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ıllı LIBRO: "Defendámonos de los Dioses" (9/9) de Salvador Freixedo

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«Seréis como Dioses» Una oración clave


Esta conocida oración bíblica, que siempre y en toda circunstancia nos fue presentada como una patraña con la que Satanás procuró engañarnos a los humanos y separarnos de los mandamientos y de la obediencia a Dios, a la luz de esta nueva forma de ver las cosas, resulta una enorme verdad y una pauta a continuar, si la humanidad desea superar el desastroso estado en que se halla en la actualidad.

La tradicional teología cristiana nos afirma que Luzbel se sublevó contra Yahvé y fue derrotado; y nos afirma asimismo que, llenó de saña contra su campeón, le sugirió a la primera pareja humana — exactamente a través de esta frase— que no le hiciera caso a la orden de Dios de no comer la fruta del «árbol del bien y del mal».

El argumento de Luzbel a nuestros primeros progenitores fue:

Esta oración fue la muy valiosa confidencia que, en un instante de saña, uno de estos falsos Dioses (Luzbel) nos hizo, para vengarse de otro falso Dios (Yahvé) que terminaba de vencerlo tras una fiera batalla por el prevalezco de la raza humana. Esta oración, lejos de ser una patraña, fue el acto malhumorado de un derrotado que, en venganza por la guerra que terminaba de perder, nos afirmaba un enorme secreto.

La verdad profunda de la conocida oración bíblica, podría ser interpretada así:

Los cálculos de Yahvé, del mismo modo que los cálculos del resto Dioses que durante los milenios han ido apadrinando y dándoles mandamientos a el resto pueblos del planeta, han sido perfectos, tal y como lo prueba la espantosa historia humana, llena de sangre y de riñas entre todos y cada uno de los humanos. Y como ya hemos visto, una de las causas directas más esenciales para esas riñas y esa sangre, son los mandamientos religiosos de cada uno de ellos de esos pueblos.

Los que los tienen diferentes, pelean entre sí «para destruir a los infieles y paganos» y los que los tienen iguales, asimismo pelean entre sí «para destruir a los herejes». Y cuando no bastan los motivos religiosos, entran en juego todas las demás estrategias que hemos descrito extensamente en episodios pasados.

La triste verdad es que los nombres, en lugar de haber evolucionado en una línea genuinamente humana, (en la que poquito a poco hubiéramos ido mejorando nuestra naturaleza y nuestras capacidades anatómicos y espirituales) nos hemos pasado los siglos al servicio de nuestros respectivos Dioses, gastando en su honor lo mejor de nuestras riquezas y de nuestras energías físicas y empleando en su veneración y en el cumplimiento de sus deseos lo mejor de nuestras capacidades intelectuales y espirituales.

Toda vez que el lector entra en una de nuestras fantásticas catedrales, debería tener presente que semejantes montañas de piedra, trabajadas con un mimo y una maestría que el día de hoy nos pasman, suponen un enorme esmero físico y económico completamente desmedido con las condiciones en que se desenvolvía la vida de los obreros que lo efectuaban. En aquellas temporadas el apetito y las pestes dezmaban a las poblaciones de Europa; mas la psique humana, ofuscada por el fanatismo religioso, en lugar de dedicarse a vencer estas tremendas lacras sociales, dedicaba sus energías a «hacerle una casa digna a Dios». ¡De qué manera si el creador de la cúpula celeste precisase casas!

Pero proseguimos tan belicosos, tan separados por nuestras ideas religiosas tan patrioteros, y tan impotentes frente al apetito, las enfermedades y el dolor como lo éramos hace siglos.

Por eso ha llegado el momento de que despertemos. Yo entiendo que las ideas que estoy propugnando, y este despertar al que aliento no solo al lector sino más bien a todos y cada uno de los hombres pensantes y a toda la sociedad, es algo muy difícil de ser aceptado sin más, puesto que va contra una forma de meditar que está implantada de forma profunda en nuestro ser.

Cada uno está aferrado a sus opiniones, a sus tradiciones, a su cultura, a su raza, a su patria, a su lengua, sin darse cuenta de que todas y cada una estas cosas «importantísimas» son las que tienen a la humanidad dividida y son las que no la dejan ser feliz.

Nadie está presto a prescindir de ellas, pues ello, en las psiques de la mayor parte, formaría una traición «a principios éticos fundamentales».

Este es el engaño profesor en que nos han hecho caer los Dioses: hacernos pensar que lo que nos destroza, es «sagrado» y también intocable. Y de ahí que no existen muchas esperanzas de que todas y cada una estas ideas vayan a tener una simple acogida en las psiques de la mayor parte de la humanidad dentro de poco tiempo.

Pensemos, si no, en la actual situación del Líbano; Irak y también Van a ir se destruyen mutuamente con una santa ferocidad inspirada por Alá, aproximándose ya a la espantosa cifra de quinientos mil fallecidos. El primero, por vengar viejas ofensas patrias de los iraníes, y estos, por el honor nacional y por la extensión de una santa revolución islámica.

Drusos y cristianos se matan, animados por un heredado rencor religioso. Los palestinos se aniquilan entre sí, para probar cuál de los 2 bandos tiene un mayor ardor patriótico. Siria y Libia cooperan en la guerra santa contra el gobierno cristiano del Líbano. Norteamericanos y franceses vuelan por los aires a impulso de una revienta empapada de odio racial y religioso; y en la base de todo este caos, y como origen de todo , el ciego fanatismo religioso de Israel, que un buen día y contra todo derecho (inspirados por las palabras de Yahvé, ¡pronunciadas ya hace cuatro mil años!), desposeyeron de su patria a los palestinos, transformándolos en un pueblo errante y agobiado.

De víctimas de los nazis, los israelíes se han transformado en los nazis del Medio Oriente.

¿Por qué razón todo este horrible averno del Líbano? Por ideas «sagradas» protegidas con fervor por entusiastas irracionales, que en lugar de emplear la cabeza, se dejan llevar por sus sentimientos.

Sin embargo, pese a las mil contrariedades, hay en nuestros días mejores perspectivas de las que había, por servirnos de un ejemplo, a inicios de siglo.Aceleradamente van surgiendo en todas y cada una de las sociedades y naciones más individuos en los que estas ideas caen como en un campo abonado, y se puede decir que las nuevas generaciones vienen en cierta forma predispuestas para admitir muchos de estos nuevos enfoques, y para lanzar por la borda una buena parte de las sagradas tradiciones que heredaron de sus mayores. Y estas nuevas tendencias ya se marchan haciendo sentir en nuestra moderna sociedad.

Un ejemplo de esto fueron los cuarenta jóvenes norteamericanos que se negaron a ir a batallar a la absurda guerra de Vietnam, refugiándose en el Canadá y enfrentándose de esta forma a la estupidez de unos gobernantes imbuidos de unas rancias ideas patrióticas.

(El día que los jóvenes de todo el planeta se nieguen a alistarse en los ejércitos, a los políticos paranoides y a los generales patriotas les será considerablemente más bastante difícil organizar esos juegos mortales que hasta el momento han afligido a la humanidad).

Otro ejemplo de esta nueva tendencia, es la creación del Mercado Común Europeo, —hoy conminado por la miopía patriotera de ciertos politicastros— en el que podemos ver una clara tendencia cara una progresiva integración en una sociedad más unida y ordenada. Este, en apariencia pequeño logro, es un paso de gigante en una Europa de manera profunda dividida por siglos de guerras inacabables y naturalmente separada por etnias, lenguas, patrias y razas.

Algo por el estilo se puede atisbar en algún internacional programa de T.V. que hemos visto (y que se transmite simultáneamente en múltiples países europeos) en el que prudentemente los jóvenes participantes se burlan de los respectivos patriotismos, incluyendo el propio. Es como un principio de reflexión y de autocrítica, en áreas que hasta el momento habían sido consideradas como «tabú» y por consiguiente intocables y también incambiables.

Estamos empezando la primera etapa consistente en despertar; despertar de un sueño de siglos; y de ahí que no hay que extrañarse de que sea grande la resistencia, (sobre todo en los políticos viejos con grandes intereses creados), a salir de la modorra en que la humanidad ha estado sumida en consecuencia tiempo.

Cuando uno lúcida de un largo y profundo sueño, tarda tiempo en darse cuenta de la realidad circundante. Caemos en la cuenta, poco a poco, de la situación en que nos hallamos. En el momento en que lo hayamos logrado, —y para esto va a ayudar considerablemente el continuar los pasos que apuntamos en el capítulo anterior— vamos a estar en situación de planear nuestra evolución, en una línea absolutamente humana, teniendo como meta nuestro perfeccionamiento, tanto en el orden fisiológico como en el sicológico y espiritual, de forma que en un futuro, no demasiado lejano, alcancemos el rango y la categoría a que estamos destinados en nuestra escala galáctica.

Porque el hombre lleva en sí una semilla que debe hacer germinar para proseguir de este modo su interrumpida ascensión cara esta categoría, libre ya de la esclavitud a que otros seres «superiores» lo han tenido sometido.


Evolucionemos racionalmente y sin miedo


De ahí que las palabras claves para los tiempos futuros van a ser las palabras evolución y racionalidad. Por sobre las palabras patriotismo, tradición, fe y todas las otras que la estulticia o bien los intereses creados de varios (instrumentos de los Dioses) han ido creando durante los siglos para tener a los hombres atontados con falsos valores y peleando entre sí.

Una evolución racional y de conformidad con las necesidades y a las capacidades humanas, que lejos de excluir todos los demás valores dignos, los abarcará y los destacará, mas colocándolos en el sitio que les toca en la realización total del hombre como ser autónomo y verdaderamente inteligente.

Y los Dioses, que se procuren algún otro antropoide sobre el que parasitar. Primero lo mejorarán fisiológicamente, a fin de que su cerebro sea capaz de generar lo que a ellos les interesa, y después le van a dar mandamientos religiosos, principios éticos y ardores patrióticos, a fin de que su cerebro no prosiga evolucionando y se limite a generar las ondas que a ellos les agradan. Y el pobre antropoide sacralizará esos mandamientos y creerá que el propósito de su vida es cumplir esos mandamientos... ¡sin saber que esos mandamientos son los que lo hacen un esclavo!

No deseo concluir sin insistir en algo que estimo esencial. Ya hemos dicho que debemos evolucionar:

Pero en este evolucionar estético, está incluido algo que ha sido siempre y en todo momento mirado muy sospechosamente por los ascetas de todas y cada una de las religiones, y contra lo que han tronado todos y cada uno de los moralistas aguafiestas, que tanto han florecido en todas y cada una de las sectas del cristianismo: la «fruido», esto es el goce de las muchas cosas preciosas y buenas que hay en este planeta.

No solo hay que querer la belleza, sino hay que intentar crearla conforme las fuerzas de cada uno de ellos, y hay que disfrutarla; pues la belleza solo tiene sentido si es gozada por alguien.

Según la teología tradicional (la que los Dioses falsos, disfrazados de Dios auténtico, nos inculcaron) este planeta es un val de lágrimas a donde venimos a hacer méritos (a través de el sacrificio y la renunciación) para la vida futura. Mas conforme la nueva teología que estamos comenzando a edificar, este planeta es un escalón en el infinito ascender de todo el Cosmos, de lo menos perfecto como mucho perfecto; y el padecer «para hacer méritos para otra vida» es una cosa que carece de sentido.

Al igual que tampoco tiene sentido el dejar de gozar las cosas buenas y hermosas que nos ofrece la vida, pudiéndolas gozar sin menoscabo de absolutamente nadie. No hacerlo, es despreciar algo que nos ha sido dado exactamente a fin de que lo disfrutemos.

Embellezcamos por lo tanto nuestro planeta y nuestras vidas todas y cada una y aprendamos a disfrutar, sin temor de que al hacerlo vamos contra algún mandamiento.Quitémonos de la psique el complejo de que todo lo sabroso es pecado.

Toda la gran distorsión a que el sexo ha sido sometido dentro del cristianismo, se debe, en el fondo, a esta filosofía y al consecuente complejo que durante los siglos ha ido produciendo en las psiques y en las ánimas de los buenos cristianos.

El sexo por ser una enorme fuente de placer, es mirado con recelo por los doctrinarios cristianos, y la mortificación que genera la privación antinatural de él, es una cosa que los Dioses han sabido aprovechar realmente bien, valiéndose de todas y cada una de las reglas de decencia social, de todas y cada una de las doctrinas, de todos y cada uno de los votos de castidad, de todas y cada una de las virginidades, de todas y cada una de las «guías de moral» y de todos y cada uno de los principios de honradez cristiana con que las sociedades occidentales han sido santificadas (y mortificadas) a lo largo de tantos siglos.

Usando la terminología de los fieles a un Diospersonal, gozar de la vida sin menoscabo de absolutamente nadie, es «dar gloria a Dios», al emplear inteligentemente las cosas que El les ha dado.

No gozar de todos aquellos placeres que están a nuestra mano, bien sea por «ofrecérselos a Dios», o bien por la idea de que puede ser pecado, es actuar neciamente, víctimas de complejos y de ideas absurdas que va siendo hora que sacudamos con resolución de nuestras psiques.

Convenzámonos de que Dios que solicita dolor y sacrificios, es un Diosfalso; y Dios que solicita veneración, es un Dios orgulloso y, por tanto, asimismo falso.

Hombre del siglo veinte, ¡rebélate contra tanta aberración que te ha sido predicada como «palabra de Dios»! Lo que hasta el día de hoy se te ha presentado como «palabra de Dios», no son más que patrañas de los Dioses.

 

Rebélate contra ella y contra ellos.

En el Talmud (en donde, como en todo «libro sagrado», hay grandes verdades mezcladas con grandes falsedades) leemos este curioso pensamiento:

Y, en contraposición a este sabio pensamiento, tenemos la increíble aseveración hecha por Juan Pablo II en el mes de febrero de mil novecientos ochenta y cuatro en la que afirmó que toda sexualidad que no vaya dirigida a la procreación es pecaminosa. Hete aquí un caso de los muchos anormales «axiomas» con que las autoridades de todo género, han ido intoxicando poquito a poco las psiques de los humanos.

Comienza a vivir, al fin, como ser racional, utilizando sin temor tu psique, que es el enorme don que el auténtico Dios te ha dado a fin de que te defiendas de los Dioses y de los pobres hombres que aquellos emplean como sus representantes.

Luchemos todos por hacer un planeta más feliz en el que en lugar de ser fieles a una fe y a unos principios que nos apartan de otros hombres, seamos fieles a la racionalidad y al amor que nos hace a todos hermanos.

granja humana, o sea... tu ;-)


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