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La orden de los jesuitas desde su fundación por Ignacio de Loyola fue objeto de críticas dentro de la propia Iglesia católica. Las primeras fueron dirigidas contra el propio Ignacio de Loyola, que debió hacer en frente de 7 procesos iniciados por la Inquisición —en los 4 procesos que padeció entre mil quinientos veintiseis y mil quinientos veintisiete fue acusado de alumbradismo—. Las razones que se arguyeron fueron que defendía la oración mental o bien la comunión prácticamente diaria —por lo que fue considerado un loco—. Mas asimismo contra la propia Compañía de Jesús que fue condenada en mil quinientos cuarenta y nueve y mil quinientos cincuenta y cuatro por «perturbadora de la paz de la Iglesia» —en mil quinientos cuarenta y dos el padre Doménech había sido expulsado de la ciudad de París y en mil quinientos cuarenta y ocho el padre Bobadilla de Roma—.

El dominicoMelchor Cano fue uno de los más duros críticos de los jesuitas

La crítica más "furiosa" a los jesuitas fue la del dominicoMelchor Cano -lo que empezaría una larga rivalidad entre las 2 órdenes—. El detonante de exactamente la misma fue la prohibición de los jesuitas, o bien de quienes hubiesen seguido los Ejercicios espirituales que estos propugnaban, decretada por el arzobispo de Toledo en mil quinientos cincuenta y uno basándose en el hecho de que entre los miembros de la orden había descendientes de conversos con lo que no tenían el estatuto de limpieza de sangre que se demandaba a todos y cada uno de los sacerdotes y religiosos de su diócesis —la más esencial y rica de la Corona de Castilla—. La crítica de Cano se fundamentaba en 3 argumentos: el primero era la comunión diaria, lo que consideraba algo propio de un perturbado; el segundo era el nombre de "Compañía de Jesús" dado a la orden —lo que menoscababa al resto de congregaciones religiosas, tal y como si estas no fuesen realmente cristianas— y su organización que Cano calificaba de "luterana" —carecían de reglas monacales, no se levantaban a maitines, no eran frugales en sus comidas, desdeñaban las penitencias, y, sobre todo, no llevaban hábito lo que les confundía con los seglares, tal y como si no formaran una parte del clero—; el tercero, era su término de la fe, que Cano asimilaba a la de los iluminados.


Según el historiador Antonio Domínguez Ortiz la animadversión cara los jesuitas en la Iglesia se debían a las novedades que procuraban introducir en el catolicismo: "no tenían largas horas de rezo, no imponían pesadas mortificaciones, tenían buen cuidado de que no los confundiesen con los monjes. Extendían una religiosidad nuevamente estilo, acomodada a la sociedad renacentista y barroca, al paso que las órdenes tradicionales proseguían apegadas al legado medieval. No podían eludir cierto aire de superioridad, de modernidad, y esto chocaba, despertaba recelos. La Inquisición y el propio Felipe II mostraban falta de confianza al comienzo".

Una de las primeras versiones del sello de la Compañía de Jesús (Iglesia del Gesù, Roma). El trigrama "IHS", comprendido por las 3 primeras letras griegas de "IHSOYS" (Jesús).

Pero las críticas asimismo fueron hechas desde en la propia Compañía de Jesús o bien por la parte de algún viejo miembro expulsado de exactamente la misma, como Antonio Beruete que en mil quinientos ochenta y ocho criticó la obediencia ciega que debían los miembros de la orden al superior de la Compañía y que según él anulaba su conciencia, con lo que nada impediría, que si una persona influida por el demonio alcanzara el más alto rango en exactamente la misma, esta se transformara en un ejército del mal dirigido por Satanás para destruir la Iglesia desde dentro. Beruete asimismo acusaba a los jesuitas de centrar su atención en la nobleza, dejando a un lado a los pobres y a los necesitados. Por su lado, el jesuita Juan de Mariana escribió en mil seiscientos dos un Tratado del gobierno de la Compañía de Jesús, en el que recogía muchas de estas críticas, mas ordenó que solo fuera publicado tras su muerte; no obstante, sus papeles fueron secuestrados y quemados, y el texto no vería la luz hasta mil setecientos sesenta y ocho, justo un año tras la expulsión de los jesuitas de España de mil setecientos sesenta y siete, volviéndose a re en mil novecientos treinta y uno, tras la proclamación de la Segunda República De España.


Por su parte los protestantes desplegaron una campaña antijesuítica, especialmente cuando la bula papal de Julio III de mil quinientos cincuenta matizó la finalidad inicial de la orden al pasar de la genérica lucha por la propagación de la fe, a la defensa componente de exactamente la misma. Uno de los más señalados protagonistas de la campaña fue el luterano Johannes Wigang, que publicó un anticatecismo que se hacía eco de la consideración de los jesuitas como Jeswider, como encarnación del Anticristo. Cuando murió Ignacio de Loyola en mil quinientos cincuenta y seis Lucas Oleander aseveró que el fallecido había bajado a los avernos.


Las críticas y los recelos en el planeta católico asimismo se debieron al éxito inmediato que cosecharon los jesuitas, en especial en el campo educativo de lo que el día de hoy llamaríamos "enseñanza secundaria". "Sus institutos cobijaban a los hijos de la nobleza, de la burguesía rica y asimismo a otros menos favorecidos por la suerte. Realmente no excluían a absolutamente nadie. Su enseñanza, lo mismo en el aspecto pedagógico que en el humanístico, era superior al frecuente. Y además de esto, gratis. Sus institutos tenían rentas propias y subvenciones concedidas por los ayuntamientos de las poblaciones donde prestaban sus servicios".


Por último, los jesuitas se dotaron de una escuela filosófico-teológica propia, basada en lo esencial en Santo Tomás de Aquino, lo que "generó encarnizadas polémicas" teológicas con otras órdenes religiosas, singularmente con los dominicos y los agustinos. Los 2 primordiales temas objeto de polémica, fueron la cuestión de la gracia y la predestinación —los jesuitas defendían un mayor equilibrio entre la acción de la gracia de Dios, preponderante para agustinos y dominicos, y la libre determinación de la voluntad humana— y los criterios aplicables a la moralidad de los actos humanos —en el que los jesuitas defendían el probabilismo, que sus contrincantes calificaban de laxismo—.


La disputa entre las órdenes religiosas y la nueva Compañía de Jesús nos ha dejado testimonios del "odio interno en el clero, con repercusiones inestimables", conforme Costoso Baroja. Este autor cita la compilación de cartas que recibió el jesuita Rafael Pereyra entre mil seiscientos treinta y cuatro y mil seiscientos cuarenta y ocho -que fueron publicadas 2 siglos después- en las que sus corresponsales, asimismo jesuitas, narraban las faltas, vicios e inclusive crímenes cometidos por miembros del clero regular. "Los jesuitas llamaban «frailes» a las personas sucias, indecorosas y también ignorantes".


Los monarcas católicos asimismo desconfiaban de la Compañía de Jesús a raíz del cuarto voto de la orden, que ordenaba la obediencia absoluta al papa, y de la doctrina del tiranicidio o bien magnicidio que se atribuía a toda la orden si bien solo la había protegido Juan de Mariana en su tratado De Rege, que fue quemado públicamente. Pese a ello los jesuitas consiguieron la confianza de muchos soberanos católicos que tomaron como confesores a algún miembro de la orden. En la Monarquía Hispánica a lo largo del siglo XVII la repercusión y el prestigio social de los jesuitas fue incrementando, gracias, entre otras muchas cosas, a los vínculos que establecieron con la poderosa Inquisición de España y con los escolares, no menos poderosos, puesto que sus miembros copaban los altos cargos de la corte de los Austrias. No obstante, el cargo clave de confesor del rey prosiguió a cargo de los dominicos, si bien en el reinado de Carlos II el jesuita alemán Juan Everardo Nithard, confesor de la reina Mariana de Austria, alcanzó una enorme poder. La culminación de su ascensión "política" se generó con la llegada de los borbones a la Monarquía de España puesto que tanto Felipe V como Fernando VI tuvieron confesores jesuitas, el P.Daubenton y el P.Rávago, respectivamente —aunque ninguno de los 2 fue un modelo de conducta—.

Expulsión de los jesuitas de Portugal en mil setecientos cincuenta y nueve por el ministro Marqués de Pombal (grabado de la temporada)

La difusión del jansenismo —doctrina y movimiento de una fuerte carga antijesuítica— y de la Ilustración a lo largo del siglo XVIII dejó desfasados algunos aspectos del ideario jesuítico, en especial, conforme Antonio Domínguez Ortiz, "sus métodos educativos, y normalmente, su término de la autoridad y del Estado. Una monarquía poco a poco más laicizada y más absoluta comenzó a estimar a los jesuitas no como cooperadores útiles, sino más bien como contendientes molestos". Además de esto siguieron los enfrentamientos con las órdenes religiosas tradicionales, como la inclusión en el Índice de Libros Prohibidos de la Historia Pelagiana del cardenal agustino Noris, merced a la repercusión que tenía la Compañía en la Inquisición, o bien como el rechazo que generó la publicación de la obra Fray Gerundio de Campazas del Padre Isla, en la que el jesuita satirizaba a los monjes, y que se transformaría en una de las fuentes más usadas por los escritores anticlericales españoles de las décadas y siglos siguientes.


La llegada al trono del nuevo rey Carlos III en mil setecientos cincuenta y nueve supuso un duro golpe para el poder y la repercusión de la Compañía, puesto que el nuevo monarca, en contraste a sus 2 predecesores, no era nada conveniente a los jesuitas, influido por su madre la reina Isabel de Farnesio, que "siempre y en todo momento les tuvo prevención", y por el entorno antijesuítico que prevalecía en la corte Nápoles de donde procedía. Con lo que Carlos III rompiendo la tradición de los Borbones nombró como confesor real al monje descalzo Padre Eleta.


En mil ochocientos once el liberal anticlerical Bartolomé José Galán en su conocido Diccionario crítico-burlesco recogió las críticas hechas a los jesuitas en los 3 siglos anteriores:


El republicano moderado Emilio Castelar atribuyó las situaciones retrógradas de la Iglesia (Syllabus, encíclica Quanta Cura, Concilio Vaticano I) a la «fuerza negra» de los jesuitas. Una situación afín podía leerse en una hoja de publicidad distribuida en S. de Compostela a lo largo de la Revolución de mil ochocientos sesenta y ocho y que charlaba del «Poder Negro»:


El escritor Leopoldo Alas Clarín, autor de La Dirige, aseveró en mil ochocientos setenta y ocho que el espíritu de los jesuitas era «antes papista que católico» y que la Compañía «predica el absurdo, destroza la propiedad más sagrada, la del espíritu: mas no importa... persigamos a los socialistas y encomiemos y resguardemos el jesuitismo».


A principios del siglo veinte resaltó el sacerdote carlista Segismundo Pey Ordeix que escribió numerosas obras contra los jesuitas, entre aquéllas que El jesuitismo y sus abusos —publicada en 1901— quizá sea la más representativa. En ella recoge una supuesta encíclica del siglo XVIII que recogería una premonición que adelantaba los futuros crímenes de la «secta» de los «ignacianos» —es decir, de los jesuitas, a los que compara con los ácratas por su poder disgregador de la auténtica fe—, y en el prólogo defiende que el ataque a los jesuitas lo hace para proteger a la Iglesia católica:


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