines que con ellos pretenden. Por el hecho de que no debemos olvidar fue semejantes estrategias deben ser de forma voluntaria aceptadas por un ser inteligente que en otros muchos aspectos de su personalidad, no es nada obediente ni obediente a los dictados de otros.

Y por otra parte, deben ser aceptadas sin que estos seres caigan en la cuenta de que son manipulados y de cuáles son sus auténticos propósitos.

Y no obstante vemos con qué mansedumbre el hombre se ha dejado engatusar y ha aceptado como sagrados y también muy importantes una serie de principios que, considerados fríamente, han sido catastróficos para la humanidad entera durante su historia.

granja humana, o sea... tu ;-)


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