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Fue el séptimo hijo de una familia judía de tejedores establecida en Polonia. Comenzó a estudiar piano a los 3 años. Poco después pasó a la tutela del músico Alexander Rozincki, que velozmente se desesperó frente a la vagancia del alumno para efectuar los ejercicios que se le demandaban. Su enorme talento musical le llevó no obstante a dar su primer concierto públicamente cuando contaba solo con 6 años. Las siguientes experiencias con profesores polacos prosiguieron del mismo modo un curso poco afortunado, y en mil ochocientos noventa y siete marchó a Berlín para conocer a Joseph Joachim, afamado violinista y amigo de Johannes Brahms. El músico alemán quedó fascinado y se ocupó de forma inmediata de su educación musical, en la que asimismo participaron Max Bruch, Heinrich Barth y R. Hahn. En mil novecientos se presentó frente al público berlinés bajo la dirección de Joseph Joachim y acompañado por la Orquesta Filarmónica de la urbe interpretando el Concierto para piano n.º veintitres de Mozart, el Concierto para piano n.º dos de Camille Saint-Saëns, piezas de Schumann y de Chopin. Le prosiguieron otros conciertos en Alemania y en Polonia.


En mil novecientos cuatro comenzó en la ciudad de París, donde poco después fijaría su vivienda. Un par de años después daría su primer concierto en los E.U., en el Carnegie Hall, con la Orquesta de la ciudad de Filadelfia. El recibimiento fue frío, y la vira siguiente en tierras norteamericanas tampoco estuvo marcada por el éxito. Prosiguieron conciertos en Austria, Italia y Rusia. En mil novecientos doce comenzó en la ciudad de Londres, donde se le pudo escuchar como solista y compañero del violonchelista Pau Casals. A lo largo de la Primera Guerra Mundial vivió primordialmente en la capital británica. Ejercitó de traductor, puesto que dominaba 8 idiomas, y tocó al lado del violinista Eugène Ysaÿe. Conciertos en Sudamérica y España (1916/1917) despertaron su interés por Isaac Albéniz, Manuel de Falla, Enrique Granados y Villa-Lobos, cuyas piezas pasarían desde entonces a ser parte de su repertorio. Debido a un juramento efectuado al reventar la guerra, no volvió a actuar en Alemania desde el mil novecientos catorce. En los años veinte, tras una segunda vira por los U.S.A., tocaría primordialmente en Europa.


Durante toda esta temporada reconoce Rubinstein que se salió un tanto del camino y se dedicó a la labor primordial de un pequeño prodigio, “librarse de la inmadurez”. Conforme sus confesiones, se entregó a los placeres carnales; falto de ganas y de disciplina, se dedicaba al piano y en los conciertos confiaba de forma ciega en su talento y su musicalidad: “De joven era haragán. Tenía talento, mas había muchas cosas en la vida que me interesaban más. Grandes vinos, mujeres guapas, en la relación veinte por ciento y ochenta por ciento , respectivamente”, motivo por el que probablemente jamás alcanzó la perfección técnica de sus concurrentes.Se designaba a sí mismo como “el último tahúr” entre los pianistas, hecho que probablemente determinaba sus lugares de actuación. Le complacía tocar en los países del sur, en especial en España. Allá agradaba su carácter desmandado, su ligereza, su ímpetu. Los 4 conciertos planeados para el año mil novecientos dieciseis pronto acabaron siendo más de 100. Se hizo amigo de la Casa Real, y el rey Alfonso le dio un pasaporte de España a fin de que pudiese viajar de forma libre en sus recitales en plena Primera Guerra Mundial. Tal era su reconocimiento que numerosos países de habla hispana le declararon hijo adoptivo y se transformó en uno de los más significantes intérpretes de su música. No disfrutaba de exactamente la misma celebridad en los U.S.A. y también Inglaterra. Afirma Rubinstein con determinado sarcasmo y autocrítica: “La gente allá piensa que paga para escuchar todas y cada una de las notas. Yo, no obstante, dejo caer varias bajo la mesa, en torno a un treinta por ciento , y la gente se siente engañada. No podía estar sentado de 8 a diez horas delante del piano. Yo vivía para cada minuto. Admiro a Leopold Godowsky. Precisaría quinientos años para tener su técnica. ¿Mas qué tuvo él de todo esto? Era un hombre infeliz, tenso, que se sentía mal cuando no estaba sentado al piano. ¿No dejó pasar su vida?”. Alguna vez afirmó Rubinstein que Paul Dukas contribuyó a su salvación: “Diviértase cuanto desee, mas no se eche a perder. París no es para . Vuelva a Polonia, encárguese de curarse en cuerpo y ética, tome leche, salga a montar en caballo, váyase a dormir a horas aceptables, transfórmese en un hombre honrado”, le afirmó. Agrega Rubinstein: “Fue un consejo muy sabio, y lo mejor es que lo proseguí.”


Al parecer, 2 hechos harían dar un giro a su vida, en ese momento: su boda en mil novecientos treinta y dos con Aniela Mlynarski, hija del renombrado directivo polaco, y la refulgente actuación de Horowitz en la ciudad de París. Conforme palabras del propio Rubinstein: “Vi en él al nuevo Liszt, capaz de dominar su temporada. Deseaba tirar todo por la ventana. Ya antes de fallecer, deseo probar aquello de lo que soy capaz. Cerré los puños, no por un buen tiempo debido a mi profesión, los abrí nuevamente y comencé a trabajar fuertemente. Debía vengarme. No de Horowitz, sino más bien de mí mismo”.


Desde este instante aceptó Rubinstein con renovadas fuerzas su dedicación a la música, se impuso autodisciplina y llegó a practicar hasta dieciséis horas al día. Semejante esmero tuvo su recompensa, en tanto que tras su reaparición en el Carnegie Hall en el año mil novecientos treinta y siete fue ovacionado como un genio y toda la vira por los E.U. fue triunfante. Pudieron por fin percibir el porcentaje de notas pertinente. Con cincuenta años se había transformado en un enorme pianista.


Tras la invasión alemana de la ciudad de París en la Segunda Guerra Mundial, se trasladó con su familia a los E.U., país cuya nacionalidad consiguió en mil novecientos cuarenta y seis.


En las décadas siguientes dio conciertos por todo el planeta, efectuó multitud de grabaciones y trabajó con músicos con renombre como Jascha Heifetz, Emanuel Feuermann, Henryk Szeryng, Gregor Piatigorsky y el Cuarteto Guarneri. En mil novecientos cincuenta y ocho volvió a tocar, tras más de veinte años de ausencia, en Polonia, donde el público le honró con lágrimas y una ovación de pie, la segunda en la historia de este país, tras la que recibiese Paderewski.Prosiguió tocando hasta una edad muy avanzada, siendo capaz de interpretar en una misma noche los 2 conciertos de Brahms. Debido a una ceguera progresiva que le forzó a retirarse en mil novecientos setenta y seis, su última actuación tuvo lugar en el Wigmore Hall de la ciudad de Londres. Si algo marca la carrera de este excepcional pianista, al que Thomas Mann calificó como "virtuoso feliz", es, así como su inconfundible sonido, su fama de juerguista, de humanista y de persona ebria por la “joie de vivre”.


Su mentalidad optimista se reflejaba en la vitalidad de sus interpretaciones. Tenía un sonido inconfundible, seguro, redondo, lleno de claridad y sonoridad, y capaz de matices impensables. Se sentía a gusto tanto en el clasicismo como en el romanticismo, en el repertorio ruso, de España y francés. Va a ser indudablemente recordado como de los mejores intérpretes de Frédéric Chopin. Liberó a las obras del músico polaco del excesivo sentimentalismo y amaneramiento. Les dio fuerza, ritmo y una sutil sensibilidad.


En una entrevista comentaba Daniel Barenboim: “La forma de tocar de Rubinstein era tan natural que a uno le semeja un juego de pequeños. Cuando alguien procura lograr semejante claridad se da cuenta de qué bastante difícil es lo supuestamente fácil”.Al preguntarle el crítico Joachim Kaiser de qué manera produce ese inconfundible sonido, Rubinstein respondió: “Es muy fácil: piso el pedal izquierdo y toco un tanto más fuerte”, lo que era indudablemente una exageración en tono algo gracioso, pues las grabaciones en vídeo de sus interpretaciones nos revelan que no abusaba de este pedal, como la oración nos puede inducir a pensar.


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