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ıllı Pedro Claver wiki: historia, libros y películas.

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Sus primeros años


Pedro Claver Corberó nació en el primer mes del verano de mil quinientos ochenta en la "villa de los jarros negros", como se calificaba a Verdú (Lérida), en el val de Urgel, y fue bautizado el día dieciseis de ese mes con el nombre de Juan Pedro. Fue uno de los hijos (así como Juan, Santiago y también Isabel) del matrimonio de Pedro Claver y Mingüella, y Ana Corberó. El padre era un modesto dueño de viñedos y olivares. Pedro no tenía todavía 13 años cuando perdió a su madre y, poquitos días después, a su hermano Santiago. En mil quinientos noventa y cinco, con 15 años de edad, recibió la tonsura clerical en su pueblo y, apadrinado por un tío canónigo, se trasladó en mil quinientos noventa y seis a Barna para estudiar «letras y artes» en el Estudio general de la Universidad. Terminada la oratoria, entró en contacto con los jesuitas del instituto de Belén para estudiar filosofía. Allá sintió la vocación por la Compañía de Jesús, en la que ingresó el siete de agosto de mil seiscientos dos. Tras un ferviente noviciado y después de vocalizar sus primeros votos, pasó a Girona a dedicarse al estudio de las humanidades.


La repercusión de Alonso Rodríguez

Grabado que representa a Alonso Rodríguez. Museo de Arte de la ciudad de Filadelfia.

En los primeros tiempos sintió dudas sobre su vocación al sacerdocio, puesto que le atraían la sencillez y los oficios humildes de los hermanos coadjutores. Esto explica la enorme amistad y admiración que sintió en el Instituto Nuestra Señora de Montesión, en Palma de Mallorca donde fue destinado a ampliar sus estudios de filosofía (mil seiscientos cinco-mil seiscientos ocho), con el hermano portero Alonso Rodríguez Gómez (mil quinientos treinta y uno-mil seiscientos diecisiete). Natural de Segovia y también hijo de un mercader en paños, Alonso se había hecho jesuita ya mayor, puesto que, tras finar su padre, debió desamparar sus estudios en Alcalá y ocuparse del negocio de familia. Contrajo matrimonio, enviudó y perdió a sus 2 hijos, ocasión en la que decidió hacerse religioso.


La valoración que de Pedro Claver hacían sus superiores era muy negativa: «espíritu mediocre, discernimiento inferior a la media, escasa severidad en los negocios, mediocre perfil en las letras. Bueno para predicar a los indios . Mas considerablemente más definitivo que esta valoración fue el influjo que ejercitó el humilde y místico hermano portero del Instituto de Monte Sion sobre Pedro Claver, en tanto que el joven jesuita logró permiso de los superiores para charlar todas y cada una de las noches una cuarta parte de hora con Alonso Rodríguez. Pedro aprovechó a fondo estas conversas, cuyas luces recogía en un bloc de notas que le acompañó toda la vida. Asimismo recibió del Santo hermano un libro de apuntes espirituales, "un tesoro grande", como afirmaba, que legó al noviciado de Tunja en Colombia, entonces Nueva Granada.


Su llegada a América


Comenzaba su segundo año de estudios teológicos cuando el provincial, accediendo a su deseo, le destinó el veintitres de enero de mil seiscientos diez a las misiones trasoceánicas del Nuevo Reino de Granada. Sin despedirse de su familia –el entorno en casa había alterado tras las segundas nupcias de su padre–, se fue a pie a Valencia y después a Sevilla, de donde partiría en la flota de galeones en compañía del padre Mejía y 2 jóvenes sacerdotes.


Después de una primera toma de contacto con la plaza fuerte de Cartagena de Indias, hervidero de negreros, piratas y también inquisidores, se trasladó, en un lento viaje en champán por el río Magdalena y después a lomos de mula, hasta santa Fe de la ciudad de Bogotá, donde no estaban todavía organizados los estudios de teología, lo que Pedro aprovechó para servir como hermano coadjutor.


El tiempo de la ciudad de Bogotá no le sentaba bien, puesto que el sol dañaba su salud. Una vez concluidos brillantemente sus estudios en el Instituto y Seminario de San Bartolomé (el día de hoy Instituto Mayor de San Bartolomé (Bogotá) y Pontificia Universidad Javeriana), fue destinado al noviciado de Tunja, en tierra adentro, para hacer su "tercera probación", el año que los jesuitas dedican a la espiritualidad tras su capacitación intelectual. Proseguía dudando si hacerse sacerdote. Tanto, que le solicitó al provincial que le dejara proseguir de hermano portero, oficio que ejercitaba en Tunja.


«Esclavo de los negros para siempre»


Pero los superiores le destinaron a Cartagena de Indias, donde fue ordenado sacerdote el diecinueve de marzo de mil seiscientos dieciseis, a la edad de treinta y cinco años, por el prelados dominico fray Pedro de la Vega. Ofició su primera misa en el altar de la Virgen del Milagro de la iglesia de la Compañía.

Barco negrero del siglo XIX. Los navíos negreros de los siglos XVI a XIX guardaron un denominador común: el hacinamiento y el estado desastroso de las bodegas donde transportaban a los esclavos.

Allí conoció al sabio jesuita Alonso de Sandoval, estudioso de la vida de los negros y autor del conocido libro De instauranda ethiopum salute, quien, contra el dominante entorno esclavista, recibía con aprecio y bautizaba a los esclavos que llegaban al puerto abudantemente y en un estado desastroso en las bodegas de los navíos negreros, provenientes de África. Inspirado por Sandoval y por la situación dominante, Claver se entregó en cuerpo y ánima a los negros bozales.


Con su tiempo caluroso, Cartagena de Indias era, por su situación en el mar Caribe, el primordial mercado de esclavos del Nuevo Planeta. Mil esclavos llegaban allá por mes, y los mosquitos y las enfermedades devoraban a los sanos. El coste de adquiere de un esclavo era 2 escudos, y doscientos el de venta. Si bien muriera la mitad del «cargamento», el tráfico proseguía siendo «rentable». Ni las repetidas censuras del Papa, ni las de los moralistas católicos podían predominar contra ese comercio movido por la avaricia. Los misioneros no podían eliminar la esclavitud, solo atenuarla...


Pero Pedro Claver se encaró con hechos heroicos a esta deshonrosa trata. Pedro interpretó de este modo el sentido de su sacerdocio, y el tres de abril de mil seiscientos veintidos, al profesar sus votos perpetuos solemnes, estampó al lado de su firma la que sería la enorme consigna de su vida:


Esta fórmula de entrega personal que implicaba trabajar solamente por los «etíopes», nombre que los españoles de la temporada daban de forma indistinta a los esclavos negros, se sostendría como firma en las próximas 3 décadas.


El joven sacerdote prosiguió a la letra el procedimiento empleado por el padre Sandoval. Intentaba enterarse con cierta antelación de la llegada de un navío negrero – hasta ofrecía una misa a quien se lo avisara– y se notificaba de que nación venía para intentarse intérpretes, que procuraba por toda Cartagena. Los amos de estos llevaban muy mal que se los solicitaran y recibían a los jesuitas con insultos. Después el propio instituto llegó a adquirir los negros intérpretes, grandes cooperadores de Claver. Entre ellos estaban Domingo Folupo, Andrés Sacabuche, José Monzola o bien Ignacio Insípido, que en ocasiones eran empleados en el instituto para otros menesteres, lo que causó 2 cartas de queja del padre general Vitelleschi, quien apreciaba con sinceridad la tarea de Pedro.


Acompañado de sus intérpretes asistía Claver al puerto llevando al brazo un cesto cargado de plátanos, naranjas, limones, pan, vino, tabaco, aguardiente y sahumerios. Entonces, descendía heroicamente a la sentina del barco donde durante más de cuarenta o bien cincuenta días habían continuado «sepultados» entre trescientos y cuatrocientos esclavos negros. Frente a los ojos exorbitantes de terror de los pobres africanos, les afirmaba que deseaba ser su padre y pretendía tratarlos bien; que no iba con pretensión de comérselos, como creían, o bien maltratarlos, sino más bien para quererles y enseñarles el camino de Jesús. Si alguno llegaba en riesgo de muerte, mismo lo envolvía en su manteo y lo llevaba a un centro de salud.


«No con lengua, sino más bien con manos y obras»


Existen relaciones alarmantes de la temporada referidas a estos desembarcos, aun de mano del propio Santo:


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También para la catequesis proseguía el procedimiento del padre Sandoval, explicándoles la doctrina cristiana por medio de cuadros vivísimos y la ayuda de intérpretes escalonados en la mitad de una atmosfera irrespirable. Cuando sentía repugnancia, besaba las llagas de los esclavos y por último los bautizaba, contra lo que hacían ciertos religiosos cuando los bozales eran cazados en África, que bautizaban en masa con una simple «aspersión».


Del «confesonario para negros» al leprosario


Su aprecio a los negros bozales se extendía a su defensa en frente de sus amos, como testimonia la negra Isabel Folupo. Cuando sabía que alguno fustigaba a sus esclavos, se presentaba en la casa y con súplicas o bien con autoridad les solicitaba que no los azotasen. Su confesonario estaba reservado para los negros, al tiempo que grandes personajes de la urbe debían hacer cola detrás de ellos si deseaban confesarse con el jesuita. De esta forma lo comentó uno de sus testigos:

Imagen de san Pedro Claver, abrazando a un esclavo africano. Santuario de Loyola, en el ayuntamiento de Azpeitia, Guipúzcoa, País Vasco, (España).

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De su predilección por los enfermos daba testimonio una persona negra, pobre y esclavizada que vivía en una choza al lado de la muralla, o bien una ciega que lo visitó fielmente en su bohío a lo largo de diez años. A lo largo de la peste de la viruela que se cebó en Cartagena en mil seiscientos treinta y tres y mil seiscientos treinta y cuatro, Pedro Claver se multiplicó para atender a los afectados hasta agotar a 2 y 3 de sus compañeros. Su manteo servía de vestido para los desnudos recién llegados, de almohada y de cama para los enfermos. Su intérprete Sacabuche contaba que hubo días en que debió lavar el manteo del padre Claver hasta 7 veces. En vísperas de Pascua reunía a todos las personas negras de la urbe a fin de que cumpliesen el precepto, los confesaba, les daba la comunión y mismo les servía un modesto desayuno. Asimismo alguna vez con la disciplina con la que se fustigaba penetró en alguna danza nocturna, cuando los africanos se emborrachaban o bien prostituían.


Además asistía de forma regular a la leprosería, Centro de salud de San Lázaro, cuidada por los Hermanos de san Juan de Dios. Allá barría, arreglaba las camas, daba de comer a los enfermos y les llevaba pequeños frascos de licor. Lograba mosquiteros, dádivas, medicinas y comida para aquel pobre centro de salud que era un conjunto de bohíos que llegó a cobijar hasta setenta leprosos. Los días de celebración les llevaba una comida más fina y una banda de música.


Defensor de los últimos


Darse, sin medir las consecuencias

Imagen de san Pedro Claver en la iglesia parroquial San Nicolás, en Estrasburgo (Francia).

Se ocupaba asimismo de los presos comunes o bien de aquellos apresados por la Inquisición, y se pasaba largas horas en los calabozos escuchando sus cuitas. Por sus ruegos, 2 abogados se ocupaban de la defensa de los presos pobres. Asimismo consolaba a los condenados en el instante de la ejecución con vino, perfume y bizcochos. Y con los protestantes, alguno de ellos ejecutado en un Auto de Fe, se comportaba con igual cariño y clemencia, sin importarle las consecuencias. Llegó a transformar a múltiples, entre ellos un arcediano de la ciudad de Londres. Misionaba además de esto pueblos de los aledaños, comiendo y durmiendo en chozas descuidadas, entre murceguillos y ratas. Le nombraron ministro (encargado de temas materiales) de la casa. Mas, como cogía siempre y en todo momento para él los oficios más duros, el superior lo hizo profesor de novicios coadjutores, a los que conducía a la leprosería escoba en mano.


Todo ello respondía a una profunda vida espiritual. Parco hasta el heroísmo –dormía poco y en el suelo, apenas comía y vestía cilicios, todavía con el tiempo de Cartagena–, tenía dicho al hermano portero que no molestase en la noche a el resto progenitores cuando venían a solicitar sacramentos, sino asistiesen a él.


Para la oración le agradaba mirar un libro de imágenes de la vida de Nuestro Señor y se detenía sobre todo en pasajes de la Pasión que recordaba el resto del día. El negro Diego Folupo lo vio elevado del suelo como “caña y media” con los ojos fijos en un crucifijo que mantenían en las manos. Le atribuían abundantes milagros, como resurrección de fallecidos, clarividencia y premonición.


Oposición a su trabajo


Aunque su fama de santidad cundía por toda la urbe, si bien su provincial llegó a decir que solo trabajaba por 6 sujetos, y si bien no le faltaron a Pedro Claver cartas laudatorias del padre General de la Compañía, otros muchos se opusieron a su trabajo y a su persona.Los informes que mandaban a Roma afirmaban de él que era «mediocre de ingenio», «de prudencia exigua», «muy melancólico». Asimismo le llegaron avisos de la curia acusándolo de «abusar de sus intérpretes a cargo del Colegio», de «retener en su poder depósitos de dinero sin detallar si era con capacitad de los superiores locales», y tener en el aposento botijas de vino, que utilizaba para sus negros. Además, le llamaron la atención por amonestar a una dama de España que se pavoneaba en la iglesia de su guardainfante. Otros jesuitas no veían con buenos ojos que Claver diese preferencia a los negros sobre los blancos, temas que incluían en sus cartas acusatorias a Roma.


Claver encaró una pertinaz oposición por la parte de las autoridades civiles y comerciales, quienes sospechaban que el ministerio del sacerdote minaba su rentable comercio. Mas los traficantes de esclavos no eran los únicos oponentes de Pedro Claver. El misionero fue acusado de exceso de celo y de haber profanado los sacramentos al darlos a «criaturas que apenas tenían alma». Esenciales mujeres de Cartagena se negaron a entrar en la iglesia en la que el Padre Claver reunía a sus negros. Los superiores del Santo eran de manera frecuente influidos por las muchas críticas que llegaban a ellos. No obstante, Claver prosiguió su trabajo, admitiendo todas y cada una de las vejaciones y agregando estrictas penitencias a sus obras de caridad.


Un final aceptado


En mil seiscientos cincuenta y tras predicar la cuaresma por los aledaños de Cartagena, Pedro Claver pretendió entrar en Urabá, zona de indios paganos, mas cayó enfermo. La víspera había confesado hasta las diez de la mañana y cuando pretendió festejar la misa, se sintió tan mal que se vio obligado a volver a Cartagena. La peste había diezmado el instituto de los jesuitas, donde habían fallecido ya 9 miembros de la comunidad. Una parálisis lo redujo a la impotencia y a un tremendo temblor de las manos que, conforme testimonio del médico, le desaparecía al decir misa.


Aún consiguió hacer ciertas visitas, merced a una mula que le dejaron, que estuvo a puntito de matarle. Pudo ir asimismo a despedirse de doña Isabel de Urbina, su gran bienhechora, a quien le solicitó que de ahora en adelante se confesase con su sucesor, el padre Diego Ramírez Fariña. Por entonces, desde la rebelión de Portugal, era extraño el arribo de navíos negreros. Mas en mil seiscientos cincuenta y dos llegó uno lleno de negros araraes. Pedro visitó a los negros, les llevó regalos y los instruyó para el bautismo.


Así, físicamente impedido, continuó los últimos 4 años enfermo, en su celda, prácticamente solo y sin poder prácticamente moverse, en un espantoso estado de abandono por la parte de el resto que , no obstante, admitía. Murió por último en la madrugada del nueve de septiembre de mil seiscientos cincuenta y cuatro.


El hermano Nicolás fue uno de los testigos fieles de la vida de Claver. Él narró que, cuando se supo en la urbe que moría, que había perdido el conocimiento, «empezó la enorme peregrinación frente al que ya no tenía sentido; la apoteosis al que murió creyéndose descuidado de todos». Pobres y ricos, curas y religiosos de otras órdenes, todos deseaban tocarle, llevarse de él pelos, un pedazo de su camisa, lo que fuera: «le besan incluso ya antes de fallecer las manos, los pies, tocándole rosarios». El padre Juan de Arcos, rector del instituto, señaló: «la gente entraba y salía como a una estación de Jueves Santo; diluvios de pequeños y negros venían diciendo: "Vamos al Santo"...».


Después de su muerte, el gobernante Pedro Zapata y el Concejo de Cartagena pidieron que se iniciaran los informes sobre la vida y milagros de Claver. A lo largo del proceso de canonización, resultó particularmente notable el número de hechos expepcionales, verificados tanto en vida como tras su muerte, y considerados milagros por la Iglesia católica. Además de esto se comprobó el bautismo por su mano y la conversión de negros por millares.


Un punto muy analizado hasta el día de hoy es la manera en que Pedro Claver consiguió comunicar el cristianismo a los esclavos, siendo que se trataba de la religión que afirmaban practicar los amos de los esclavos. Pedro Miguel Lamet, Mariano Picón Salas y otros biógrafos modernos apuntan el hecho de que Pedro Claver infundió en los esclavos un sentido de dignidad humana y un valor singular por la vida que representaba una clara subversión de los principios del comercio de esclavos. Una de sus máximas, «Primero los hechos, entonces las palabras», y la práctica rutinaria de padecer al lado de los sufrientes, siguiéndolos a las minas y a las plantaciones, intercediendo por ellos y protestando por su cuidado, sería una de las razones primordiales de su repercusión.

Iglesia de san Pedro Claver en Cartagena de Indias, construida en mil quinientos ochenta y reconstruida en el siglo XVII, tuvo diferentes nombres (san Juan de Dios, después san Ignacio de Loyola) hasta percibir el presente. En su altar mayor cobija las reliquias de san Pedro Claver. Su página oficial es sanpedroclaver.co

Las virtudes de Pedro Claver fueron declaradas heroicas por la Iglesia católica el veinticuatro de septiembre de mil setecientos cuarenta y siete y ese día se introdujo su causa de canonización. Fue beatificado el dieciseis de julio de mil ochocientos cincuenta por el papa Pío IX, y proclamado Santo por el papa León XIII, el quince de enero de mil ochocientos ochenta y ocho. El siete de julio de mil ochocientos noventa y seis fue declarado patrono de las misiones entre los negros y, en mil novecientos ochenta y cinco, defensor de los derechos humanos.

Restos mortales de san Pedro Claver. Altar de la iglesia jesuítica de san Pedro Claver en Cartagena, Colombia.

Los restos mortales de Pedro Claver se preservan en Cartagena, en el altar mayor de la Iglesia jesuítica que lleva su nombre, donde el papa Juan Pablo II lo honró, rezando ante ellos el seis de julio de mil novecientos ochenta y seis. En esa ocasión señaló:


La espiritualidad de Pedro Claver inspiró a otros para efectuar obras signadas por el carisma que lo caracterizó. La santurrona María Teresa Ledóchowska (mil ochocientos sesenta y tres-mil novecientos veintidos), famosa como «madre de África», se entregó a la lucha contra la esclavitud en África.Creadora de la gaceta «El Eco de África», organizó una imprenta con el objetivo de editar publicaciones religiosas misioneras. León XIII la recibió en audiencia en mil ochocientos noventa y cuatro y apoyó su idea de fundar un instituto misionero para batallar contra la esclavitud en África, que sería el «Instituto san Pedro Claver». De esta manera, María Teresa Ledóchowska es la creadora de la congregación de las «Hermanas Misioneras de San Pedro Claver» (asimismo llamadas «Hermanas Claverianas»). Tras su muerte, esta congregación iniciada en Europa se extendió por los sobrantes continentes: América (mil novecientos veintiocho), Oceanía (Australia, mil novecientos veintinueve), África (mil novecientos cincuenta y cinco), y Asia (India, mil novecientos setenta y dos). Entre los países de habla hispana, la obra se extendió por España (Tv. Cano diez, la villa de Madrid), Argentina (Tronador mil ochocientos cincuenta y uno, Urbe de la ciudad de Buenos Aires), Colombia, etcétera María Teresa Ledóchowska fue beatificada por el papa Pablo VI el diecinueve de octubre de mil novecientos setenta y cinco y su festividad se festeja el seis de julio.


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