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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (8/9) de Salvador Freixedo

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 salvador freixedo

No debemos trascender los limites de nuestro entorno humano, o bien dicho en otras palabras, no debemos intentar entrar en el terreno de ellos


Y entra en el terreno de ellos, toda aquella persona que pretende «trascender» en esta vida. Los que procuran el estado de trance, de cualquier clase que este sea; los que se suben a lo alto de determinadas montañas en determinadas temporadas para entrar en contacto con ellos; los que preparan su psique con ritos mágicos o bien religiosos (no debemos olvidarnos de que la magia es la otra cara de la religión); todas y cada una estas personas entran en el terreno de los Dioses; y si no exactamente entrando, cuando menos se están acercando a los límites del terreno humano, en donde los Dioses se manifiestan más de manera fácil, y en el que los hombres ya no pueden emplear de manera eficaz su gran arma protectora, que es la inteligencia.

Anteriormente afirmé que es, en cierta forma, peligroso acercarse físicamente a ciertos reverendos, «fundadores», alumbrados y místicos, que tanto abundan en nuestros tiempos. La razón es la misma: al hacerlo entramos en su campo y estamos sometiéndonos, incluso sin darnos cuenta, a sus radiaciones (radiaciones de tipo físico), similares en un sentido, a aquellas a las que se somete un pavo en un horno de microondas, y en otro sentido, a aquellas que salen de lo alto de la antena de una transmisora de radio.

Nadie duda que tras un rato, el pavo sale cocinado; pero, absolutamente nadie sospecha que los cerebros (especialmente si son cerebros de adolescentes) de los que se ponen en contacto con alumbrados, son asimismo «cocinados» por las ondas que emiten los cerebros de estos instrumentos de los Dioses; y poco tiempo después, ya no van a ser capaces de discurrir por sí solos, sino van a repetir como robots todo cuanto aquéllos les afirmen. Es el caso de miles y miles de jóvenes que han sido captados por las incontables sectas que abundan en el planeta.

Los sicólogos estudian intensamente cuál es el sistema para conseguir semejante lavado cerebral, y sobre todo, para conseguir su desintoxicación y desprogramación; mas no lo hallarán mientras que no tengan presente lo que acá decimos.

Otro gran medio de defenderse de los Dioses, sobre el que hemos hablado previamente, es...

 

No dar nunca la psique a nadie

La psique debe estar siempre y en toda circunstancia libre y libre al servicio del humano para decirle cuáles son las circunstancias en aquel instante y qué debe hacer. Muchos humanos, obsesionados con lo que vieron o bien sintieron en un instante determinado, entregaron la psique, y ya no fueron capaces más tarde de juzgar y de ver que las cosas que les mandaban pensar y practicar, carecían de sentido.

Es el caso de todos y cada uno de los entusiastas religiosos y no solo entusiastas, sino más bien de gran mayoría de fieles de todas y cada una de las religiones. Admitieron de pequeños una fe que les fue implantada en el ánima como un instinto y como un factor cultural más, y ya no fueron capaces en su vida, de cuestionarla ni de someterla a juicio; simplemente la admitieron como admitieron el idioma, las costumbres, los gustos o bien el amor patrio.

Esto de «no dar la mente» tiene una gran relevancia en estos tiempos en que las grandes masas urbanas y la sociedad generalmente, son manipuladas como rebaños por todopoderosos medios como la radio y la TV, manejados con argucia por los profesionales de la manipulación de psiques. Hay que sostener siempre y en todo momento la psique en estado de alarma y no entregársela claramente ni a los líderes religiosos, ni a los mandatarios políticos, ni a los ídolos deportivos, ni a los médicos que nos tratan, ni a absolutamente nadie.

Todos se pueden confundir, y todos en un determinado instante —aunque sea de una forma inconsciente— pueden estar actuando en interés propio, aprovechándose de nuestra credulidad. La psique de cada individuo debe ser siempre y en toda circunstancia el último juez en las propias acciones, y el entregarla a otro para continuar de forma ciega lo que nos afirme, es un acto de suicidio mental que se opone diametralmente al gran mandamiento de la evolución, que es una de las leyes esenciales del Universo.

A medida que fueron pasando los años y cuando claramente me persuadí de que, con toda buena voluntad, había pasado una gran parte de mi existencia en este planeta, con mi vida entregada a una causa sin ningún sentido (debido a la «entrega de la mente» que hice en la adolescencia), me he ido haciendo más siendo consciente de la relevancia de no dar la psique a absolutamente nadie y utilizarla para examinar todos los sucesos que me atañen aproximadamente de cerca.

Y a fin de que el lector vea hasta qué punto se extiende esta actitud mía, le voy a contar esta anécdota sucedida en la urbe de México hace como unos 7 años.

Me hallaba en una sesión médium, a la que había acudido en pos de una persona que aparentemente practicaba la psicometría veintiuno con gran acierto.

Psicometría lleva por nombre en parasicología a la capacitad que tienen ciertos psíquicos de poder describir muchas de las cualidades de los dueños de los objetos que el psíquico mantiene en sus manos, o bien de hechos relacionados con semejantes objetos.

La ocultista que dirigía la sesión (que desde el comienzo me inspiró sospecha de no ser genuina), solicitó que todos y cada uno de los que nos encontrábamos en torno a ella nos diéramos la mano para hacer una cadena. Enseguida el que estaba en el extremo de la cadena recitó algo que, a lo que semeja, era parte esencial del rito de aquel centro:

  • «Yo abro mi inteligencia a los espíritus que se quieran manifestar en esta sesión y rindo mi psique a sus enseñanzas».

Todos repetían mecánicamente exactamente la misma oración. En el momento en que me llegó mi turno, yo sin dudarlo y con solidez dije: «Yo paso». La ocultista abrió disimuladamente un ojo para poder ver quién era el valiente. Cuando entre cuchicheos me afirmaron que era preciso que afirmase algo «para no romper la cadena», dije:

  • «Yo no entrego mi psique a absolutamente nadie, por el hecho de que la quiero tener bien alarma para poder ver qué pasa aquí».

Naturalmente frente a la presencia de semejante blasfemo, los espíritus no desearon manifestarse en aquella sesión. La «entrega de la mente» indiscriminada, supone que todos y cada uno de los espíritus o bien seres supra o bien extrahumanos son buenos o bien ventajosos para el hombre, y en consecuencia actuarán en consecuencia. Mas esta forma de meditar es absolutamente ingenua tal y como hemos podido ver durante todo este libro.

El tercer consejo para defenderse de los Dioses podría ser, en cierta forma, contrario al que Moisés recibió en la tabla de piedra: «Me adorarás». Conociendo como conocemos a esta altura a Yahvé, esto nos servirá de guía para enunciar nuestro mandamiento:

 

No invoques a nadie

No llames a absolutamente nadie para adorarlo. No te postres ante ningún diospersona ni ante ningún Dios-cosa para rendirle culto o bien para festejarle ritos.
El auténtico Diosdel Cosmos, la Suprema Inteligencia, plenamente incognoscible en su totalidad por la psique humana, no anda demandando, como un amante receloso, que sus criaturas le rindan continuamente veneración, o bien le den muestras de amor.

Esto sí encaja con la idea que en el cristianismo se tiene de Dios: Un «fulano» poderosísimo que se semeja mucho a nosotros, en nuestros aspectos positivos y en nuestros aspectos negativos. Un Dios de esta forma, es lógico que demande entrega, loas y hasta regalos. Mas el Dios auténtico, no es ningún pobre mendigo; el Dios auténtico prosigue en su inacabable labor de crear, y de complacerse viendo de qué manera sus criaturas se desenvuelven cada una conforme su naturaleza, sin que deban estar continuamente volviéndose cara El para darle gracias o bien para solicitarle que no las condene a algún castigo eterno.

Y al enunciar este mandamiento, entramos en un terreno en el que la incipiente teología galáctica, se halla con la vieja teología dogmática y choca con ella frontalmente.

Cuando se invoca a alguien, se está favoreciendo su presencia; por una parte, se le anima a que se manifieste y hasta, muchas veces, la energía mental de los fervientes adoradores, está robusteciendo físicamente la capacidad de manifestarse de un Dios; y por otra parte, se está desgastando el propio psiquismo, reduciendo su resistencia a las influencias externas y acondicionándolo con esto a percibir más sumisamente el «mensaje» o bien las imposiciones del Dios.

En la vida humana, el adulto normal no anda corriendo a cada paso a ver qué le afirma su padre; simplemente pues debe tomar sus resoluciones, y en verdad las toma, sin meditar que de ahí que ofende a su padre si bien este viva aún. En cambio en el terreno religioso, hemos sido adoctrinados y condicionados a no fiarnos de nosotros mismos y a tener que estar continuamente consultando a Dios, a ver cuál es su voluntad en aquel preciso instante, y en la práctica siguiendo las indicaciones que, los que se llaman sus representantes, nos han trazado por adelantado.

La mejor veneración que en verdad le podemos rendir a Dios, es el recto empleo de las criaturas de la naturaleza; cosa que en el cristianismo ha sido totalmente menospreciada, siendo el abuso de la naturaleza algo que, conforme el punto de vista de los doctrinarios cristianos, no guarda relación con la religión.

El respeto a la vida —comoquiera que esta se manifieste— es en alguna religión oriental, uno de los mandamientos esenciales. En el cristianismo, este respeto se manifiesta solo en lo relativo a la vida humana: de una forma exorbitante y también irracional en lo referente al aborto, y al contrario, de una forma muy laxa tratándose de «castigar al delincuente». Es muy corriente que los cristianos más fervientes, sean defensores de la pena de muerte, y demasiado tendentes a las «guerras santas» para proteger las causas de la ética y el «honor patrio» o bien las «creencias religiosas».

Estos piadosos salvajes del siglo veinte, no tienen inconveniente ninguno en fusilar a los que no piensen de igual forma. Y una prueba de ello, son los incontables fusilamientos de personas decentísimas, practicados en el bando nacional en la «gloriosa cruzada» de Franco. Es verdad que en el otro bando muy seguramente se hicieron más salvajadas; mas sus líderes no hacían Ejercicios Espirituales ni se consideraban «cruzados».

Cuando digo «no invocar», no postrarse para venerar a absolutamente nadie, en modo alguno estoy propugnando el ateísmo. En otra parte he escrito que el completamente ateo prueba tener poca inteligencia. Lo que hago con esto, es levantar al hombre y a la humanidad entera a un nivel de adultos, dejando de tener una idea infantil de Dios, tal y como si Dios fuera un ser que juega al escondite con nosotros y los hombres tuviéramos que estar de manera permanente corriendo tras El.

La invocación a Dios —al Dios auténtico y no al Dios de la Biblia— va a ser hecha en el futuro de una forma considerablemente más racional y hasta considerablemente más digna, sin las peculiaridades que en nuestros días tienen muchas de estas invocaciones y adoraciones, a las que se puede designar como humillantes para la dignidad del humano ( no creo que Dios pretenda en ningún instante vejar la dignidad de sus criaturas), teniendo ciertas de ellas ribetes de masoquismo.

Por otra parte la relevancia de este «no invocar», se encuentra en que el que llama —porque etimológicamente eso es lo que significa invocar— tarde que temprano es escuchado, tal y como nos afirmó Cristo. Mas en un caso así es escuchado para su mal, puesto que llama a alguien ignoto que realmente bien puede finalizar abusando de la ingenuidad del invocante. Y esto es lo que le ha sucedido a la humanidad durante los milenios, con las distintas religiones y con los diferentes Dioses que cada una de ellas invocaba.

El hombre procuraba y ha buscado siempre y en toda circunstancia a la Causa Suprema, al auténtico Dios, y las distintas religiones le presentaban una imagen distorsionada de ese Dios, adaptada en algún ser, que era el que con el tiempo se favorecía de las invocaciones de los mortales, aprovechando la energía que de ellos recibía para manifestarse de una o bien de otro modo.

Un ejemplo de la relevancia de este «no invocar» lo tenemos, entre otros muchos, en el «juego» de la güija. Consiste este peligroso juego (del que existen muchas variaciones) en un tablero en el que hay dibujados símbolos, letras y números múltiples. Sobre ese tablero se desliza con sencillez una pieza que es de manera inconsciente impulsada por los dedos de los concursantes apoyados sobre ella. Se hacen preguntas y la pieza comienza a moverse cara los símbolos o bien cara las letras, de forma que al final se consiguen contestaciones aproximadamente claras y específicas a las preguntas.

Este juego va, primeramente, contra el primer consejo que afirmamos y que consistía en «no entrar en el terreno de ellos». El juego de la güija está al filo de los límites de la racionalidad humana, y por lo mismo, está ya en un terreno en el que a los Dioses les resulta considerablemente más simple manifestarse. Mas aparte de eso y añadiéndole peligrosidad, en la güija hay una abierta invocación o bien una convidación a la manifestación de estos seres ignotos, y en cierta forma, superiores en inteligencia a nosotros.

Como ya afirmamos previamente, hay entre ellos considerablemente más diferencias de las que hay entre los seres humanos; y frente a una invocación de esta clase, es muy posible que los superiores y más evolucionados de entre ellos, no se manifiesten (simplemente pues no les interesa), pero los menos evolucionados o bien inteligentes, sean los que se presentan (bien por curiosidad cara nuestro planeta o como un juego) y en un caso así, los invocadores se exponen a cualquier cosa.

El mero hecho de la invocación o bien de la convidación a manifestarse, es el que les ha dado ánimos y energía física para manifestarse, y seguramente no hubiera sucedido tal cosa, si los humanos no les hubieran facilitado el trabajo de saltar las barreras que los apartan de nuestro planeta. De ahí que los incidentes sucedidos en este género de ritos o bien juegos «esotéricos» son tan abundantes, y de ahí que tanta gente con el tiempo ha salido psicológicamente muy mal parada de ellos.

(El lector debe saber que la complejidad que estos seres menos evolucionados tienen para saltar a nuestro planeta, la tenemos asimismo —y seguramente en grado mayor— para saltar al suyo. Y no obstante la podemos asimismo vencer a través de ejercicios mentales o bien físicos, ingestión de drogas, etcétera).

granja humana, o sea... tu ;-)


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